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domingo, 31 de enero de 2016

"El problema es de valores"

La crisis que atraviesa Venezuela, la atraviesa en prácticamente todos los órdenes, incluyendo el orden moral. Creo que nadie puede negar esto. El problema es que muchos argumentan que somos un pueblo "sin valores", y eso es lo que nos ha llevado a esta crisis.

Creo que se comete con esta afirmación una típica confusión de causalidad con correlación. Una crisis económica y una crisis del derecho (en esas dos sí que me pierdo, no sé cuál es el huevo y cuál es la gallina), inevitablemente llevarán a una crisis moral.

En un post que publiqué hace poco hablaba del islam, de los militantes de la religión de Alá que hacen estragos sea en su país, o en el que los recibe. Y comentaba ahí que muchos se equivocan al pensar que esta manera de ser sea del todo de origen genético. El ambiente en que se desarrolla un ser humano es muy importante también, y esas adaptaciones en un largo plazo (bastante largo), podrían terminar afectando el acervo genético de un grupo.

Muchos pretenden condenarnos. El venezolano, ampliémoslo al caribeño, o al latinoamericano, somos tildados de seres inevitablemente inútiles en general para decidir nuestra política. A lo mejor somos torpes, pero las cosas que se ven hoy día en Venezuela, ni de lejos se vieron en otros tiempos. No hay que ser muy viejo para saberlo.

La razón es la situación de precariedad que atravesamos, que puede sacar lo peor de nosotros. Son muchos los que al emigrar se dan cuenta de lo terrible que tenían el humor y la actitud cuando vivían en Venezuela. Y no es que esa sea su naturaleza, es que vivir en un lugar en el que no tienes lo básico asegurado: seguridad personal, comida, servicios, dinero que valga, medicamentos, y un largo etcétera, le cambia completamente la actitud a un ser humano.

El solo hecho de la escasez nos cambia la mente. Ya no es que iremos el fin de semana o la quincena a hacer la compra para la casa y listo. Es que vamos a hacer compra, y no sabemos qué encontraremos y qué no, y para las cosas que no encontramos nos encontramos en constante cacería: mirando las bolsas de los demás, preguntando en cada cola qué es lo que hay, cazando puestos de bachaqueros a ver qué tienen, viendo si algún mayorista nos consigue el saco a buen precio.

Así mismo, estamos en un país sumamente violento. 7 ciudades de Venezuela aparecieron entre las 50 más violentas en un famoso ranking que se publicó en estos días. La impunidad es causa fundamental de esa violencia, y nadie me quita esa idea. No es que la moral, que la educación, que la necesidad (aunque ésta es muy importante también en este sentido); pero que alguien cometa un crimen, y tenga prácticamente la certeza de que no habrán consecuencias para su persona, solo ganancia, hace que el crimen esté a la orden del día, y también la venganza.

Esto hace que todos andemos con ojos delante y detrás en la calle, escondiendo como podemos nuestras pertenencias, disimulando como podemos algún indicio de estatus, y desconfiando de todo el mundo en la calle. Yo particularmente voy caminando siempre pensando qué haré si alguien llegase a pretender robarme. A la hora de la verdad no sé si haré algo, pero el desgaste psicológico es constante.

En pocas palabras, estamos en modo supervivencia. Los valores importan poco en este modo. La civilización es inviable en este modo, puede salir lo peor de nosotros, esa bestia que está latente en todos. Así que sí, hay una crisis moral, pero ella no es la causa de las demás, es más, estoy convencida de que es una consecuencia.

¿Será difícil arreglarla? Como es difícil arreglar el país entero en este momento. Son tantas las variables que lo complicado y lo delicado es precisamente saber por dónde empezar.

¿Y tú? ¿En medio de esta crisis te has dado cuenta de lo que eres capaz?


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domingo, 29 de marzo de 2015

Cercos y muros

En la ciudad venezolana hay muchos símbolos. Símbolos que hablan casi siempre de nuestros modos de vida, del absoluto caos urbanístico en el que vivimos, y de nuestras crisis económicas.

Este gobierno, que ya lleva unos dieciséis años de duración, se ha jactado públicamente de haber reducido la brecha de clases en Venezuela. Sin embargo, el panorama urbano parece indicar lo contrario. Particularmente en Maracaibo las zonas / clases sociales son bien distinguibles, y durante este gobierno se han diferenciado aún más.

Aparte del clásico barrio (zona de clase media baja o baja) con casas de bloques, han aparecido zonas nuevas de miseria gracias a las invasiones, propiciadas y apoyadas por el ex presidente Chávez. Así, existen inmensos terrenos (antes propiedad privada, o incluso pública, como el caso de los terrenos de la universidad), llenos de ranchos improvisados de lata y cartón, con afiches alusivos a la revolución bolivariana por doquier.

Esto en las zonas de clase baja. Pero en las zonas de clase media y media alta el cambio también ha sido radical. Primero estuvo el "éxito" de las villas o pequeñas urbanizaciones cerradas. Caseríos de grandes quintas, cercadas por un gran muro alrededor, con una pequeña plaza y a veces una cancha, con un portón principal y una garita de vigilancia que controla el acceso de visitantes.

En las urbanizaciones clásicas de clase media, la gente se vio azotada por una insoportable inseguridad, que incluía robos en la calle y atracos a mano armada dentro de las mismas casas, por lo cual se decidió imitar a aquellas vías cerradas. Se han cerrado calles, vías públicas de bajo tráfico por todos lados de la ciudad. Si su cuadra no es avenida principal, se colocan dos portones en las esquinas, y una garita de vigilancia utilizando algún espacio de la acera.

Así mismo, en toda quinta, villa, construcción pública, local... se ha colocado el popular cerco eléctrico. Aparte de las ya acostumbradas rejas en cada puerta y ventana, ahora los muros han subido, las pérgolas se han multiplicado, y el que tenga algo de dinero, se atrinchera en su propiedad para salvaguardarla.

Nuestra ciudad está pues absolutamente fragmentada, y de hecho, las clases sociales están cada día más aisladas. La clase media, cuyo poder adquisitivo ha mermado considerablemente, aún invierte un poco en su atrincheramiento y deja claro que no está dispuesta a perder el poco espacio que le queda. La clase baja cada día toma más espacios no dispuestos para la habitabilidad, y se improvisan urbanizaciones y barrios enteros.

La crisis habitacional no ha sido resuelta. El urbanismo cada día es peor. Las clases cada día se aíslan más.

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lunes, 6 de octubre de 2014

¿Los venezolanos andamos muy sensibles?

Photo credit: TarikB / Foter / CC BY-NC

Sí, claro que sí.

La sensibilidad es un aspecto humano complejo, del que no se puede hablar a la ligera. Este domingo ha ocurrido un incidente que me ha llevado a escribir y poner mi perspectiva sobre ello, sobre lo que considero un momento de hiper-sensibilidad del venezolano.

La caricatura de Weil

El caricaturista Roberto Weil, envió una caricatura para su publicación como es usual en un suplemento dominical, en la que se hace una sátira de un velorio. Muchos chavistas asociaron la caricatura directamente con el reciente asesinato del diputado oficialista Serra, y han manifestado en las redes sociales toda clase de insultos hacia Weil, e incluso han mencionado el hecho de que debe ser investigado. Weil alega que la caricatura fue hecha hace dos semanas, que no tuvo nada que ver con el lamentable suceso, y que además, la misma no circuló en la revista, por la asociación que podría haber acarreado.

Hablando en específico de este caso, diré que las cargas contra Weil son exageradas (como es costumbre desde el actual gobierno). Para mi la caricatura es genial, pues es una sátira de cómo suelen ser los funerales, en los cuales se rinden honores y casi siempre se habla bien de esa persona fallecida, cuando no necesariamente fuera así de buena. La representación de las personas como animales no es nada nuevo, y menos si se quiere hacer sátiras de políticos. Puede ser que haya herido sensibilidades sin haberlo querido, pero Weil hizo lo propio al disculparse, y estar de acuerdo con la retirada de la página en el suplemento del día de hoy.

