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viernes, 26 de abril de 2019

4 días en la Maracaibo apagada

Razones más, razones menos, esta Semana Santa debía ir a Maracaibo. Conocemos la grave situación en que está la ciudad. En el mes de marzo y abril padecí de lejos los apagones de días, y los saqueos generalizados en la ciudad. No es ni de cerca como vivirlo, pero tener tanta gente cercana aún viviendo allá, hace que de uno u otro modo, uno lo sienta. Fueron muchas las ansiedades e incertidumbres que pasé estando sola aquí del otro lado de la raya, y hubo días y noches que lloré. Una cosa es que se metan con tu país, otra muy diferente que se metan con tu ciudad, es como tu patria al cuadrado.

No vengo a echar cuentos ajenos, a eso me he dedicado en las redes sociales todos estos días. He retuiteado y reposteado anécdotas, y he escrito toda aquella información que me parece relevante en mis cuentas. Sólo narraré cómo fue este breve viaje.

Estaba ansiosa con la idea de ir allá en esas condiciones, pero tocaba. Salí el viernes santo, camino a Maicao vi un hermoso amanecer, y al llegar allá estuvo difícil conseguir transporte hacia "la raya" por el festivo, pero finalmente logré irme. El viaje estuvo normal y relativamente tranquilo, sin paradas ni contratiempos. Llegando a mi casa, no había electricidad. Mi familia me recibe con el calor de siempre, y me comentan que en lo que iba de semana no les habían quitado la luz, pero que ese circuito es muy afortunado por ello. A mis tíos, mi abuela y muchos amigos les quitan la luz sin falta todos los días, y de hecho, tienen entre 4 y 12 horas con electricidad diariamente, apenas.

La noche anterior apenas había podido dormir 2 horas, pues tuve un compromiso musical, y debía salir muy temprano. Medio me recosté en una cama, y caí rendida. Ni pensé en el hambre, había distraído el estómago con algunos panes en el camino. Desperté como a las 5 de la tarde, y mi almuerzo estaba aún en las ollas. Me dispuse a comer, y luego a atender a unos panas que fueron a buscar mi asesoría con el tema de la salida del país. Al rato, llegó la luz.

Aprovechando la electricidad, y que la bomba de la casa estaba en funcionamiento (por suerte, el tanque se había llenado dos días antes), lavé los platos y me bañé. La señal móvil era todo un martirio. En casa, entre todos los teléfonos hay las 3 operadoras principales de Venezuela: Movilnet prepago y pospago, Digitel y Movistar. Nunca tenían señal las 3 al mismo tiempo. Correspondía a quien tuviera señal, encender la función de zona WiFi y proporcionar datos a todos los demás.

En la noche se fue la luz por 3 o 4 horas más. Estábamos en la terraza. Mi abuelo, de 86 años, desvariaba. Hablaba de que había que prender más velas, de cómo hacíamos para averiguar qué pasaba, y se quejaba un poco del calor. Nos habíamos rendido y nos recostamos entre los muebles, y algunos en su cama. La luz volvió tarde.

La madrugada de viernes para sábado dormí con electricidad, y por muchas horas. Al día siguiente íbamos a visitar a mi abuela. Después de desayunar tarde, fuimos hasta su casa. A los quince minutos de llegar se fue la luz. De hecho allí casi nunca hay. Al entrar en la sala, está una de las camas puesta junto a la ventana, donde duerme mi abuela casi todas las noches para que le dé algo de fresco. Tiene 88 años, y apenas hace 2 meses murió el viejo. A veces hasta pensamos que menos mal se fue antes de todo este padecimiento.

Todo el rato que pasamos en su casa no hubo electricidad. Normalmente cuando ellos no tienen luz, los vecinos de atrás sí, y pasan una extensión, donde conectan las neveras y un par de ventiladores para echarse fresco. Echamos cuentos con mis tías, mi primo y mis hermanas. Cuando pegó el hambre decidimos volver a la casa. 

No abre el portón de la calle. No había luz. Mi mamá había hecho almuerzo para todos, y comimos. Más o menos a las 6 de la tarde, la luz volvió. Prendimos los aires, llenamos los tobos, lavamos los platos, cargamos los teléfonos... la misma rutina. Aparentemente la noche venía con luz de nuevo, pero había tiempo de lluvia. Nos acostamos con el aire encendido, pero alrededor de las 2 de la mañana había llovizna y tormenta eléctrica. Comenzaron los bajones. Por alguna razón, las alarmas de algunos cercos eléctricos de la zona no paraban de sonar, y se oían transformadores explotando de cuando en cuando, y algunos truenos, había demasiado ruido. Finalmente la luz se fue.

Terminamos de dormir esa noche sin luz. El apagón era generalizado en la ciudad, y cuando es así, es cuando menos hay esperanzas de que vuelva pronto. Normalmente los domingos en casa acostumbrábamos a comer fritanga maracucha de desayuno (pastelitos, empanadas, mandocas...) y salí con mi padre a ver qué había y si había la posibilidad de pagarlo (no por falta de dinero, sino por falta de efectivo, de luz, y por lo tanto, de puntos de venta). En Pastelitos Pipo las freídoras no estaban encendidas, estaban friendo en paila y sacando por lotes. Tenían una pequeña planta para medio refrescar la cocina y que funcionara el punto. Después de una espera como de veinte minutos logramos llevar unas empanadas de pollo y unas mandocas para todos.

Ese día se cumplían dos meses de la muerte de mi abuelo, y lo mandaron a nombrar en la misa. Comentaron que aunque no hubiera luz la misa se celebraba. La dieron dentro de la iglesia y estaba repleta, las crisis avivan la fe y de paso era Domingo de Resurrección. Por colaboración de algunos feligreses había una planta para el sonido. Yo andaba buscando la manera de algún modo participar musicalmente. Resultó que entre los músicos había un buen amigo que participa mucho en esta iglesia y le pedí unirme y seguir los cantos en el teclado que normalmente tienen ahí. A partir del Cordero fue que me pegué. Prefiero ver las misas desde esa posición.

Era mediodía y pegaba el calor a pesar del día nublado. No había noticias de por qué se había ido la luz. Por la lluviecita, claro, pero dónde fue el problema. Nadie tenía señal. Imposible consultar redes sociales o escribirle a algún contacto. Nos fuimos a la casa. Ya las neveras tenían mal olor, a pesar de no tener mucha comida. Yo estaba que lloraba por medio kilo de queso semiduro que habían llevado el día anterior, aunque ese aguanta, decía mi padre.

Una de las razones de mi ida a Maracaibo era que mi hermana se venía conmigo. A mudarse. En medio de este largo apagón ella terminaba de hacer su maleta. Y yo acomodaba mi bolsito. A mi abuelo lo llevaron donde un tío que tiene planta, para que al menos, no pasara tanto calor. Ahí me despedí de él. Más tarde fuimos a buscar unas pizzas, en el local tenían una pequeña planta para la nevera de los refrescos y un WiFi al que nos pegamos esos veinte minutos que esperamos. En algunos grupos de Whatsapp y Telegram se hablaba de una línea caída, nada de información oficial. Comimos. Supimos como a las 7 de la noche, que había sectores donde estaba llegando la luz.

Como a las 8 de la noche la luz volvió. Prendimos los aires, llenamos los tobos, cargamos los teléfonos... Y nos acomodábamos para dormir, pues el chofer nos iría a buscar el lunes en la madrugada para regresar. A la 1 se volvió a ir la luz. A las 3 AM sonó la alarma de que debía levantarme. Me bañé con tobo, terminé de acomodar mis cosas y a las 4 y piquito llegó el chofer. Nos despedimos ahí, sin luz. Luego nos enteramos que tarde en la mañana volvió.