Por otro lado, el oficialismo ha tenido una esta reacción, y se ha tomado la caricatura como algo "personal", cuando ya se afirmó que no sería así. La misma se coló en las redes sociales (no sé desde qué fuente en primer lugar), pero ha supuesto pronunciaciones de ministros y personajes importantes de la política nacional, amenazando, utilizando lenguaje soez contra un ciudadano, y atentando contra la libertad de expresión.

El fanatismo

No es la primera vez que el oficialismo exige "respeto" por la sátira realizada hacia sus símbolos y personajes. Incluso cuando la muerte del ex presidente Chávez, todo el tiempo se pedía que se dejara de hablar mal de lo que él había hecho en vida, "por respeto" a los sentimientos de sus seguidores.
En mi opinión, nada más fuera de lugar que pedir respeto hacia los sentimientos de un fanático. Todos merecemos respeto en cuanto seres humanos, pero pedir que "no se hable mal de alguien" por respeto hacia tu adoración hacia esa persona, es por lo menos ridículo. Más aún, cuando Hugo Chávez tuvo tantos detractores y no sin razones reales.

Todos tenemos nuestros seres que admiramos, pero esto no quiere decir que otros no puedan hablar mal de ellos u opinar en contra, más aún si estas opiniones se emiten con argumentos. La libertad de no estar de acuerdo con algo también existe. Digamos de paso, que el fanatismo es de los más bajos sentimientos humanos y lleva una fuerte carga de irracionalidad. No es lo mismo admirar a alguien que adorarle, y por lo general, cuando se defiende a alguien a quien se adora, se lo hace con pasiones exageradas.

El disentimiento, y más aún en la política es sano, y necesario para la existencia de la democracia y la pluralidad. Si se saca el argumento de que se "hieren sensibilidades" se está asumiendo el problema como algo personal y emocional, perspectiva totalmente errada y que ofusca contra una visión equilibrada de la realidad.

El discurso oficial

No es secreto para nadie que Hugo Chávez utilizaba un lenguaje bastante violento para referirse a la otredad política de Venezuela. Ni siquiera cuando se trataba de muertos, él "respetaba" (recuérdese el caso de la muerte de CAP: "yo no pateo perro muerto"). El ex presidente utilizó así mismo toda clase de insultos para referirse a su oposición política (incluyendo a los ciudadanos): escuálido, majunche, etc.

Los seguidores de Chávez y su gabinete político, han imitado este discurso. Y así, en sus redes sociales, responden a los ciudadanos diciendo "hijo de puta" sin siquiera tener en cuenta que ellos son funcionarios públicos. El actual Presidente, Nicolás Maduro, mostró una total indolencia ante los asesinatos en las protestas del primer trimestre de 2014, y bien se recuerda un video en el que bailó con su esposa, dando a entender que no había nada que lamentar.

En resumidas cuentas, el discurso oficial es provocador y violento. Esto no justifica que desde la oposición se responda de la misma manera, y menos aún de parte de los dirigentes de la misma. Pero la gente normalmente tiene reacciones verbales acordes a las que se están lanzando desde su propio gobierno.

Más aún, no se justifica que desde la boca de funcionarios públicos se insulte a la ciudadanía por su posición política, puesto que quien está allí, sea del partido que sea, detenta un cargo en el cual se supone que trabaja para todos los sectores del país por igual.

La realidad, la negación y la ira

Si bien existen oficialistas que andan muy sensibles por su fanatismo, y un discurso oficial que pone sensibles a muchos, también existe en Venezuela una realidad agobiante, que de paso, pretende ser negada todos los días.

El ciudadano común debe soportar largas colas para conseguir alimentos de la cesta básica, para surtir combustible, debe calarse apagones de alcance local y nacional, mala administración de los recursos hídricos, devaluación constante de la moneda y pérdida del poder adquisitivo en plazos cotidianos, falta de oferta inmobiliaria, falta de medicamentos e insumos médicos aún habiendo la existencia de epidemias, y una inseguridad que se lleva a más de 20.000 venezolanos anualmente, con una impunidad de más del 90%.

Todos estos problemas, además de tener que soportarlos, son negados constantemente por aquellos oficialistas que nos gobiernan. "El contrabando y la especulación son los que acaban con la comida y el combustible" sin admitir que los controles de precios y subsidios han influido grandemente en ello; "estamos ante una guerra bacteriológica", o el argumento más ridículo para describir las razones de la proliferación de ciertas enfermedades; "la inseguridad es una construcción mediática", o el alegato también de que las víctimas son los culpables cuando son robados o asesinados, negándose a aportar soluciones, e irrespetando cada una de las víctimas humanas que dejan este mundo todos los días por decenas.

Es normal que en esta situación se genere ira, irritabilidad y resentimiento en cualquier persona, y es fácil sentirse totalmente impotente y además burlado con el discurso oficial. Esta dimensión de la "hiper-sensibilidad" del venezolano es quizás la que más se justifica. Por ejemplo, ¿qué se le va a hablar a una madre que perdió a un hijo joven a manos del hampa, y que todos los días ve cómo desde el gobierno se niega su realidad, de "respeto" ante el asesinato de un político? ¿Qué se le dirá a padres de familia que no pueden costear la comida sobre "no herir" a quienes adoran al difunto? ¿Cómo decirle a un joven que ve mermado su futuro que "respete" y no insulte o al menos satirice al gobierno? Es absurdo.

Justificada o no, nuestra sensibilidad es un problema

Ya que estamos muy sensibles, y aunque haya razones, debo decir que esta actitud es un serio problema. Andamos muy volátiles, y con ello, el sano debate no existe.

Unos por un lado, andan dolidos todo el tiempo por las críticas a su líder, a sus gobernantes o a sus partidos. Esa no es la actitud. ¿Cómo esperamos que se construya democracia si no hay opiniones? Defender lo que piensas no puede hacerse desde la apelación constante a las emociones, porque las mismas no justifican nada.

Por otro lado, hay quienes andamos sensibles por una realidad aplastante, a la que no se le ve voluntad alguna de solución por parte de nuestros administradores. Cualquier tema relacionado con la realidad o con la política en sí, muchas veces genera reacciones de ira, y es común, ya sea en la internet o en las calles, que la gente discuta fuertemente por estos temas, algunos por el fanatismo del que ya hablé (que existe en ambos bandos), y otros por sentirse muy indignados constantemente.

Pero en todo esto hay puntos de encuentro, o mejor dicho, existe otro tipo de sensibilidad que hemos perdido y que nos convendrá desarrollar de nuevo para salir de esta crisis. Esa sensibilidad está relacionada con la empatía y la capacidad de ponernos en el lugar del otro, y me refiero a los ciudadanos, no a los políticos.

Los problemas que nos aquejan nos afectan a todos, en primer lugar, solo que se difiere en las causas de los mismos. Hay que comprender que hay causas múltiples, y que muchas veces se ve solo algunos aspectos o dimensiones (cosa que pasa preocupantemente desde el gobierno, por lo que no hay soluciones efectivas); pero entre los ciudadanos, para la discusión, para la crítica y para la construcción de una alternativa a esta crisis, hay que ver las cosas desde todos los ángulos posibles.

Otra cosa es que el fanatismo se ha construido muchas veces en base a la desesperanza, y se halla en el líder, esa promesa de un mañana mejor. Hay que bajarle dos al fanatismo por un lado, pero entender un poco en las causas del fanatismo del otro, que casi siempre se origina desde las mismas carencias, en pro de que haya una reconciliación y un posible diálogo. 

Y si hay algo que nunca dejaré de decir que necesitamos mucho es racionalidad, cosa que este gobierno se ha empeñado en dejar a un lado, siempre invocando las pasiones de la gente.


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miércoles, 10 de septiembre de 2014

¿Ser optimista en Venezuela?

Últimamente está muy de moda eso de ser optimista. Libros de autoayuda, orientalismos adaptados, fitspiration, memes de felicidad y agradecimiento, etc. Yo no digo que la gente tiene que vivir deprimida ni nada por el estilo, pero toda esta onda de optimismo porque sí, a veces me parece sospechosa. No es que anden tramando algo, pero no todo es positivo en todo este optimismo.

Creo un poco en el hecho de que el optimismo crónico es malo para la razón. Ver todo bonito tiene sus pro y sus contra, obviando el hecho de que de vez en cuando (¿por qué no?) amanezcamos con ese mood. Sin duda hay gente que necesita mensajes de aliento en la vida, todos los necesitamos de vez en cuando, ver el lado bueno de las cosas, sonreír ante la adversidad... Pero un exceso de esto puede hacer que perdamos un poco el sentido crítico, y que exageremos de hecho "el lado bueno" de las cosas, o que incluso lo rebusquemos.

En Venezuela vivimos una situación muy particular de tensión. Una tensión psicológica constante, que hablando de un modo resumido se debe a que no tenemos seguridad de cubrir nuestras necesidades básicas (alimentación, vivienda, transporte, seguridad, etc.), y esto en líneas generales, atravesando todos los estratos sociales (menos los ricos, claro está). Aunemos a esto la tensión política constante, no importa a qué bando pertenezcamos.

La situación política y económica que vivimos trae un sinfín de frustraciones personales, tanto a jóvenes como a viejos. Estamos viviendo incluso un éxodo sin precedentes, y emigremos o no, vemos emigrar a otros, y quienes no tenemos cierta estabilidad enfrentamos todas las mañanas el maldito dilema: "¿será que lo mejor es largarme de aquí?, pero no quiero, pero es supuestamente lo mejor, pero es tan difícil..." Todo esto reforzado por las vivencias cotidianas, esa ciudad sucia, ese transporte que no sirve, esas colas en cada bomba, en cada supermercado, ese "no hay" cada vez que buscamos algo, un alimento, una medicina, etc.

Y no se puede tapar el sol con un dedo.

Cuando veo esos mensajes optimistas por aquí y por allá, muchas veces me resultan vomitivos. Me parece que se pretende ignorar una realidad que ya no se oculta en ninguna parte. Los gurúes del optimismo por lo general llevan una buena vida (que no les reprocho, y que no dudo que sudaron por conseguir), pero es imposible sentirme identificada con ellos. Por otro lado, muchos de quienes les siguen se ocultan tras este "positivismo", tras ese "la vida es bella" todos los días, mientras muchos pierden la vida afuera, y me parece, por lo menos, hipócrita.

A veces uno parece un pesimista crónico en esta realidad, pero es que no hay de otra, a menos que uno se haga la vista gorda con lo que pasa todos los días en las calles. Aparte de todo, muchos de estos mensajes están acompañados del elemento religioso, ese que no pongo en duda que nos ciega como individuos.

A lo mejor soy muy cruel, a lo mejor debo considerar esta onda optimística como una terapia para nosotros, pero lo siento, a mi no me funciona.
Dave's Domain / Foter / CC BY-NC-ND

domingo, 8 de junio de 2014

Venezuela, no te (re)conozco

Ayer por la mañana me desperté con la "depre" alborotada. Ese estado de ánimo en el cual nuestra realidad nos hace caer constantemente, un círculo vicioso de pesimismo, desesperanza e inacción, que pueden enloquecer a cualquiera. Había encontrado una noticia en la que un señor de más de 50 años había muerto de un infarto en una cola para comprar productos de la cesta básica. Luego de pararse de madrugada, haber ido hasta el lugar, esperar por un número que supuestamente aún no le daban, y hacer cola en medio del calor veraniego, sumado a su quizás mal estado de salud, llevaron a su cuerpo a no aguantar más.

Estas situaciones por las que pasamos todos los días los venezolanos, que son infrahumanas, y que NO acepto ni justifico bajo ninguna circunstancia: colas para comprar alimentos y productos de primera necesidad, colas para surtir combustible, robos y asaltos constantes, asesinatos de seres allegados, una inflación enferma que hace que tu trabajo cada día valga menos, un transporte y urbanismo deficientes, fallas constantes y sin aviso de la electricidad, todo esto con los discursos políticos apasionados,etc.; hacen que nuestro entorno sea un lugar insalubre a nivel físico, mental y emocional.

Todo esto lo expresé por Twitter en palabras más o menos similares, y concluí con una frase un poco osada, un poco radical, si se quiere:


A esto recibí una respuesta, que me extrañó que fuese una sola, pero me pareció interesante: "Se nota que no conoces nuestro país".

Conocer es un término que puedo tomar de dos maneras. La primera como que no he "paseado" suficiente a Venezuela. La segunda como que, sin importar lo que lo haya paseado, no me he dado a la tarea de conocer, de sensibilizarme ante él, de ver en sus virtudes, como para andar diciendo semejante cosa. Mi interés no es entrar en polémica, no es entrar en un hilo largo de discusión sin fin, sino simplemente afirmar que lamentablemente, sí conozco a Venezuela, en cualquiera de los dos sentidos.

Venezuela no solamente es el país donde nací, y prácticamente el único espacio que conozco. Venezuela soy yo y me duele. ¿He paseado Venezuela? A lo mejor no lo suficiente. Desgraciadamente no conozco Auyantepuy, la Gran Sabana o el Salto Ángel. Pero no creo que eso me haga mala conocedora de Venezuela. De haber hecho presencia, conozco Maracaibo, mi ciudad natal y donde he pasado prácticamente toda mi vida, y ampliamente el estado Zulia. Las ciudades de la Costa Oriental, alguna vez di pasos por el Sur del Lago, y he ido con frecuencia a las islas de Zapara y San Carlos, pasando por El Moján. Conozco el estado Falcón, Coro, Punto Fijo y las playas de la Península de Paraguaná: Buchuaco, Adícora, El Supí, Piedras Negras, y cada vez que voy me bajo en los Médanos y me tomo fotos. Conozco de pocas visitas a Barquisimeto y Valencia, y hasta hice un taller en Nirgua. Fui a la Isla de Margarita y también a Caracas. Viví tres años en el estado Mérida, en La Azulita, en el campo, y conocí por supuesto Mérida, los pueblos de la carretera andina y El Vigía. Como buena maracucha conozco La Puerta, Trujillo y Valera.

Ahora ¿de qué me sirve decir todos los lugares de Venezuela donde he estado? Usted bien podría decir que no he sentido a Venezuela. Pero sí la siento, y mucho. De hecho la conozco, lo malo es que ya no la reconozco.

Tanto sufro porque de hecho jamás he soñado con algún otro país. Yo sueño con bienestar, con seguridad, con paz, con laicismo, con oportunidades, con educación, con mis propios sueños, pero ojalá y fuera todo eso en Venezuela. Pero no va a ser. Y sufro porque emocionalmente no sueño con ningún otro lugar. Y aún soy romántica, porque quiero salir de aquí, pero sueño con países latinoamericanos, como para no alejarme demasiado, perdida en esa ilusión tal vez de homogeneidad identitaria del latino; y peor aún sueño con irme y tener algún día muchas ganas de volver.

Yo no solo conozco Venezuela, en sus matices y paisajes. Yo he amado sus espacios. He hecho odas a Maracaibo y a los parajes andinos, que son los lugares donde he vivido. Mi más reciente proyecto discográfico es una oda entera a las montañas azulitenses. Yo suspiro en la belleza del Lago, y quiero estar despierta siempre que paso el Puente. Me inscribí en una Media Maratón sin tener muchas condiciones, solo por el placer de trotar por el Puente. He vivido en zonas de clase media (en muchas, más de las que quisiera), y he trabajado en zonas populares, mayormente con niños. Me gusta presenciar las fiestas populares venezolanas, y reconozco que he presenciado pocas. Me gusta conocer la historia venezolana, sobre todo la de Maracaibo y la de las artes en Maracaibo. En mi canal de YouTube lo único que hay son unos videos de unas charlas de Rafael Rincón González y Víctor Hugo Márquez.