Esto fueron cuatro días en Maracaibo. Desde que regresé comenzaba una nueva rutina de trabajo, pero dentro de todo, he estado alejada de las redes y hablando poco. Algo de impresión espantosa sentí en esos días. Prácticamente no salí, pero supe que dos grandes centros comerciales, Doral Mall y Galerías Mall, están cerrados hasta nuevo aviso. Lo mismo la primera etapa de Delicias Norte. Y quién sabe cuántos negocios más.

La gente está huyendo porque a duras penas puede vivir, mucho menos trabajar. Y lo que describo aquí, es el día a día de Maracaibo desde principios de marzo. Sumado a la falta de agua, y los amedrentamientos de delincuentes en toda la ciudad. De pronto me sentí perdida. Aún aquí donde estoy, un pedazo de mi alma está como gangrenado. Y los pedazos de alma no se amputan.

Mi abuelo mirando las sombras que hacía la linterna en la pared de la terraza de la casa en medio del apagón
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martes, 9 de abril de 2019

Los servicios públicos "gratis" de Venezuela

Son muchos los comentarios que leído últimamente en redes afirmando que si los venezolanos salen del país, o si Venezuela llega a salir de la crisis, los ciudadanos tendrán que acostumbrarse de nuevo a pagar precios reales por los servicios en general, públicos o privados, haciendo alusión a que allí en este momento son gratuitos o demasiado baratos.

Más allá del tema del costo real en dólares, y que los venezolanos en su mayoría no producen en dólares, voy a retratar un poco cómo "funcionan" los servicios en este momento en Venezuela, y por qué, a pesar de que efectivamente son relativamente muy baratos, a veces terminan saliendo muy caros. Hablaré específicamente del caso Maracaibo, puesto que es mi ciudad y es donde viví hasta marzo de 2018, y consíderese, que es la segunda ciudad más importante de Venezuela.

Electricidad

Empezaré con el tema "en boga", el tema de la electricidad. El servicio eléctrico en Venezuela siempre ha sido de administración pública, pero antes del chavismo, era descentralizado. Los estados o regiones eran manejados por empresas regionales. En el caso del Zulia, existía la empresa Enelven, que gozaba de gran prestigio por su eficiencia y buen funcionamiento. Según rastreo en la web, en 2007 se centraliza la administración de la energía eléctrica, con la creación de Corpoelec, y todas las empresas pasan a ser sus filiales.

Por ser yo relativamente joven, no puedo hablar con propiedad de las tarifas que se pagaban por luz antes del gobierno de Chávez, pero recuerdo que en casa, nos tenían prohibido encender los aires acondicionados durante el día, y en épocas de crisis, los fines de semana en la mañana mi padre nos apagaba los aires. Al menos, se puede decir que el costo era significativo, al menos lo suficiente para considerar ahorrar y bajar un poco el impacto de la factura en el presupuesto familiar.

La decadencia del sistema eléctrico nacional es de larga data. En el año 2009 comienza a manifestarse, con los primeros racionamientos que recuerdo en el estado Zulia. Estos fueron oficiales, con horarios programados, que ya en esa época comenzaron a afectar nuestras actividades diarias. Comenzaron siendo de 4 horas interdiarios, y luego pasaron a ser de 2 horas diarios. Con las bajadas de consumo, desaparecían un poco, y con el tiempo, en épocas de alto consumo volvían, ya sin horarios establecidos, simplemente se iba la luz por 2, 3 o 4 horas exactas en determinados sectores.

Este mes hemos vivido el gran apagón nacional (han sido varios, pero al final es uno solo del que no se termina de recuperar el sistema), y el gobernador del Zulia ha llegado al colmo de anunciar que los sectores de la ciudad sólo pueden tener de 4 a 6 horas diarias de luz.

La inflación poco a poco fue consumiendo el precio a pagar por el servicio eléctrico, y por el corte populista del chavismo, las tarifas no aumentaban conforme a la inflación (porque ésta además era negada descaradamente por ellos). No conforme con ello, el funcionamiento de las oficinas fue entrando en decadencia, y al día de hoy, las oficinas de Corpoelec están cerradas en su mayoría, y aunque llegue por ahí la factura de la luz, es imposible pagarla.

El servicio poco a poco, ha pasado a ser prácticamente gratuito, pero inexistente. Sumado a ello, desde hace dos años, la crisis ha consumido la vida urbana a tal punto que es pan de cada día el robo de cables, además de la explosión de transformadores y estaciones por sobrecarga del sistema. Si las autoridades llegan al sector afectado, no tienen cómo responder, y piden a la gente sobornos en dólares, o que los mismos ciudadanos financien los cables y transformadores, los cuales tienen que importarse en dólares también. Se han corrido rumores de que los mismos trabajadores del sector eléctrico roban los cables para venderlos luego a los usuarios.

¿Es gratis la luz en Venezuela?

Foto: Panorama

Agua

Hablemos ahora del "vital líquido". Con el gran apagón nacional la crisis del agua se ha agravado, por los problemas de bombeo, teniendo que ser testigos de escenas indignantes, como familias agarrando agua y bañándose en alcantarillas urbanas o en el río Guaire. Pero la crisis del agua es de larga data.

Hace más de cinco años, ya en Maracaibo la mayoría de la clase media se había armado de bombas para halar el agua, cuando el bombeo era pobre la mayoría de las veces. Mucha gente se indignaba y echaba la culpa a quienes poseían estas bombas por el escaso suministro. Pero digamos la verdad, si el bombeo fuera suficiente y constante, los tanques en los domicilios estarían llenos la mayor parte del tiempo. Hay edificios donde desde hace tiempo se manejan horarios de agua de dos horas diarias para racionarla.

Las facturas de agua hace rato que no llegan en muchos sitios, y donde llegan, el precio es ínfimo, pero nadie quiere pagar por un servicio que es absolutamente insuficiente. Incluso las empresas estatales llegan a amenazar de corte del servicio a quienes no pagan, y éstos no tienen más que reírse de ellos.

Y aquí viene la peor parte. Los camiones cisterna. Ante la crisis de bombeo, son muchos los particulares que recurren a ellos, y son bastante costosos. Obviamente si hay camiones cisterna, quiere decir que en las fuentes hay agua, y se teje una amplia red de corrupción para el llenado de éstos. Hasta el año pasado, tenían las agendas copadas, y había que apartarlos con varios días de antelación. Los mismos propietarios de camiones sufren amenazas de las autoridades, a veces los obligan a llenar tanques de sus familiares antes de que salgan a trabajar, y muchas veces son asaltados en zonas populares, no para quitarles el camión, sino para desviarlos, y quitarles el agua.

¿Es gratis el agua en Venezuela?

Aseo urbano

Esta parte es asquerosa y triste, y una de las cosas que más me disuadieron de seguir viviendo en Maracaibo. El servicio de aseo urbano es inexistente. No recuerdo exactamente, pero el cobro se hacía en la factura de la luz o del agua, por lo que tampoco se está pagando por él. La crisis económica y de los repuestos automotrices, hicieron que la flota de aseo urbano poco a poco fuera menguando, hasta quedar prácticamente en nada.

En Maracaibo desde hace aproximadamente cinco años se recoge la basura cada vez menos. Los depósitos en casas que disponen de ellos y en edificios se desbordan de basura. La gente, desesperada, la bota en los contenedores públicos provistos para ello, que se desbordan, y en terrenos vacíos que se convierten en pequeños rellenos sanitarios en zonas residenciales. Muchos particulares, para deshacerse de ella, pagan camiones para que la lleven a algún lugar lejano, y de más está agregar que no hay ningún control sanitario para ello.