Me gusta la música venezolana, y me molesta que la mayoría de los venezolanos no la conozca. En mi disco hay dos valses y una danza. Soy pianista, y adoro los valses venezolanos. No aprendí a tocar guitarra como complemento, sino cuatro. Soy amante de la gastronomía venezolana, y la única vez que estuve en otro país, este me pareció pobre en cuanto a ello, casi nadie supo ofrecerme platillos tradicionales, mientras aquí yo podría hacer a cualquiera todo un tour gastronómico.

Señor, yo no entiendo a aquéllos que dicen "la patria no existe", "la patria es un apego irracional por un pedazo de tierra", y más bien puedo cantar mil veces "Todos vuelven a la tierra en que nacieron, al embrujo incomparable de su sol...", o canciones que hablen del lago y de la China (aunque soy atea), o de amores en medio de nacientes montañeras o matas de mango.

Pero ¿qué hago yo? En qué puedo convertir eso cada día cuando paso por el supermercado y veo colas infinitas de gente humillada, cuando veo presos políticos, cuando veo que otro joven fue asesinado y que no habrá justicia, cuando veo que todo es imposible para mi y para todos los de mi generación.

No reconozco a Venezuela, y por ello la vi como a un pantano. Si te quedas aquí parado te entristeces y te hundes.



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domingo, 6 de abril de 2014

Paranoias


1.
Iba en un bus de esos tipo van reconstruida. Gente normal sentada, unos pocos de pie.


En una parada, se bajaron varios pasajeros, y se montaron cuatro tipos bromeando, hablándose entre ellos. A pesar de la disponibilidad de asientos, se sentaron todos separados, regados en la unidad.

Qué tramaban? Si andaban juntos, por qué se sentaban así? No aguanté una cuadra. Me bajé y esperé algún carro por puesto que me llevara a mi destino.


2.
Iba caminando unas pocas cuadras hacia la casa de dos pequeños alumnos de piano. Mi tía iba pasando y me ofreció llevarme.


"Y tú te vas a pie?" Me miró con cara de "estás loca".

Llegamos al frente de la casa. La calle está cerrada, tipo villa improvisada de esas que abundan hoy. Tardarían dos minutos en abrir la puerta, y mi tía no paraba de reclamar el por qué no habían salido aún.

No sabe que igual llego muchas veces a pie, y que a veces tardan más en salir.


3.
Salía de dar clases. Una zona acomodada, por la que poco miedo me da andar. Esperaba que me buscaran tras la cerca de ciclón.


La coordinadora necesitaba irse y me explica toda una maroma para salir por otra puerta y dejar cerrado el candado. Le digo que prefiero esperar en la acera, total ya venían llegando.
Me dijo que no le parecía prudente, aunque es la acera por la que entro todos los días, y en la que espero que me abran cuando llego.

En medio de la indecisión, me buscaron igual.


4.
Un bus pequeño. Unos metros adelante en el camino, dos hombres en una moto despojan de su cartera a una mujer que venía caminando. La halan tan fuerte que cae en medio de la avenida. Menos mal no venían carros.


Los hombres cruzan rápidamente a la derecha en el primer escape. Pienso que podrían dar la vuelta a la cuadra y venir a por el bus. Saco mi celular del bolso y me lo pongo en el bolsillo trasero, llevaba una blusa larga. Si me piden el bolso, al menos el celular no se lo llevan.

Igual no pasó nada.


5.
Me monto en el carro por puesto. Era la única pasajera. Unos metros adelante se montan dos jóvenes, de aspecto malandrín, con muchas prendas baratas.


Dije al chofer que disculpara, había olvidado algo. Me bajé apenas pude.


6.
Estaba al oeste de la ciudad. Al fin llegó un taxi a la línea. "Señor, necesito llegar a Los Haticos". "Bueno pero llevaré a este otro primero". Un tipo con unas flores. Llevaba tanto tiempo esperando que accedí.


Nos fuimos. Qué avenida es esta? A dónde vamos? Esa es la Circunvalación 3, la conozco. Vaya que es larga y fea la Circunvalación 3. Y sigue. Cruza como alejándose más de la civilización. Casitas, ranchos, fotos de Chávez por doquier. Deja al hombre en un lugar donde había más tierra que carretera.

No debo perderme, debo estar pediente del camino. Al menos la puerta tiene manilla por dentro. Puedo tomar un por puesto en cualquier caso. Parece que volvemos a la Circunvalación 3. Será que quiere reventar en Sabaneta? Sí, eso. Haticos es lejos. Finalmente me hallé en Sabaneta.

"Tomaré un atajo, sabes exactamente a donde vas, verdad?" "Sí" (eso creo). Miraba atentamente, creo que vamos bien. "Mire, mire! Por ahí estaba la vía de Los Robles! Allí a la derecha". Llegué. Me cobró duro. Pero llegué y suspiré.

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domingo, 16 de marzo de 2014

Los árboles no tumban dictaduras

Fotos de barricadas con árboles, tomadas por mi

Hace un par de días iba saliendo de casa, y cuando vi a la esquina de la Prolongación Circunvalación 2, me percaté de algo: el árbol en el que suelo cobijarme del sol cuando espero bus cerca de horas del mediodía (o a cualquier hora), fue cortado por toda la mitad del tronco, para formar parte quién sabe de qué barricada de la zona. En ese momento, me lo tomé muy personal.

Y es que se ha tomado esta malísima costumbre en estos días. No es el hecho de usar residuos. Puedes usar ramas de alguna podada, puedes usar troncos secos, pero se ha llegado al colmo de cortar árboles vivos y sanos para ponerlos a media vía y trancarla.

No vengo a criticar el ilustre método guarimbero, no voy a decir que las protestas actuales no se justifican, porque justificadísimas están. No soy pro gobierno, ni tampoco "ni-ni". Pero condeno esta práctica de la tala para la guarimba.

He visto que hay gente defendiendo esto, diciendo que es "preferible cortar árboles que se pueden volver a sembrar que aguantarse esta dictadura diez años más". No señores, eso es una falacia. ¿Quién dijo que usar árboles hará la diferencia para lograr tumbar al gobierno, y si es que eso es lo que se logra? ¿Acaso no pueden usar cualquier vaina para trancar la calle? ¿Acaso no hay basura de sobra, peroles de sobra, ruinas de sobra para eso?

Y en Maracaibo, esta ciudad en la que no sólo hay un calor infernal, sino una terrible calidad del aire, que ha venido decayendo, en gran parte por supuesto por las malas políticas públicas de sanidad y urbanismo. Y de paso vamos a contribuir. ¿Ustedes no caminan por Maracaibo en "la hora del burro"? ¿No han sentido el gran alivio que es recostarse en un árbol en la calle?

Si queremos conciencia ciudadana, para los problemas que nos tienen sumidos en la desgracia todos los días, creemos conciencia a largo plazo y en todos los aspectos. Que en cuanto a urbanismo y políticas ecológicas, Venezuela está bastante mal, aunque primero pensemos en escasez e inseguridad antes que en ello, y sépalo, un buen urbanismo está directamente relacionado con la seguridad ciudadana y la no violencia.





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miércoles, 5 de marzo de 2014

Después de las protestas, ¿qué?


Hay una pregunta que a muchos nos inquieta en toda la situación que está atravesando Venezuela. Algo es cierto, en todo el gobierno de Hugo Chávez, no hubo nunca una crisis política como la actual. Me puse a leer viejos textos propios, y algunos que ha publicado gente que sigo, a propósito del aniversario del anuncio de la muerte del Comandante, y me fijo que en años pasados nos quejábamos de que las protestas y marchas no tenían ningún sentido, todas o carecían de apoyo, o eran convertidas en espectáculo marcha/contramarcha desde las cúpulas políticas. También he visto que esta crisis estaba anunciada.

Llegó, tal como estábamos esperando. La gente está descontenta como nunca con la economía y la inseguridad, y está en la calle, con estrategias diferentes, por motivos diversos, pero Venezuela la próxima semana cumplirá un mes entero en protestas sin descanso. Y esa pregunta, que mencioné pero no formulé al principio es: ¿a dónde va a parar todo esto, qué es lo que va a pasar después?