Pero los mismos terrenos y depósitos colapsan, y la misma gente recurre a la quema de basura. Recuerdo en 2017, cuando me levantaba temprano, a las cinco o seis de la mañana, el olor que comenzó a caracterizar a mi ciudad, era el de la basura quemada. Salía uno a la calle en la madrugada, y aparte de la oscuridad por el deterioro del alumbrado público, se divisaban las fogatas inmundas por todos lados.

Con esto, aumentan las plagas y la contaminación del aire, Maracaibo desde hace un tiempo es un mosquero, y por consiguiente, aumentan las enfermedades, sumado a la crisis del sistema de salud.

¿El aseo urbano en Venezuela es gratis?

Foto tomada por mi en el Centro de Maracaibo, diciembre de 2014

Telefonía e internet

Al igual que las tarifas de todos los servicios, la inflación se come las tarifas de telefonía fija, móvil y de internet. Solo que en este caso, hablamos tanto de proveedores públicos (Cantv y sus servicios: Movilnet y ABA internet), y de servicios privados (Movistar, Digitel, y servicios satelitales de internet), por lo cual el cobro siempre se ha realizado a los usuarios.

Para pagar los servicios como tal, hay problemas con las plataformas bancarias, con la hiperinflación, los montos caducan rápido, y siempre es difícil pagar. Por otro lado, los usuarios pagan en bolívares, tarifas ínfimas en comparación con el mercado internacional (y que sin embargo golpean su bolsillo, sobre todo cuando se hacen los aumentos), y las telefónicas no reciben los dólares "asignados", por lo que hay una fuerte desinversión en todos los sistemas.

Todo esto provoca una bajísima calidad del servicio. En el caso de Cantv y filiales, incluso se ha caído el servicio de tenefonía fija e internet, para nunca más volver en muchos sectores. Las comunicaciones por móvil son sumamente lentas, tanto para llamadas como para datos móviles. Uno llegaba al colmo de intentar hacer una llamada 10 veces antes de que cayera. Los datos van y vienen, y son sumamente lentos. A esto se suma el problema de los apagones, por lo que muchas repetidoras dejan de funcionar y los sectores intermitentemente se quedan absolutamente sin señal de alguna de las tres operadoras.

Mucha gente ha recurrido a servicios satelitales para tener acceso a internet. Estos se pagan en dólares y son costosos. La conectividad en Venezuela es sumamente baja, por deficiente ancho de banda, ahora por problemas de acceso debido a la caída del sistema eléctrico.

¿Es gratis la conexión en Venezuela?
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La intención de estas anécdotas es hacer reflexionar a quienes juzgan a los venezolanos de "no querer pagar los servicios públicos", o a "estar acostumbrados a no pagarlos". No es verdad. Los servicios en Venezuela no funcionan, y buscar alternativas suele salir muy costoso. Yo vivo en Colombia desde hace un año, y no tengo problema en pagar todos mis servicios, y tengo el placer de que funcionen.

Agradezco en los comentarios sus anécdotas personales.

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domingo, 7 de enero de 2018

Soy extranjera

"Migrar es aceptar que tu lugar y tú no pueden continuar juntos, rendirse, asumir que no hay manera de arreglarlo. Tienes que divorciarte, perder, naufragar, migrar. Incluso en el regreso, porque uno nunca regresa. Desde el momento que partes eres extranjero siempre, hasta en tu propio país." Daniel Pratt

Emigrar. El gran dilema que nos han impuesto a los venezolanos. Y las más de las veces tenemos que aceptar que es lo mejor. Pero no vine a escribir sobre si es lo mejor o no, si lo decidí o no, o qué se deba decidir. Acotaré que tampoco considero la emigración una cosa menor, es más, considero que es un tema recurrente en la literatura porque el exilio puede ser una gran tragedia para el individuo, aún más el exilio forzado. Y no es casualidad que así yo lo piense.

Por una fuente inesperada, me topé con la frase arriba citada de Daniel Pratt, y no tengo más que darle la razón. Pratt sin querer, ha dado en el clavo. Uno muy personal. Y como siempre he sido reacia a la idea de emigrar (aunque prácticamente he decidido que así deberá ser), he venido precisamente a consolarme en una extraña confesión.
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Cuando tenía 11 años, razones más, razones menos, mi familia (mis padres y mis hermanas), nos movimos de ciudad. Para una niña ya casi adolescente, prácticamente se trató de emigrar. Todo un cambio se dio en mi vida. Cambié de casa, de ambiente, de clima, y por supuesto, de entorno social.

Según me cuenta mi madre, yo sufría cuando iba llegando allá. Vagos recuerdos tengo de ello, pero por ejemplo puedo recordar la primera vez que llegué al aula del nuevo colegio, no tenía uniforme, y por ello ni siquiera me atreví a entrar. Mi vida social en el colegio en Maracaibo no había sido muy buena, en general soy tímida, y semejante cambio no era fácil.

Cosas de la vida, mientras viví esos 3 años en el pueblo andino, no sólo mi vida social fue mucho mejor, sino que viví una etapa inspiradora para mi persona. El contacto con la naturaleza me fue muy grato, y en este período tuve lecturas que cambiaron mi vida y mi manera de pensar. En este período abandoné mis creencias religiosas (y de un modo grato), y exploré en la astronomía (con aquellos cielos cuando la neblina dejaba ver). Hasta recuerdo escribir mis primeros bocetos melódicos. Oh, en estos años también llegó Chávez al poder (qué años).

La cuestión es que me sentía bien estando allá, y empecé a recordar los años en Maracaibo como algo peor. Pero lo temido pasó: mis padres un día me sentaron para decirme que teníamos que regresar. Lloré. Desde ese momento lo concebí como una tragedia.

Volver fue como irse de nuevo. En Maracaibo estaba el resto de mi familia, en eso había algo de familiar, de conocido. Pero la vida cotidiana, había que construirla de nuevo. Los dos años siguientes, los últimos de mi bachillerato, los recuerdo como una depresión. Nadie me diagnosticó, pero ciertamente estaba muy triste. Las primeras canciones que realmente escribí, en un cuaderno, con acordes y que aún me gustan, todas hablan de la nostalgia de aquel lugar... que por cierto, no era mi tierra natal. Yo estaba de vuelta en mi tierra natal. Yo me sentía como extranjera, aunque había regresado.

Este hecho marcó un hito en mi vida. Hubo más mudanzas estando ya en Maracaibo, y el hecho de cambiar de casa es también frustrante. No hay una casa. No hay LA casa. Pero esa mudanza fue la que me marcó, y me cambió. Tanto así que mis ideas astronómicas quedaron un poco a un lado, y decidí dedicarme por entero a la música. La música era mi escape, para mantenerme a salvo emocionalmente, y siempre me satisfizo también intelectualmente.

Luego de pensar en esto, no sé por qué me queda cierto temor a emigrar. Es natural en parte, supongo. Pero digamos la verdad... resulta ser que desde hace 18 años yo soy una extranjera.



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domingo, 29 de marzo de 2015

Cercos y muros

En la ciudad venezolana hay muchos símbolos. Símbolos que hablan casi siempre de nuestros modos de vida, del absoluto caos urbanístico en el que vivimos, y de nuestras crisis económicas.

Este gobierno, que ya lleva unos dieciséis años de duración, se ha jactado públicamente de haber reducido la brecha de clases en Venezuela. Sin embargo, el panorama urbano parece indicar lo contrario. Particularmente en Maracaibo las zonas / clases sociales son bien distinguibles, y durante este gobierno se han diferenciado aún más.

Aparte del clásico barrio (zona de clase media baja o baja) con casas de bloques, han aparecido zonas nuevas de miseria gracias a las invasiones, propiciadas y apoyadas por el ex presidente Chávez. Así, existen inmensos terrenos (antes propiedad privada, o incluso pública, como el caso de los terrenos de la universidad), llenos de ranchos improvisados de lata y cartón, con afiches alusivos a la revolución bolivariana por doquier.

Esto en las zonas de clase baja. Pero en las zonas de clase media y media alta el cambio también ha sido radical. Primero estuvo el "éxito" de las villas o pequeñas urbanizaciones cerradas. Caseríos de grandes quintas, cercadas por un gran muro alrededor, con una pequeña plaza y a veces una cancha, con un portón principal y una garita de vigilancia que controla el acceso de visitantes.

En las urbanizaciones clásicas de clase media, la gente se vio azotada por una insoportable inseguridad, que incluía robos en la calle y atracos a mano armada dentro de las mismas casas, por lo cual se decidió imitar a aquellas vías cerradas. Se han cerrado calles, vías públicas de bajo tráfico por todos lados de la ciudad. Si su cuadra no es avenida principal, se colocan dos portones en las esquinas, y una garita de vigilancia utilizando algún espacio de la acera.

Así mismo, en toda quinta, villa, construcción pública, local... se ha colocado el popular cerco eléctrico. Aparte de las ya acostumbradas rejas en cada puerta y ventana, ahora los muros han subido, las pérgolas se han multiplicado, y el que tenga algo de dinero, se atrinchera en su propiedad para salvaguardarla.

Nuestra ciudad está pues absolutamente fragmentada, y de hecho, las clases sociales están cada día más aisladas. La clase media, cuyo poder adquisitivo ha mermado considerablemente, aún invierte un poco en su atrincheramiento y deja claro que no está dispuesta a perder el poco espacio que le queda. La clase baja cada día toma más espacios no dispuestos para la habitabilidad, y se improvisan urbanizaciones y barrios enteros.

La crisis habitacional no ha sido resuelta. El urbanismo cada día es peor. Las clases cada día se aíslan más.

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sábado, 31 de enero de 2015

En la parada de Los Robles

Sí, otra anécdota de paradas en Maracaibo. Es que nuestro transporte alcanza para mil crónicas. Me tocaba ir al sur, y sin la posibilidad de carro prestado que a veces tengo por fortuna. No quería gastar la ganancia del día en taxis, así que me lancé al punto de articulación entre el norte y el sur: el Centro, y sus paradas de transporte salvajes.

El sol estaba picante. Como siempre atravesar la calle mirando por los cinco flancos que no sabías que tenías, y allá se veía la cola, no muy larga, unas treinta personas en la parada de Los Robles.

Esta parada es muy particular. Nunca quiero tener que recurrir a esta ruta y menos desde el Centro. Si acaso el diez por ciento de las unidades (carros por puesto), recogen a los pasajeros de la cola. Los restantes, recogen gente antes o después de la parada, cobrando el pasaje al doble del costo.

La situación es sumamente injusta, pero irónicamente, está perfectamente justificada. Una demanda que supera por mucho la oferta de transporte, un sistema por demás ineficiente y un pasaje que a duras penas alcanza a los choferes para una ganancia decente. Por otro lado, unos pasajeros a quienes aún pagando ese pasaje barato, les pesa en el bolsillo. Sino, simplemente no hubiera gente en la cola.

Esta situación es vieja. He presenciado mototaxistas ofreciendo carreras baratas, intervenciones de la policía, pero la cosa ayer se convirtió en protesta. Los pasajeros de la cola se pararon en medio de la calle a no dejar pasar a los carritos que venían ya llenos de pasajeros "dobles". Retuvieron a dos unidades por unos quince minutos, pero los choferes alegaban que estaban trabajando, y los pasajeros llamaban a los otros "bobos" por no pagar sus veinte bolos para irse más rápido.

Una señora alegaba que estaba bien, que ellos pagaban más, que entendían la queja de los choferes, pero que se llegaran a la cola y respetasen el orden de llegada. Por supuesto los pasajeros tomados fuera de cola, agarran los carros en total anarquía, sin respetar si el señor de al lado estaba primero. Porque somos así, los vivitos.

Ayer no tardé mucho en irme porque llegó un pequeño bus ofreciendo la ruta, a precio de pasaje largo. No estaba mal. Cabían todos los pasajeros de la cola, y ellos ganaban porque metían más gente. Eficiencia, aunque "ilegal".

Esta realidad, esta desesperación, se vive día tras día en las paradas de toda la ciudad. Y no a todas llega algún compasivo bus a recoger a los pasajeros. Volvemos a lo mismo. Sistemas ineficientes, economía regulada, todo turbio, pierden los más débiles, en el sistema de transporte público: esa cosa que deberíamos tener todos bien asegurada todos los días.

Es un círculo vicioso, porque las solas molestias del transporte, hacen que a uno se le quiten las ganas de salir a trabajar. Pero como ven, el mercado gana.


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domingo, 30 de noviembre de 2014

Armonía en el caos



Hace un par de días, saliendo del gimnasio y disfrutando de un mocaccino caminando por plena avenida en hora pico, con muchas estruendosas cornetas sonando por aquí y por allá, me encontré a mi misma haciendo una especie de dictado de intervalos con las mismas. Recordé este viejo escrito que comparto hoy.

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Vaya habilidad que poseemos los seres humanos de encontrar armonía en un caos. Sí, y es que eso parece darnos nuestra capacidad de contemplar y abstraer... nada parece estar sumiso a reglas “preestablecidas”, y acabamos concluyendo que el caos en sus procesos interactivos y creadores, fatales y aniquiladores, o sean de transformación de absolutamente todo, acaba por construir una armonía, un equilibrio, una neutralidad en oposición a la confrontación anárquica. La verdad es que aún no estoy segura en cuál de las tres instancias está nuestra preciada “belleza”, o cuál de las tres admiramos más: el caos, la armonía, o la transición implícita en dicha transformación.

Y vaya caos en el que pareciésemos vivir donde las concentraciones de nosotros mismos ya se nos hacen insoportables, donde nuestras creaciones han aturdido a nuestros sentidos y parecen confrontarse desatando al caos, aunque todo, cada cosa, tiene su fin, su intención pragmática, el valor de una idea, es decir, de pronto parecería armónico... o será que los conceptos de “armonía” o “caos” están determinados de acuerdo a lo que nuestros sentidos son capaces de tolerar... en fin, aquella civilización caótica, exacerbadamente desordenada, es la ciudad... y Maracaibo es una.

Me dirigía de mi casa, en el originario este, hasta la universidad, en el moderno oeste... El “por puesto” iba por toda Dr. Portillo. Era “hora pico”, aquella es una de las calles más transitadas de la ciudad y el tránsito estaba intolerable. Pues entonces, como los maracuchos solemos ser atora’os y escandalosos, en esas horas parece que nadie respeta los semáforos ni las señales, y los que se quedan sin la posibilidad de finalmente pasar, se dedican a lucir sus estridentes cornetas.

Pero en aquella cola escuché algo curioso... había un camión que tenía una corneta que sonaba en dos notas a la vez, dos alturas, dos longitudes diferentes de onda... y mi oído entrenado descifró el inquietante intervalo, en nuestro sistema occidental, una tercera menor... pero más adelante sonó otra corneta, de mayor altura que la nota más alta del acorde que mencioné, más específicamente, una segunda mayor por encima de ésta... ¡qué lindo! ¡qué armónico! Según esa distribución, sonaba un acorde de séptima, sin tercera y con el bajo en la quinta; o un acorde menor con onceava, pero sin quinta... ahora que lo pienso, correspondía a los intervalos de lo que Sagredo Araya, musicólogo venezolano, denominó “el núcleo melódico”: una cuarta justa dividida exactamente en su mitad aritmética, correspondiendo la división a una tercera menor y una segunda mayor, digamos Do – Mi bemol – Sol, o Mi – Sol – La, o Fa – Si bemol – Do, o Re – Fa – Sol; y que, según él, aquella agradable sucesión sería el origen de todos nuestros modos y escalas...