En cuanto a la receta que necesitaría la economía venezolana para recuperarse, he leído y escuchado múltiples opiniones, y todos coinciden en algo: para salvar a Venezuela será necesario un período de austeridad, una reducción del gasto público, con una recuperación (paulatina necesariamente) del aparato productivo privado nacional. La crisis ya no se aguanta, con las protestas inevitablemente se ha agravado un poco, y puede ser que lo que venga sea aún peor, y tarde varios años en verse la recuperación nacional.

Pero todo esto tendrá un alto costo político para quien esté en el poder. Por eso, pedir la renuncia del chavismo puede que no sea muy inteligente. O puede que sí.

Lo peor que podría pasar es que la protesta cese, y que el gobierno siga con la política con que ha venido en los últimos años.

Si el pueblo finalmente es escuchado, y el gobierno actual prepara un plan de recuperación nacional (porque sino, nos llevará a fosos aún desconocidos para nosotros), y ese plan, como debiera ser, incluye recortes públicos, que incluirían necesariamente recortes en las misiones, aumento de la gasolina, bajarle dos al subsidio y control del dólar, dejar de subsidiar los alimentos de la cesta básica, y algunas otras cosillas, preservando lo esencial (educación, servicios y salud, y usando ese dinero inteligentemente), más un frontal ataque contra las mafias y la criminalidad... va a ser un duro golpe para el venezolano, y la popularidad del chavismo decaerá, sobre todo para el venezolano de a pie, que no ve en el largo plazo, y que sufrirá por mucho tiempo. Pero en este caso, el más sensato, que requeriría un difícil cambio de orientación del gobierno actual, sería el mismo chavismo quien pague el costo político por el desastre económico que han hecho en estos años.

Si los actuales gobernantes renuncian, si llega a haber elecciones, o si llega a darse alguna especie de golpe (ojalá que no) que ponga a la oposición en el poder, deberá haber la misma aplicación de medidas, que harán sufrir a las bases populares en el corto plazo, y entonces se culparía a la oposición de los problemas que están por venir, lo cual podría significar revocatoria de mandatos y una posible vuelta al chavismo, en la cual correríamos el riesgo de acabar en lo mismo.

Si me preguntan a mí, prefiero para el corto plazo la primera opción, aunque veo muy difícil que el gobierno rectifique, sobre todo por sus actitudes los últimos días. Si la oposición llegase a detentar el poder pronto, yo sí estaría de acuerdo con una Asamblea Constituyente, que revoque artículos nada beneficiosos que han sido aprobados por la fuerza vía leyes habilitantes, que simplifique la burocracia estatal y que obligue a reelegir todos los cargos públicos actuales.

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martes, 4 de marzo de 2014

Los niños de clase media

Nunca me he sentido más ofendida debido a mi clase social como en estos días. Somos la maldita clase media venezolana. Las protestas en estos días han sido encabezadas por estudiantes, la mayoría de ellos de los sectores medios del país, y en base a ello se pretende invalidar la protesta, o "despopularizarla", por no venir  principalmente de los sectores más pobres.

Yo me pregunto, ¿por qué habría de ser ilegítimo el descontento de la clase media? Algunos "revolucionarios" osan argumentar que es porque finalmente se está construyendo una "sociedad más justa", donde "los ricos" están perdiendo sus antiguos privilegios en pro del crecimiento social del más pobre. Nada más falso. En primer lugar, la clase media no son los ricos. De hecho los ricos no sufren en medio de todo esto, o son los que menos. Una persona realmente pudiente, ahorra en divisa, se va del país, se expande invirtiendo su dinero fuera, tiene para gastar en su seguridad, etc.

Esa NO es la clase media. La clase media venezolana está conformada principalmente por profesionales y pequeños empresarios. Muchos de esos profesionales, son empleados, y muchos del sector público. El nivel de vida de la clase media ha decaído muchísimo en el gobierno chavista, pero no porque ese dinero se esté yendo a las clases populares. El nivel de vida de éstas también ha decaído.

Podrán hablarme de misiones, de servicios públicos (que son una mierda), de educación pública (que es de bajísimo nivel, y no la inventó Chávez), de salud pública (que tampoco la inventó Chávez, y que no funciona nada bien debido a la falta de insumos), el nivel de vida de las clases populares ha decaído. No solo por el poder adquisitivo mermado por la inflación y la depreciación de los sueldos, también por la escasez y la inseguridad, que en las zonas populares es PEOR que en las zonas de clase media.

¿Acaso entonces la clase media tolera menos que las clases populares, puesto que esta última también ha sufrido considerablemente en estos años? A lo mejor. Pero creo que la falta de protesta en estas zonas obedece principalmente a otros factores. Los que puedo mencionar son: la terrible inseguridad que los aqueja en su zona de residencia, el hecho de que viven más "al día" y por lo tanto no pueden dejar de trabajar para protestar, el hecho de que muchos son beneficiarios de las misiones y no se atreverían a protestar contra el régimen, el hecho de que muchos de ellos aún ve una esperanza en el gobierno chavista.

Pero si la esperanza es salir de la pobreza, ¿acaso no sería la meta llegar a tener un nivel de vida de clase media?  Aparentemente, y según los dice el señor ministro de educación, el gobierno no quiere eso. Cómo quererlo, si existe el peligro de que se conviertan en opositores al régimen. Juran que la clase social es lo que hace al pensamiento. Creo que la clase social influye en el modo de pensar (y sobre todo, en el ataque entre ellas) en la medida en que una sociedad es desigual. En la medida en que las malas políticas del Estado no garanticen el igual acceso a los recursos y la educación para todos. Pero igual para todos en cuanto a crisis se refiere. Además, que muchas de las dádivas gobierneras, principalmente dirigidas a sectores populares, vienen acompañadas de una propaganda sórdida. Y sin embargo, señores del gobierno, el pensamiento y la crítica son libres y nada tienen que ver con la clase, y la realidad es aplastante frente a cualquier ideología, o falsa "conciencia de clase".

Por otro lado, la clase media también ha sufrido embates muy duros, sobre todo para la nuevas generaciones. Los mismos problemas (inflación, depreciación de salarios, malos servicios públicos, muerte del aparato industrial y productivo nacional, inseguridad, falta de divisas, imposibilidad de adquirir bienes inmuebles...), hacen que los jóvenes vean su futuro negro, y somos muchísimos los que arribando a la tercera década de vida, no hemos podido independizarnos, mientras otros deciden simplemente aventurarse más allá de nuestras fronteras, significando esto una pérdida humana y productiva importante para Venezuela.

La lucha que están llevando adelante los estudiantes venezolanos, es una lucha que habla por todos. Y si hay muchos de clase media, eso no los deslegitima como ciudadanos. También es un error pensar que todos los que protestan son de clase media. Una de las principales fuentes que ha alimentado de gente este movimiento son nuestras universidades públicas (que la mayoría no las inventó Chávez), y en las universidades públicas convergen todas las clases sociales. En nuestras universidades públicas hay mucha gente de las clases bajas estudiando y fajándose por crecer y con ello sumar crecimiento al país. Nuestra universidad pública autónoma, que tanto ha sufrido con los recortes de estos últimos 15 años. Así mismo, mucha gente de las zonas populares, sale de su área de residencia para protestar.

Así que no se confundan. Ni la protesta es menos por estar presente la clase media, ni es totalmente de la clase media.

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sábado, 8 de febrero de 2014

Cuando el problema se convierte en xenofobia


Cosas muy feas y sinceramente vergonzosas están pasando en Venezuela. Nuestra crisis nos lleva cada día a lugares insospechados, como dicen por ahí, el fondo no existe. Nuestros problemas económicos y políticos últimamente han tomado un tinte que no dice lo mejor de nosotros. Ciertas relaciones con algunos grupos humanos se están llenando de odio, y aunque ciertamente hay a quienes señalar, los prejuicios se están apoderando del discurso cotidiano de la gente.

Y no cualquier prejuicio, se trata de un desprecio constante y muchas veces irracional contra ciertos grupos, empujándonos a la línea de la xenofobia.