¡Guao! He hallado armonía en el caos. Saco mi diapasón, afinado al La 440, y me doy cuenta que aquellas cornetas sonaban aproximadamente en Mi bemol, Sol bemol y La bemol, pero su sonar simultáneo me resultaba tan placentero que me había olvidado incluso del sofocante calor. Pensé que así se debió haber sentido Pitágoras al descubrir las relaciones matemáticas de los intervalos sonoros en los martillos de los trabajadores... y hoy descubrimos que nuestros oídos es tan perfecto que es sensible a armónicos y a dichas relaciones matemáticas, y que sólo aquellas relaciones nos parecen armónicas... octava 2:1, quinta 3:2, cuarta 4:3... ¡Nuestro oído es capaz de percibir proporciones! Y hasta de distinguir las más exactas, que son las más estables y armónicas.

Y es que el ser humano hace arte con todo cuanto percibe. El día que percibamos algo nuevo, nacerá un arte nuevo... el percibir es finalmente la fusión con el entorno y es por ello que la sensación es tan placentera, porque eso buscamos, ser parte armónica, o a lo mejor caótica, del todo.

Se me ocurre una idea absurda... ¿qué tal si fabricamos cornetas afinadas y jugamos con ellas?

Texto escrito originalmente el 10 de junio de 2006

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domingo, 26 de octubre de 2014

Revender no es malo


Bienvenidos a Venezuela, el país de los vivos-bobos, el país donde el gobierno nos tiene ahogados en controles económicos, parece que no nos deja hacer nada, pero a la hora de la verdad, deja hacer a todo el mundo lo que le da la gana, eso sí, menos hablar mal de ellos.

Una economía viciada

En el desastre económico que vivimos, nos han hecho creer una serie de cosas, que la gente repite y repite, haciendo que nos olvidemos de las causas de los problemas. Así, es normal que todo el mundo hable de que especular, acaparar, revender, remarcar, son cosas malas; pero la realidad es, que en un país con una inflación oficial de más del 60% todo el mundo hace y se ve en la obligación de hacer.

El bolívar se nos diluye entre las manos, y todo el mundo con la presión inflacionaria aumenta los precios, no ahorra en moneda sino en bienes o en divisas (cuya tenencia es ilegal), compra para vender luego (no es que las cosas se "revaloricen", es que es el único modo de medio ganarle la carrera a la inflación).

A esto se suma el hecho de que el gobierno todo quiere controlarlo. Entre esas cosas que pretende "controlar" artificialmente, están los precios de los productos de la canasta básica, algo como para "salvaguardarlos de la inflación" (que es culpa de ellos y nada más que de ellos y su administración), y "proteger el alimento del pueblo".

Pero no entienden, o no dicen, que crean un círculo vicioso. Para las empresas no es rentable vender a precios artificialmente baratos, mientras toda la materia prima aumenta, los sueldos aumentan, los alquileres aumentan, todo aumenta. Así, la producción baja. Cuando no, el gobierno expropia, y a fuerza de subsidio, vende los productos baratos. ¿Y qué es el subsidio? Pues que con nuestra plata están pagando ese "excedente" de precio que no pagamos nosotros, o sea, lo pagamos nosotros igual.

Pero la escasez abunda, y como dije al principio, aquí todos hacen lo que les da la gana. ¿Entonces? Quien tiene tiempo de cazar los pocos productos que hay, va y los revende a un precio muchísimo mayor, o pasan los productos por la frontera para venderlos en moneda mucho más valiosa. Por supuesto, el gobierno quiere criminalizar esta práctica. Pero no se confunda: revender no es criminal.

Revender

En cualquier economía normal, la reventa es un proceso necesario, es parte de las fases por las que atraviesa un producto antes de llegar a manos del consumidor final. Es lo que hace cualquier comerciante: comprar para luego vender, así sean productos ya acabados. La idea para que sea rentable es que compre al mayor y venda al detal, sino no tendrá una buena oferta para el comprador.

Pero, ¿qué pasa cuándo el producto no lo hay, y de paso, es un producto de primera necesidad? Muy sencillo, el vendedor no tendrá mucho que ofrecer e intentará sacar el mayor provecho posible de todo lo que tiene, más aún sabiendo que todo el mundo lo quiere comprar. Venderá al precio que a él le parezca, o al menos a uno que lo mantenga bien cómodo a costa de ello.

Lo único que he hecho es una explicación de esas vainas que llaman oferta y demanda, y que nuestro gobierno aparentemente ignora que existen.

¡Claro!, esta práctica de vender al "precio que mi me da la gana" también puede verse como estafa o usura, pero ¿qué tal si quienes lo hacen trabajan al margen de la ley, y de paso nadie hace nada?

El comercio informal

En nuestro país el comercio informal y especialmente su subcategoría, el buhonerismo, han llegado a niveles intolerables. Basta ir a un lugar como el centro de Maracaibo. En el casco central de nuestra ciudad, hay tantos "tarantines" (techo y mesa improvisados para vender), que las aceras, el canal alterno de las avenidas donde lo hay, y la acera entre el canal alterno y el canal derecho (a veces hasta el canal derecho), están tomados por los buhoneros.

Tanto es así, que a los locales comerciales (que supongo pagan un impuesto por derecho de frente, derecho de aviso, etc.), no se les ve desde la avenida. En todo este caos, nadie reclama, pues los comerciantes informales ya son mayoría, y muchas veces la misma persona maneja locales y tarantines a la vez.

Así mismo, en cualquier acera de una avenida concurrida, en el frente de su casa, o en cualquier semáforo hay comerciantes vendiendo toda clase de productos, desde chucherías hasta ofreciendo llamadas telefónicas, y por supuesto, muchos vendiendo también productos de la cesta básica.

En un caos como éste, ¿qué se puede controlar? Al principio, los buhoneros vendían a la luz del día los productos de la cesta básica. Con las primeras prohibiciones y advertencias, los guardaron, pero igual los productos en los supermercados siguen sin cubrir la demanda de la población, por lo que han optado por tenerlos escondidos, pero ¡oh!, todo el mundo sabe que ahí están, solo pregunte discretamente qué es lo que quiere.

El gobierno con sus shows de que va a luchar contra el contrabando, el acaparamiento y la especulación en productos de la cesta básica; ha aplicado toda clase de políticas fallidas. Hace un par de días decretaron que nadie podía revender productos de la cesta básica (excepto establecimientos como supermercados, farmacias, panaderías). Quieren tener cada venta controlada y esto es en la práctica imposible. Lo peor es que en realidad se frena el comercio de los productos.

¿Y por qué los productos se van por la frontera? Porque sus precios regulados son tan irrisoriamente baratos, y el bolívar es tan barato, que pasarlos al otro lado, y venderlos a un precio de mercado en pesos colombianos o dólares es tan lucrativo, que hasta se toman el riesgo, y (creo que no hace falta decirlo), por supuesto tiene que haber autoridades implicadas en un negocio que ha adquirido dimensiones monstruosas. Entonces, sumemos a la escasez normal, todo lo que se nos va por la frontera.