Por un lado está el ya antiguo e irresuelto problema del contrabando de alimentos. En este negocio en el estado Zulia están involucrados a diferentes niveles, sujetos de la etnia Wayuu. Esta etnia es por tradición comerciante, y han sabido adaptarse a la sociedad mestiza gracias a ello. La oportunidad de negocio frente a productos regulados, y viviendo ellos en la frontera, es obvia. Obviamente también es ilegal y perjudica tanto a la economía venezolana como a la colombiana.

No estoy diciendo que los wayuunaiki o algunos de su grupo sean los culpables, causantes o responsables por lo que está pasando, ni mucho menos los únicos involucrados en el negocio. Para que dicho negocio pueda darse se necesitan complicidades con autoridades, tanto internamente como en la frontera. Muchos de ellos apenas son la base de la cadena, por estar dispuestos a pasar todo el día buscando productos regulados y haciendo las colas correspondientes. Pero en su lugar,  probablemente sean de los que menos reciben beneficios económicos por ello. Aún está el transporte, las mafias que controlan el paso, autoridades implicadas, etc. También está la política irresponsable del gobierno, por regalar productos, quebrar nuestras empresas y generar con ello el negocio y la escasez resultantes.

Sin embargo los visibles son aquellos que están en las colas de sol a sol, de bus en bus, con pequeñas bolsas, cumpliendo con los "mayoristas del contrabando", y la gente comienza a descalificar al Wayuu solo por serlo, y a responsabilizarlo solo a él.

Tenemos por otro lado nuestra muy devaluada moneda. Quien tiene bolívares parece que tiene cada día menos, y quien pasa por aquí con dólares, cada día puede hacer más y tener más poder (adquisitivo y de otras clases). La gente de nuestro país vecino se ha percatado de ello. Pero comprar en Venezuela no es barato porque seamos una superpotencia en producción industrial, sino porque somos un país pobre: así de simple y duro es.

Nuestros vecinos vienen a comprar aquí porque les sale demasiado barato. Pero no es que compren (como solían hacer los venezolanos en Maicao), es que ha habido gestos muy grotescos que rayan en la impertinencia. Hay gente que no sólo viene a comprar algo de lujo por aprovechar lo barato. Se han metido de lleno en los supermercados a comprar productos de la cesta básica, que de por sí, están escasos para los venezolanos. A veces no se llevan la comprita, sino que se llevan cajas de un producto.

Pero si a cuentas vamos, y si ellos entran y salen legalmente por la frontera y pagan los impuestos correspondientes, no están cometiendo un crimen como tal. Pero ya la gente no puede evitar mirar mal a cualquiera que le hable con acento colombiano. El desprecio por ellos y por lo que hacen (desprecio algo justificado) se ha convertido en la norma. Todos comentan sobre los colombianos que andaban en el super, en el Sambil, o sobre la cantidad de carros colombianos que hay en nuestras calles.

Caso ya de larga data es el de los cubanos. La simpatía y los negocios poco favorecedores para nosotros que ha hecho el gobierno chavista con Cuba, han despertado el desprecio de mucha gente para con el cubano. A ello se suma el problema de que se han traído miles de cubanos a Venezuela a ocupar plazas de trabajo, que no sobran precisamente en nuestro país.

En estos días fue famoso el caso de la gente abucheando al equipo cubano en la apertura de la Serie del Caribe, y según me entero, hasta se llegó a formar una protesta frente al hotel donde se hospedaban los jugadores (que nada tienen que ver con la política exterior del difunto Chávez y de sus herederos).

También vi un caso de primera mano. Hay una pequeña plaza en el norte de  Maracaibo llamada José Martí, en homenaje del escritor cubano (que vivió mucho antes de la Revolución de Fidel, cabe destacar). Allí se hace un acto todos los 28 de enero que resulta ser el natalicio del personaje. Este año de hizo como de costumbre, y se dejaron unos arreglos florales en la plaza. Alguien de la zona, por exteriorizar su odio a los cubanos, prendió fuego a las flores.

¿No son muchos de estos actos estúpidos, o peor, inútiles? ¿Acaso no vemos que los responsables de este desastre, de esta crisis son nuestros terribles administradores, esos que día a día se llenan la boca hablando de justicia, patriotismo, unidad latinoamericana, y como ven, no hacen sino dividirnos? ¿Odiarnos y señalarnos entre nosotros acaso servirá de algo?

Quien comete un crimen o una injusticia lo hace y punto, sin tener nada que ver con su raza o nacionalidad. Quienes tengan que pagar por ello, que paguen, sin ser juzgados con sesgos bajos de esta clase. Que ya de sesgos estamos hartos.

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jueves, 30 de enero de 2014

La ineficiencia en atención al cliente en Venezuela

Últimamente hay una escena que se repite mucho en mi vida. Uno llega a comprar cualquier cosa en un supermercado, panadería, charcutería o incluso farmacia (sobre todo en franquicias que venden algo más que medicamentos), y las colas de gente son horribles, puedes tardar hasta media hora esperando para que te atiendan y otra media hora más para pagar, sin que sea necesariamente hora pico.

Uno no sabe qué pensar. ¿Será acaso una ineficiencia general en los que atienden las cajas registradoras? ¿No hay suficientes? ¿Hay demasiados clientes o la gente está comprando más que antes?

La última opción parece ser improbable. Cada vez que uno va a comprar cualquier cosa al supermercado o panadería, se sorprende de nuevo por el monto que tiene que pagar por cada vez menos cosas. A lo mejor, la imposibilidad de comprar muchas cosas de una vez hace que la gente vaya con más frecuencia a comprar unos pocos víveres, pero no creo que eso impacte tanto.

Escuchando diversas opiniones, y según mi experiencia personal, considero que hay varios factores que han hecho decaer la atención al cliente en muchos de estos negocios. Podrán decir que "como buena opositora, le voy a echar de nuevo toda la culpa al gobierno", pero espere, considere los siguientes factores:

Foto: Panorama

La búsqueda constante de productos regulados. Es normal que se vean colas larguísimas frente a cualquier supermercado, o gentíos en las panaderías. ¿La razón? Llegó la leche, la harina de maíz, el papel, o cualquiera de los desaparecidos productos regulados. Por un lado están los que buscan aprovechar los bajos precios y revender (bachaqueros), y por otro quienes no los consiguen, los necesitan y se calan la cola.

Muchas veces, si uno no va a comprar ningún producto regulado, puede omitir esa cola, pero al entrar al supermercado, resulta que hay varias cajas destinadas solo al pago de los mismos. A veces ni siquiera eso, y el gentío se aglomera en todas las cajas, formándose colas interminables en los pasillos de los supermercados.

La inseguridad jurídica y algunos puntos de la Ley del Trabajo. La empresa privada cada vez se las ve más negras en Venezuela. Por un lado, la escasez, la falta de divisas, las regulaciones, hacen que sean menos rentables, y por lo tanto, no les convenga contratar muchos empleados. 

Por otro lado, algunas políticas con respecto al empleo, como la obligación de dos días seguidos de descanso, la inamovilidad, el cálculo de liquidaciones, hacen que las empresas (sobre todo las pequeñas) no quieran (o no puedan) contratar el suficiente personal para atender eficientemente a toda la clientela. Como consecuencia, no hay suficientes cajeros, o panaderos, o charcuteros para atender la alta demanda sobre todo en horas pico.

El ineficiente sistema de facturación. Va a cancelar una pendejada, digamos, un chicle. Pasa por la caja, en el mejor de los casos, da la cédula y si está registrado en el sistema, no debe dar más datos. Lo más frecuente es que tenga que dar: cédula, nombre completo, dirección, teléfono... para que le den su factura por un chicle.

Los modos de pago. Ya nadie quiere tener efectivo en la mano en Venezuela (incluyéndome), no vaya a ser que lo roben a uno por ahí. Todo el mundo quiere pagar con la tarjeta de débito o crédito, y esto requiere más tiempo. 

También está el pago con Cestaticket (o cupones de alimentación, en Venezuela todo empleado debe cobrar una parte de sus ingresos de esa forma), en el mejor de los casos con tarjeta, en el peor, con el maldito talonario de cupones: hay que dividir el total, decirle al cliente cuántos debe arrancar, contarlos, y luego pagar la diferencia (porque nunca es exacto con los cupones).

Los sistemas internos de las empresas. Ya esto no es culpa de la situación del país, ni nada, sino de cada empresa en particular. En muchas de ellas tienes que hacer una cola (cola real o "por numerito") para que te atiendan, y luego otra cola para pagar. Una pérdida total de tiempo. Y por lo general, cuando es así, tienen que repartir al personal para las dos tareas, total que nunca dan abasto los pobres. A veces las mismas personas están haciendo ambas cosas, por lo que su eficiencia por supuesto disminuye.

Puedo dedicarle aquí un apartado especial a los bancos. Nunca hay suficientes cajeros, los numeritos parecen ser peores a veces que las colas, y nunca falta el vivo que pasó aparentemente porque es amigo del cajero. ¿Cómo es posible que uno pueda tardar hasta tres horas en un banco para hacer una simple operación de depósito o retiro (ni hablar de cuando vas a pedir un crédito)?

Concluyendo, en nuestro país no solo la atención en el sector público ha decaído, también en el sector privado. Creo que la situación económica y social en general afecta, por las cosas que mencioné, por el estrés y ansiedad constantes del ciudadano y también por el poco amor al trabajo, generalmente mal remunerado, que tenemos.

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viernes, 10 de enero de 2014

Compartir con el barrio

Soy una "niña de clase media". Guárdese adjetivos denigrantes, que si hay algo que ha sido depreciado y devaluado en estos últimos 15 años, es la clase media venezolana. Muchos de los trabajos asociados a las artes tienen un enfoque social. En ese meollo he andado desde hace años. Y he trabajado con gente de todos los estratos sociales.

En primer lugar, mientras estuve activa en la movida coral, se hacían numerosos conciertos comunitarios. Muchos de ellos en escuelas y en iglesias (nuestros segundos teatros). Era agradable compartir con la gente y llevar un repertorio que difícilmente podían conocer de otro modo.

Cuando aún estudiaba mi primera licenciatura, me ofrecieron un trabajo, parte de un proyecto de la difunta Orquesta Sinfónica del Zulia, en el que se hacían coros infantiles en las comunidades de menos recursos.

Me asignaron un coro en la zona oeste. Iba dos veces a la semana, en bus, con mi cuatro en la mano. Por esos días los índices de criminalidad no andaban como hoy. Tenía un coro pequeño y ensayábamos en la parte de atrás de una iglesia que me parecía estaba abandonada. 

Yo no tenía mayor cuidado. No me metía con nadie, socializaba con algunos de los representantes que vivían por allí cerca, y trataba bien a los niños. Montamos algunas canciones venezolanas al unísono, pero como yo vivía muy lejos no duré mucho en eso. Era más el tiempo que tardaba trasladándome que el que ensayaba. Planteé que me dieran un coro en algún barrio cercano, pero nada. Cada vez que iba, mi madre me decía que la dejaba muy preocupada por lo que pudiera pasarme.

Un poco después trabajé en una escuela en San Rafael del Moján. Daba clases de piano, en un instrumento bastante destartalado una vez por semana. Había un chico que vivía por esas zonas rurales y tenía una familia un poco disfuncional. Vestía ropa vieja y tenía unas manos muy usadas para su edad. Recuerdo que no sabía nada de música, pero se sentaba al piano e improvisaba cualquier cosa. Disparates, pero fluidos, qué no podría hacer con un conocimiento de la armonía. Lamentablemente él no era muy constante.

También hubo una muchacha, la más constante, muy talentosa. Montó un par de estudios y un vals venezolano. Más tarde me la encontré en la universidad ¡estudiando música! Entonces se siente que el trabajo de uno sí tiene trascendencia. La escuela se disolvió por problemas políticos y no fui más hasta allá.

Luego vino el trabajo con el Sistema, que todavía ejerzo. Son muchas las zonas populares que he visitado. Los niños son increíbles, e igual de inteligentes y activos sin importar su estrato social. Y lo quieren a uno como maestro, incluso los que veo con menos frecuencia.

Es satisfactorio poder enseñar algo valioso a estos niños, algo que les servirá, recordarán y probablemente atesorarán por el resto de sus vidas. Muchos de ellos se mueven en medio de peligros, de malas influencias y delincuentes, pero ahí están, haciendo música. Y lo mejor es que entre ellos no hay resentimientos de clase, ese "tú eres rico y yo pobre" o viceversa.

Hace unos días me invitó un amigo a tocar con su coro, en una barriada por Milagro Norte. Barriada de paredes de lata y caminos de arena. Cuando le conté a mis padres, prácticamente me regañaron. Pero, si las condiciones están dadas, ¿por qué no hacerlo? ¿Por qué negarles un pedacito de esa calidad de vida que da el arte?

Negarse a visitar los barrios es un retroceso en nuestra cultura. La inseguridad ha aumentado considerablemente, y es la gente que vive en esos lugares la que más sufre. Y sufren porque hay muchísima gente honesta que sólo le alcanza para vivir allí.

Creo que el gobierno de los últimos quince años ha contribuido a aumentar los resentimientos entre las clases. La envidia del pobre, la paranoia de la clase media y del rico. La agresión se manifiesta físicamente en muros, cercos eléctricos, y no estoy pretendiendo decir que dicha agresión sea unilateral, esas cosas se colocan porque efectivamente hay robos, atracos a mano armada, etc.

Cuando hago música, las barreras desaparecen y a lo mejor, aquel que pudiera generarme la mayor desconfianza en la calle, resulta que está ahí, y estamos compartiendo. Dejar de compartir con el barrio, sería dar razón de que las clases no pueden convivir y perpetuar la relación agresiva que predomina hoy en nuestro país. El arte también es un arma de integración.

Concierto en el Barrio La Chamarreta. Hace unos meses
con el Coro Infantil Rafael Urdaneta
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jueves, 9 de enero de 2014

No lo llame "falta de valores", llámelo impunidad

El tema de la inseguridad ha salido a flote de nuevo a través de nuestras redes y medios. Aunque es un mal que nos afecta día tras día, siempre algún caso conmociona a la opinión pública, y por lo tanto, la gente habla más. En ese hablar más se exponen cualquier clase de argumentos y dentro de la indignación y la sed de justicia, algunos comentarios resultan fuera de lugar, y nos sorprenden algunos radicales por allí que hasta se ponen a defender "pena de muerte" y demás.

Un mensaje muy repetido es que la delincuencia es culpa de todos, que todos nosotros, a través de nuestro comportamiento poco cívico, somos en cierta medida delincuentes, y que con ello tenemos el caldo de cultivo de bandas delictivas, ladrones, secuestradores y asesinos.

Esto no es del todo falso, cierto es que atendemos a una falta de civismo, más allá de una falta de valores a secas. La crisis en nuestro país es muy profunda, y hay aspectos fundamentales, como la deficiencia de la calidad de la educación y la crisis económica, que afectan directamente ese comportamiento del ciudadano venezolano. La educación y la economía son responsabilidades del Estado, así como la seguridad.

Hay crímenes dentro del ámbito económico, mucho se habla de la "guerra económica" para acá y para allá, pero en primer lugar existe un sistema que propicia los comportamientos ilícitos, al propiciar (a través de innumerables regulaciones y limitaciones) la existencia por todos lados de mercados negros. En los mercados negros no sólo no se respetan las regulaciones. Tampoco se respetan los impuestos, y a veces la propiedad y la vida.

Pero, ¿quién vela por que esto no suceda? Se habla por todos lados de los raspacupos, de los contrabandistas de alimentos, del mercado negro de divisas, pero ¿alguien ha caído preso o ha sido severamente multado por estas acciones?

Hablan por ahí que el mero gesto de lanzar un papelito por la ventana, de estacionar el carro donde no se debe, de tragarse la luz roja, dice mucho de nosotros como ciudadanos y nos hace cómplices de la delincuencia hasta cierto punto, lo cual tampoco es falso, pero ¿acaso usted ve a los fiscales de tránsito en la calle multando a la gente? En Maracaibo, por ejemplo, es normal que los mismos policías cometan infracciones de tránsito al circular, y de vez en cuando, si se les antoja, o si se les atravesaron muy mal, paran a algún ciudadano que se trague la roja o "invente el cruce".