El origen del mal

Entonces pretenden que con "¡mano dura a la especulación!, ¡mano dura al contrabando!" esto se va a acabar. Pues no. Ya incluso las empresas privadas están pretendiendo poner restricciones al consumo.

Aquí los males son dos: el control de precios y el comercio informal (que incluye el comercio binacional o contrabando).

Si se manejaran precios de mercado, si se respetara a la empresa privada, la producción sería suficiente para cubrir las necesidades de la población. ¿No quieren que los precios aumenten todos los meses? Pues, señores del gobierno, dejen de botar las divisas, disminuyan el gasto público innecesario, dejen de imprimir dinero inorgánico, que son algunas de las principales causas de nuestra inflación.

Y lamentablemente, aunque hoy sea una medida impopular, hay que poner freno al comercio informal. Claro, esto no se hace metiendo preso a cuanto buhonero haya en la calle, ni más faltaba. Tienen que haber planes para que estos comerciantes se registren formalmente y ejerzan su actividad comercial en lugares destinados a ello, ¿pagando un alquiler? Pues sí, ¿qué pretenden, lucro y ya? Venezuela tiene que dejar de ser el lugar del "pongo una mesita en la acera y vendo lo que sea".

Claro, todo esto suena a utopía, en un país en el que las trabas al comercio formal, y a la empresa (así sea pequeña o mediana), son cada día mayores; y donde los salarios no alcanzan para nada.

Lo importante es reclamar a quien es, por lo que es. Ya estoy harta de que la población haga el juego al discurso del gobierno, culpando al "acaparamiento", a la "especulación", llegando incluso a la xenofobia; mientras encuestas demuestran que muchos siguen apoyando el origen del mal: el control de precios, y los otros dicen que les dejen su tarantín en paz.


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jueves, 16 de octubre de 2014

¿Prohibir el vallenato? ¡Eso es censura!


En realidad, nadie ha expresado que será literalmente prohibido. En mis redes hay un alboroto armado por el siguiente titular del diario Panorama: "Santa Lucía será zona libre de vallenato y con restricción vehicular"; y el texto de la noticia afirma:
"En el bulevar no se podrá escuchar vallenato, en esa zona turística deben prevalecer la gaita y los ritmos zulianos."
Pero en ninguna otra parte se habla del vallenato como tal. Se dice que "no se podrá", así de un modo prohibitivo, es todo. Me acordé de aquella noticia en el que prohibirían supuestamente el reggeaton en algún lugar de Latinoamérica (que no sé si sería cierta, porque no encuentro referencias). En ambos casos, lo que he encontrado es gente celebrando la medida, y lo peor, ¡músicos celebrando la medida!

En primer lugar cualquier medida que pretenda censurar un género musical es eso: una medida de censura que atenta contra las libertades del ciudadano. El Estado no puede decidir de qué manifestaciones artísticas que estén en oferta puede disfrutar o consumir cada quien. Se puede clasificar la cosa según el lenguaje y el contenido, por edades, es todo.

En segundo lugar, se parte de una falacia: que el género hace la música. La música no es buena, mala, bonita o fea por el género al que pertenezca. Los géneros son características generales de forma, ritmo, instrumentación y etnicidad de un conjunto de piezas musicales o intérpretes, y poco tiene que ver con la calidad de la música. Hay salsa buena y salsa mala, hay música "clásica" buena y música "clásica" mala, hay rock bueno y rock malo, y también hay vallenato bueno y vallenato malo.

En tercer lugar, se parte de otra falacia: que la música extranjera nos hace desvalorizar nuestra música. Cualquier apertura a la información es buena. No creo que haya necesidad de demostrar este punto. La música venezolana, dentro de todo lo que pueda sufrir, no la veo en mal momento, de hecho hay hoy día muchos artistas del mundo pop cuyas ofertas musicales están basadas en ritmos venezolanos; y en las escuelas musicales venezolanas el repertorio de acá es obligatorio, así como en las agrupaciones culturales del Estado se estila tener amplio repertorio de géneros de acá.

Creo que la ignorancia general acerca de nuestra música se debe en gran parte a malas políticas del Estado. Primero la pésima educación venezolana. Un ciudadano mejor educado optará por consumir música de mejor calidad, y comprenderá la importancia de apreciar lo local y nacional también. Segundo, la terrible situación económica del país, y los malos pagos a los cultores y músicos locales influyen directamente en que se produzca menos música venezolana, o que menos gente se vea tentada a vivir de ello. Sí, creo que una economía más liberal favorecería a TODAS las manifestaciones culturales, incluyendo las nuestras.

Por último, y como dijo un amigo, una medida así sería xenofóbica. ¿No nos sentiríamos ofendidos los venezolanos si Colombia u otro país se prohibiera un género venezolano, sólo por su fuerte penetración? Y lo más absurdo: pretenden defender "valores tradicionales" censurando un género tradicional latinoamericano.

Censurar, prohibir, no es el camino, y menos en cuanto a cultura se refiere; así que dejen de celebrar, sobre todo ustedes, colegas músicos, porque mañana podrían ser ustedes los censurados.

Ahora, les dejo un vallenato que me gusta.




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jueves, 25 de septiembre de 2014

Los buses de MetroMara NO solucionan nuestro transporte

En primer lugar, asumamos algo: el trasporte público de Maracaibo no sirve. Si desconocen algunas de las razones, pueden remitirse a este post.

En resumidas cuentas, los vehículos son muy viejos, nada funcionales, no cubren la demanda, hay redundancia innecesaria de rutas, los choferes trabajan cómo, cuándo, y por lo que quieren; no se cumple el sistema de paradas, y no hay una verdadera articulación de una ciudad extensa (y no muy densamente poblada) como Maracaibo.

En medio de la guerra política que se vive en nuestro país, sumado a la ineficiencia general gubernamental, muchas veces quieren convencernos de que "solucionan" nuestros problemas, cuando en realidad solo ponen trapitos de agua tibia. 

El transporte público es dependencia de la Alcaldía de Maracaibo, a través del Instituto Municipal del Transporte Colectivo y Urbano de Maracaibo (Imtcuma); y en estos momentos la Alcaldía es ocupada por una representante del partido UNT, opositor al régimen central. La Gobernación del Zulia por otro lado, está en manos de Francisco Arias Cárdenas, del PSUV. 

Para quienes no conocen nuestra geografía, Maracaibo es capital del Estado Zulia, por lo tanto, Alcaldía y Gobernación comparten sede en la ciudad, y plantean soluciones, intercambiando y huyendo a la vez ambas de sus atribuciones respectivas, y dibujando en su propaganda una perenne competencia, por cierto nada competitiva (porque no genera ningún resultado de calidad).

Nuestro transporte público en la actualidad está mayormente constituido por unidades muy viejas y en mal estado, sean estas carros por puesto, microbuses, autobuses o vans. El Gobierno nacional, hace unos años presentó el proyecto del Metro de Maracaibo, por cierto, nada bien pensado para la ciudad, y con una única línea, que arruinó el comercio de toda una avenida, tardó más de lo previsto (y de hecho seguimos esperando por otras líneas prometidas para hace años), y cubre muy pocos kilómetros de una avenida nada céntrica (Sabaneta). 

Por supuesto, este metro no ha sido una solución integral (muchos lo utilizan, pero que solucione a un sector, no quiere decir que realmente haya tenido un gran impacto urbano general). La misma institución del Metro, ha traído unos modernos autobuses, espaciosos, y con aire acondicionado funcional (y claro, de color rojo); para ponerlos a funcionar en rutas urbanas en la ciudad, pasando por encima del Imtcuma, que no es que sirva mucho (y les apuesto que cero convenios con ellos).

Qué más quisiéramos los marabinos que todos nuestros autobuses fueran como esos, pero la aplicación de las rutas ha sido impuesta de una manera totalmente errónea. En Maracaibo existen cientos de rutas establecidas, y muchas de ellas redundantes (eso lo explico acá). Estos autobuses, en lugar de haber sido puestos a funcionar en rutas ya existentes, les han asignado nuevas rutas, que de paso redundan en las antiguas.

En estos días, por ejemplo, me topé con uno que llevaba la ruta Centro (Estación Libertador) - La Limpia - Curva de Molina. Ya existen muchísimas rutas que transitan entera (y un poco más a veces) la Avenida La Limpia, en modalidades de carro por puesto, microbús y autobús. El tráfico en La Limpia en horas pico no se soporta, y me atrevería a decir que entre 30 y 40% de ese tráfico es trasporte público.

¿Por qué en lugar de inventar OTRA ruta para La Limpia, no ponen a funcionar esos autobuses en las líneas ya existentes, sustituyendo las viejas unidades? ¿Por qué no eliminan la ruta de carros por puesto? Porque "populísticamente" no les conviene, aunque en realidad, nos conviene a todos.

De hecho, ya tuvieron protestas de rutas de transporte existentes en los primeros días que implementaron los buses de MetroMara.

El Gobierno rojo ha utilizado, y sigue utilizando la Funadación Metro de Maracaibo como instrumento de propaganda en la ciudad, sin que proponga soluciones eficientes, y solo habiendo inaugurado una sola corta línea de metro en realidad.

Modernizar el transporte público de Maracaibo no solo pasa por cambiar las unidades. Las rutas hay que planificarlas, y alimentar las rutas maestras que ya existen para hacerlas realmente eficientes. ¡Ah! Y que las rutas dejen de ser administradas por los mismos transportistas.



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domingo, 22 de junio de 2014

Cada apagón es una tragedia

Así es, así he decidido verlo. Cada vez es más frecuente el estar en una actividad cualquiera, cotidiana, y que de pronto se vaya la luz, y uno tenga que interrumpir, o que continuar en medio de la oscuridad.

Hace tiempo reseñé una experiencia en un festival de coros en el que hubo un apagón. Así es nuestra vida todo el tiempo. Por ejemplo, cada vez es más frecuente que en medio de un entrenamiento en la escuela de kungfu se nos vaya la luz, en ese sector la cortan bastante, y en horas nocturnas.

A veces pienso en la particularidad de contar estas experiencias a otra gente o a próximas generaciones: yo di conciertos en medio de apagones, yo entrené muchas veces en medio de la oscuridad, bajo el techo de las estrellas, yo he basado mi vida en un calendario de racionamiento (cuando éstos eran fidedignos), y pasé horas en casa y en casa de otros esperando que la luz llegara.

Definitivamente son cuentos de tiranías, y esa es una de nuestras tragedias cotidianas.



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domingo, 8 de junio de 2014

Venezuela, no te (re)conozco

Ayer por la mañana me desperté con la "depre" alborotada. Ese estado de ánimo en el cual nuestra realidad nos hace caer constantemente, un círculo vicioso de pesimismo, desesperanza e inacción, que pueden enloquecer a cualquiera. Había encontrado una noticia en la que un señor de más de 50 años había muerto de un infarto en una cola para comprar productos de la cesta básica. Luego de pararse de madrugada, haber ido hasta el lugar, esperar por un número que supuestamente aún no le daban, y hacer cola en medio del calor veraniego, sumado a su quizás mal estado de salud, llevaron a su cuerpo a no aguantar más.

Estas situaciones por las que pasamos todos los días los venezolanos, que son infrahumanas, y que NO acepto ni justifico bajo ninguna circunstancia: colas para comprar alimentos y productos de primera necesidad, colas para surtir combustible, robos y asaltos constantes, asesinatos de seres allegados, una inflación enferma que hace que tu trabajo cada día valga menos, un transporte y urbanismo deficientes, fallas constantes y sin aviso de la electricidad, todo esto con los discursos políticos apasionados,etc.; hacen que nuestro entorno sea un lugar insalubre a nivel físico, mental y emocional.

Todo esto lo expresé por Twitter en palabras más o menos similares, y concluí con una frase un poco osada, un poco radical, si se quiere:


A esto recibí una respuesta, que me extrañó que fuese una sola, pero me pareció interesante: "Se nota que no conoces nuestro país".

Conocer es un término que puedo tomar de dos maneras. La primera como que no he "paseado" suficiente a Venezuela. La segunda como que, sin importar lo que lo haya paseado, no me he dado a la tarea de conocer, de sensibilizarme ante él, de ver en sus virtudes, como para andar diciendo semejante cosa. Mi interés no es entrar en polémica, no es entrar en un hilo largo de discusión sin fin, sino simplemente afirmar que lamentablemente, sí conozco a Venezuela, en cualquiera de los dos sentidos.

Venezuela no solamente es el país donde nací, y prácticamente el único espacio que conozco. Venezuela soy yo y me duele. ¿He paseado Venezuela? A lo mejor no lo suficiente. Desgraciadamente no conozco Auyantepuy, la Gran Sabana o el Salto Ángel. Pero no creo que eso me haga mala conocedora de Venezuela. De haber hecho presencia, conozco Maracaibo, mi ciudad natal y donde he pasado prácticamente toda mi vida, y ampliamente el estado Zulia. Las ciudades de la Costa Oriental, alguna vez di pasos por el Sur del Lago, y he ido con frecuencia a las islas de Zapara y San Carlos, pasando por El Moján. Conozco el estado Falcón, Coro, Punto Fijo y las playas de la Península de Paraguaná: Buchuaco, Adícora, El Supí, Piedras Negras, y cada vez que voy me bajo en los Médanos y me tomo fotos. Conozco de pocas visitas a Barquisimeto y Valencia, y hasta hice un taller en Nirgua. Fui a la Isla de Margarita y también a Caracas. Viví tres años en el estado Mérida, en La Azulita, en el campo, y conocí por supuesto Mérida, los pueblos de la carretera andina y El Vigía. Como buena maracucha conozco La Puerta, Trujillo y Valera.

Ahora ¿de qué me sirve decir todos los lugares de Venezuela donde he estado? Usted bien podría decir que no he sentido a Venezuela. Pero sí la siento, y mucho. De hecho la conozco, lo malo es que ya no la reconozco.

Tanto sufro porque de hecho jamás he soñado con algún otro país. Yo sueño con bienestar, con seguridad, con paz, con laicismo, con oportunidades, con educación, con mis propios sueños, pero ojalá y fuera todo eso en Venezuela. Pero no va a ser. Y sufro porque emocionalmente no sueño con ningún otro lugar. Y aún soy romántica, porque quiero salir de aquí, pero sueño con países latinoamericanos, como para no alejarme demasiado, perdida en esa ilusión tal vez de homogeneidad identitaria del latino; y peor aún sueño con irme y tener algún día muchas ganas de volver.

Yo no solo conozco Venezuela, en sus matices y paisajes. Yo he amado sus espacios. He hecho odas a Maracaibo y a los parajes andinos, que son los lugares donde he vivido. Mi más reciente proyecto discográfico es una oda entera a las montañas azulitenses. Yo suspiro en la belleza del Lago, y quiero estar despierta siempre que paso el Puente. Me inscribí en una Media Maratón sin tener muchas condiciones, solo por el placer de trotar por el Puente. He vivido en zonas de clase media (en muchas, más de las que quisiera), y he trabajado en zonas populares, mayormente con niños. Me gusta presenciar las fiestas populares venezolanas, y reconozco que he presenciado pocas. Me gusta conocer la historia venezolana, sobre todo la de Maracaibo y la de las artes en Maracaibo. En mi canal de YouTube lo único que hay son unos videos de unas charlas de Rafael Rincón González y Víctor Hugo Márquez.