A pesar de los muchos controles, ¿alguien ha parado el contrabando de alimentos y gasolina por la frontera? ¿Dónde están los cuerpos policiales y militares? ¿Han hecho algo al respecto? Nada. El problema no es que la gente haga, es que nadie la castiga por ello.

Eso del comportamiento cívico "persé" no es un mito, pero requiere al mismo tiempo educación y represión de las ilegalidades. Vaya usted al centro. ¿Quién le dice a los buhoneros que la acera o el canal alterno no son lugares para su tarantín? ¿Quién le dice que está ocultando el frente de cientos de negocios que tienen su local legal y pagan impuestos? ¿Quién lo hace? Nadie.

En Venezuela la impunidad es de todos. Tenemos unas cárceles abarrotadas, y sin embargo, en la calle la gente hace lo que le da la gana. Las mismas cárceles carecen de programas de rehabilitación, y son focos del crimen desde donde funcionan bandas que operan por toda la ciudad, donde hay armas, drogas que pasan por allí, entran y salen, ante la obvia complicidad de las autoridades, no hay otra explicación.

Ni hablar de los asesinatos, sean por hampa, por venganza, etc. La gente anda armada en las calles como si nada, y dispara alegremente sin que las autoridades hagan gran cosa por investigar y atrapar a los criminales.  La gente mata porque sabe que lo más probable es que no sea castigada. Es sorprendente cómo en el caso Spears aparentemente ya tienen a los culpables, y con el resto de los 20 mil y pico de asesinados no se hace justicia.

Sin duda la solución no sería meter preso a todo el mundo. Para empezar ¿dónde meteríamos a tanta gente? Pero tiene que haber campañas, multas para que la gente empiece a comportarse. No solamente presencia de los cuerpos policiales. Las autoridades tienen que hacer ver los abusos, y mínimo llamar la atención de quien lo está cometiendo. Hacer quitar al que está en el puesto de minusválidos, perseguir al que tiró el papelito por la ventana, y así. Porque mientras podamos hacer las cosas mal, y nadie nos reprenda por ello, las seguiremos haciendo.

Y para reafirmar un poco la idea, me tomo el atrevimiento de citar a mi amigo Jesús Guevara:
No hay justicia sin castigo. No hay castigo si no hay ley. No hay ley si no se aplica. Y sí, sonará de perogrullo, pero es eso.
Los valores y la cultura del asesinato (y buena parte de la cultura premoderna típica venezolana) son los síntomas; no la causa. La causa auténtica de la inseguridad no es "la gente" (en todos lados cualquiera puede matar hasta con tenedores), es que a la gente no se le castiga. Y el que castiga los delitos en nombre de la sociedad es el Estado. Punto.
No hay prisiones, solo sucursales del infierno. No hay policías ya que estos no sirven (los corruptos andan matraqueando, haciendo de alcabalas, o hay muy pocos), los fiscales andan atiborrados de trabajo, los jueces están politizados y propensos a la corrupción.

Y sí. Las prisiones son necesarias; el castigo es necesario; la reeducación para la civilización es necesaria. Y la vida más o menos pacífica de los países que se toman el orden y la paz en serio lo certifica. Venezuela obviamente no está en ese grupo...
Fuente

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miércoles, 8 de enero de 2014

¿Y por qué tengo que dejarme robar?


Hace más o menos cinco años, luego de una exhibición de kungfu en un evento de computadoras, me fui con un par de compañeros a cenar algo. Tenía carro prestado. Decidimos comer en una venta de pollo en brasas. Comimos tranquilos, todo muy bueno. Yo había estacionado en una calle un poco sola (como la mayoría de los locales en Maracaibo, no dispone de estacionamiento), en una "Y" en paralelo a la acera, y había un carro estacionado delante del mío.

Cuando salimos, miramos para todos lados, costumbre de nuestros días, y nos montamos en el carro para irnos a nuestras casas. Cuando me monté, noté que dos hombres caminaban del local hacia el carro, pero al principio asumí que se montarían en el vehículo que estaba delante. Nada, pasaron de largo, hacia el nuestro. Uno "kilúo" de sombrero y con un koala atravesado en la parte frontal del tronco se pegó en mi puerta y el otro, un flaco de chemise, se pegó en la puerta de atrás. Yo tenía la sana costumbre de cerrar los seguros apenas me montaba y aunque forcejeaban no pudieron abrir las puertas.

Yo estaba confundida (sería cuestión de segundos), cuando mi compañero en el puesto del copitoto gritó "¡Arranca, arranca!", y eso hice. Salí sin retroceder (considerando que había un carro ahí enfrente), virando rápidamente, salí al semáforo y haciendo caso omiso de la luz roja me metí en el tráfico de la avenida. Zigzagueé por toda la avenida, en medio de una extraña paranoia de que nos seguían, y apenas pude crucé. Apenas caí en cuenta de que no había quitado el freno de mano.

Cuando finalmente estaba circulando por allí, ya convencida de que no había nadie persiguiéndonos, empecé a temblar descontroladamente. Los muchachos me ofrecían parar para calmarnos, pero la paranoia no me lo permitió. Los dejé a ambos en sus casas, en una barriada algo peligrosa, y me fui a la mía. Aún estaba mirando a la calle como loca con la idea de que me buscarían.

Comenté lo sucedido en mi casa, y todos reprocharon mi reacción. "Estás loca. Así han matado a muchos. Van a quitarles el carro, ellos se van y les disparan por la espalda. Ese carro no es blindado. Pudieron haberlos matado". En fin, más alimento para mi paranoia. Mi compañero aseguraba haber visto un arma. Yo para ser sincera nunca la vi. A lo mejor no tenían, a lo mejor no estaban cargadas, a lo mejor no se molestaron en disparar... Digamos que corrí con suerte.

Un año y medio antes de ello, atracaron a mi padre para quitarle el carro. Eran varios, él no puso resistencia, y sin razón aparente, le dispararon a quemarropa de tal forma que pudieron haberle matado. Sobrevivió. A lo mejor el ladrón mal entendió un gesto, a lo mejor solamente lo quiso matar con saña, a lo mejor se le escapó el tiro...

Lo cierto es que no hay garantía al momento de deducir por qué un atracador te dispara o te asesina. En ese momento uno puede reaccionar de cualquier forma, y uno mismo no lo sabe.

Triste es que cuando matan a alguien en un hecho delictivo, la primera razón sea que "probablemente opuso resistencia". ¿Y acaso ahora tenemos que ser entes pasivos y dejar que nos quiten nuestras pertenencias? ¿Acaso nuestras pertenencias no son cada día más difíciles de conseguir en esta economía desgraciada? ¿Por qué tiene que venir un extraño a someterme y obligarme a que le entregue mi trabajo, mi duro trabajo?

Ya sé que es una regla básica de seguridad. Uno debe dejarse robar y ya. Pero no es tan sencillo. No se puede evitar sentir el orgullo en lo más profundo del pecho, sentir la impotencia de que te robarán, nadie averiguará nada, nadie te devolverá nada. Y claro, de todas nuestras pertenencias supongo que la vida es la que vale más. Pero ¿hasta cuándo, carajo, hasta cuándo?

En contraste con las vidas arrebatadas, no nos ha quedado más remedio que minimizar el crimen del robo, admitirlo como algo pequeño en comparación a que te asesinen y ceder ante el terrorismo del hampa diciendo, "bueno, mejor que se lleven mis cosas a que me maten". Lo peor no es eso, lo peor es que las autoridades digan públicamente que asesinaron a alguien "presuntamente porque se resistió", culpando indirectamente a la víctima, y dando el mensaje de que mejor nos conformemos con el robo si es que queremos proteger nuestras vidas, dejando de lado completamente nuestro derecho a la propiedad.

Derecho a la vida, derecho a la propiedad. Obviamente el primero vale más. Pero ambos son derechos fundamentales.

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