Me gusta la música venezolana, y me molesta que la mayoría de los venezolanos no la conozca. En mi disco hay dos valses y una danza. Soy pianista, y adoro los valses venezolanos. No aprendí a tocar guitarra como complemento, sino cuatro. Soy amante de la gastronomía venezolana, y la única vez que estuve en otro país, este me pareció pobre en cuanto a ello, casi nadie supo ofrecerme platillos tradicionales, mientras aquí yo podría hacer a cualquiera todo un tour gastronómico.

Señor, yo no entiendo a aquéllos que dicen "la patria no existe", "la patria es un apego irracional por un pedazo de tierra", y más bien puedo cantar mil veces "Todos vuelven a la tierra en que nacieron, al embrujo incomparable de su sol...", o canciones que hablen del lago y de la China (aunque soy atea), o de amores en medio de nacientes montañeras o matas de mango.

Pero ¿qué hago yo? En qué puedo convertir eso cada día cuando paso por el supermercado y veo colas infinitas de gente humillada, cuando veo presos políticos, cuando veo que otro joven fue asesinado y que no habrá justicia, cuando veo que todo es imposible para mi y para todos los de mi generación.

No reconozco a Venezuela, y por ello la vi como a un pantano. Si te quedas aquí parado te entristeces y te hundes.



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jueves, 29 de mayo de 2014

Caraqueando

La semana pasada apenas, conocí la capital de Venezuela. Debo reconocer que como una primera vista, algo superficial, es una ciudad de contrastes que sobrepasó las expectativas que tenía de ella. Por aquí de echan muchos cuentos de los cerros, del tráfico insufrible, del smog de Caracas, pero con todo y eso me pareció una ciudad bonita.

Las montañas hacen su trabajo por el paisaje, y la temperatura, aunque hacía algo de calor, es mucho más tolerable que la de mi ciudad/infierno. No pude evitar todo el tiempo tomar a Maracaibo como punto de comparación, y en líneas generales, Caracas está mucho mejor en cuanto a urbanismo, transporte público y arborización.

Fue un viaje muy ajetreado e imprevisto. Por razones ajenas a mí, cambiamos de hospedaje a diario, lo cual hizo aún más tortuoso el viaje. Sin embargo, conocí lugares nuevos y gente nueva, lo cual siempre me llena de entusiasmo.

Al llegar en el sistema de buses que trasladan del aeropuerto de Maiquetía a la ciudad, lo primero que apareció ante mis ojos fue el majestuoso Teatro Teresa Carreño, un complejo cultural como no he visto otro, ni en Maracaibo ni en otros lugares que he visitado. Uno de los días tuvimos la fortuna de entrar a sus salas, y ver de cerca semejantes espacios inmensos.

Anduve sobre todo por las zonas de Parque Central, Chacaito, Sabana Grande, Las Mercedes. Me gustó la comida que probé, aunque en general mucho más cara que en Maracaibo. Me gustaron las aceras y plazas en general, y debo decir que el problema de los buhoneros no está ni remotamente cerca de la gravedad que tiene acá, a menos que no haya estado en las zonas peores.

Me decepcioné un poco de ver todo el dinero que mueve el gobierno en cultura allá, mientras en Maracaibo andamos arañando presupuesto todo el tiempo. Conocí el Centro de Acción Social por la Música de la Fundamusical Bolívar, un lugar excelente, bien dotado, con varias salas y pianos, y morí al recordar la precariedad de las casi inexistentes instalaciones marabinas. Vi cómo son los pendones, afiches y programas de mano de los eventos en Caracas, mientras aquí son prácticamente nulos.

El metro, a pesar de todas las quejas que veo de los usuarios en las redes sociales, es un metro y funciona. Así decimos los venezolanos, "al menos", y más aún recordando los incompetentes y anticuados carros por puesto, reyes del transporte colectivo de Maracaibo. Además, irónicamente, las tarifas son más económicas en Caracas.

Conocí el Guaire, y una señora en un bus me echó el cuento de un ladrón al que habían agarrado y tirado al río sin compasión la noche anterior. Esa señora por cierto, me habló de la escasez en Caracas, y según noté, no tenía ni idea de dónde queda Maracaibo.

Hubo también cosas tristes, aparte del centralismo evidente, por ejemplo, la vista de los cerros cuando uno va saliendo de la ciudad. Una noche nos animamos a conocer el Hard Rock Café, pero nos echaron temprano, por trabajos eléctricos en el Sambil, toda una venezolanada.

En fin, conocer, admirar, comparar, compartir. Todo siempre vale la pena. Los dejo con dos vistas contrastantes de Caracas:




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sábado, 29 de marzo de 2014

El niño en la parada

Venía de ensayar con un coro hacia el oeste. Me dejaron en Galerías Mall para tomar ruta. Galerías, uno de nuestros nodos urbanos, y tal vez el más improvisado y desorganizado de todos. Varias rutas de carros por puesto confluyen, y se ha convertido en punto de articulación entre el norte, el este y el oeste de Maracaibo, llenándose de comercio informal por doquier.

La cola de pasajeros era como de 50 personas. Tendría que esperar que llegaran unos 10 carritos para que llegara mi turno. Serían las 12 y algo, el sol inclemente. El pasajero que iba delante mío rondaría los 7 años de edad. Iba bien vestidito, con una pinta sport, quien sabe a qué, y sus dos padres delante en la fila.

Él se divertía, mirando los carros ir y venir. "¡Ahí viene uno!". "Ay, ese es de la otra parada". "¿Y ese por qué no paró?". "¡Allá viene otro!" Exclamaba todo esto, mientras yo le señalaba que caminara cuando la cola avanzaba, y se reía.

Atrás de nosotros un señor moreno bastante mayor miraba pacientemente a todos lados, y a veces escuchaba a un muchacho que estaba más atrás quejándose de que cómo era posible, que seguro llegaría a su casa casi a las dos. Creo que llegó antes, pero igual le doy la razón y a mis adentros decía "sí, mijo, este transporte no sirve para nada".

Pero el niño delante quizás hasta se divertía con toda la situación, a pesar de que pasaba un calor infernal, respiraba el aire contaminado por los por puesto y la basura de Galerías, del bullicio y las infracciones en vivo en La Limpia, y el peor sistema de transporte que he conocido.

Al rato llegó una señora a la parada con una niña más pequeña a su lado y un bebé en brazos, y se colocó al inicio de la fila por derecho. No pasarían cinco minutos cuando llegó nuestro por puesto al fin.

Un Malibú no tan destartalado. Íbamos en total 9 personas en él. Atrás se montó el niño con sus dos padres, y la señora que iba con el bebé y la niña. Adelante, el chofer, el señor mayor que me seguía en la fila y yo. Todavía pensé en lo inseguro que sería aquello en caso de algún accidente. Ni hablemos de la temperatura, que aire acondicionado en el transporte, ni soñarlo. Tres niños en esa inseguridad y ese infierno.

Todos íbamos "largo". El chofer era un señor que se veía apacible o al menos lo estuvo todo el viaje. Un viaje de casi media hora del que cuando mucho sacaría 50 bolívares. Eso, según el nuevo cambio de Sicad II es menos de 1 dólar. En el parabrisas estaba apoyado un periodiquillo cuyo titular más grande decía algo así como "Arias quiere la paz", haciendo referencia a nuestro gobernador y a la situación de protestas que atraviesa el país.

Pensé que yo, el chofer, los niños, cualquiera... merecemos algo mejor.

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