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jueves, 26 de diciembre de 2013

Comentando "Sacbeob", de Luca Belcastro

Mi interés por la composición me ha acercado a mucha gente. Igualmente mis reflexiones por acá, y por las redes sociales. Conocí hace un tiempo ya a una pareja, un par de amigos, que a pesar de estar en el mismo mundo que yo y en la misma ciudad, nos encontramos virtualmente. Ellos son Silvano Pagliuca y Cateri Muro, ambos apreciados jóvenes músicos, muy entusiastas.

Ellos conocieron hace ya más de un año al maestro Luca Belcastro, en un paso rápido que diera por Maracaibo, y por la Universidad Cecilio Acosta. Vino a hablar sobre su interesante proyecto Germina.Cciones, una especie de espacio para el encuentro de noveles compositores latinoamericanos que quieran compartir, componer en conjunto y ejecutar las obras de sus compañeros. Esto a un modo resumido. Pueden visitar la página web.

Lo cierto es que mis amigos me convidaron a pertenecer a esta agrupación en Maracaibo, para llevar a cabo proyectos compositivos y ejecutar obras de otros. Accedí. Después de muchas dificultades, logramos organizar algunos conversatorios con compositores locales, y traer al maestro Belcastro a la ciudad de nuevo. Arribó el 4 de noviembre, hace ya casi dos meses, y nos acompañó poco menos de una semana. No pude participar enteramente del taller, y no tenía ideas muy claras en la mente, pero fue una grata experiencia y hubo interesantes conversaciones, y el maestro trajo consigo sus libros, los cuales adquirí con gusto.

En general cualquier reflexión en torno al acto creativo me interesa. Y vengo a hablar de un libro que acabo de terminar, titulado Sacbeob. Es un libro en el que nos narra algunos de sus viajes a través de Latinoamérica. Él, un europeo un poco cansado de sus tierras y estilo de vida allá, y fascinado por la música latinoamericana, decidió emprender el viaje hacia acá, comenzar el proyecto, y así entrar en contacto con gente nueva, y realidades nuevas.

Latinoamérica es sin duda un continente de contrastes, del que poco puedo hablar. He conocido sólo dos países (el mío y Chile), y un aeropuerto (porque de ahí no salí en Ciudad de Panamá). Sin embargo, los latinoamericanos, en la nueva realidad de redes, nos entendemos. Y tenemos hasta cierto punto una identidad que por encima nos parece continental. Con sus heterogeneidades, por la vastedad del territorio.

Al leer el libro, considero al maestro Belcastro un enamorado de nuestro continente, a veces con ciertas idealizaciones. No pretendo criticarle ni quitarle relevancia a sus intenciones y su proyecto. Además todos podemos tener una fascinación y sembrarla, eso, sembrar en ella o a partir de ella, es lo más importante. A veces se cuela un poco de excesivo elogio al tradicionalismo, y ciertas descripciones encantadoras de un sistema para mí jamás justificable, como es Cuba. Pero creo que más que querer justificar lo injustificable, hay una pretensión de ver siempre la otra cara de las cosas. A veces opinamos sobre lugares que no conocemos un poco a la ligera, en realidad.

Más allá de los desacuerdos, merece la pena transcribir algunos fragmentos, y recomendar a todos aquellos interesados en la música, en nuestro continente, y en algún contraste con el mundo europeo (que él sí conoce de sobra), leer este texto. Hay muchas más ideas muy interesantes, pero siento que debo copiar demasiado para que estén completas.
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"Quizás esta sea la tarea de un artista, de un creador. Bajar del auto, ver las cosas de manera distinta, desde otro punto de vista y, siguiendo sus necesidades, encontrar los medios y las palabras precisas para manifestar y comunicar sus emociones, hasta que otras personas puedan vivirlas y compartirlas".

"Todo pasa a través de la capacidad de hacerse responsable, de luchar contra las propias justificaciones".

"El proceso creativo es fruto del deseo de dos sujetos o funciones: el emisor, que proyecta, y el receptor, los cuales en casos especiales pueden coincidir en la misma persona. Por ejemplo, un ser humano que vive en completa soledad parece ser el receptor de sí mismo. Sin este doble deseo se pierde la necesidad de la creación."*

*Belcastro, Luca. Sacbeob. Editorial Moretti & Vitali. Bergamo, 2010.

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jueves, 25 de abril de 2013

Mis amigos cubanos

Más separa una montaña que un mar, dicen. Más separa una selva que un mar, por extensión. El mar se navega, es más fácil. Los venezolanos, como gentilicio, en nuestra personalidad y cultura, somos más parecidos a los gentilicios de los países del Mar Caribe, que a los compañeros de América del Sur. Bueno, a lo mejor con los colombianos podemos tener bastantes cosas en común. Pero ellos están ahí al ladito, sin que haya más separación que una línea arbitraria.

En mi vida hay varios cubanos. Los cubanos son grandes músicos, son increíbles. Ninguno de los que interactúa conmigo llegó después de 1998. Llegaron antes. Cuba es esa isla condenada políticamente, de la cual la mayoría de nosotros sólo oye cuentos. Qué bueno es tener cuentos de primera mano. De esa gente que nació allá, que creció allá, que se formó allá, y personas que incluso afirman que en su momento no querían irse, más por una cuestión de apego al terruño. Yo soy así, no me gusta para nada la situación de Venezuela, pero no me quiero ir.

Debido al gobierno en transcurso, muchos cubanos han llegado a nuestro suelo, y se les ha dado trabajo. Trabajo en la mayoría de los casos subpagado, pero trabajo. Puestos que pudieran ser ocupados por venezolanos calificados para ello, en un país en el cual hay muchos jóvenes desempleados, y donde el empleo paga mal. Esto ha generado una aversión hacia el gentilicio cubano por parte de mucha gente. A veces, cuando hablo de algún cubano, y más con un sentido afectuoso, me he ganado miradas raras.

El sentir de la gente hacia ese pueblo va desde una lástima por el estado en que viven, pasando por una admiración extrema por aquellos que lograron escapar, hasta la actitud de muchos venezolanos que los sienten como invasores. Siento que al cubano se lo juzga tanto como si defiende a su gobierno, como si lo rechaza y está en otro país. Supongo que muchos venezolanos estamos cayendo en ese extraño espectro, cuando nos ven en otros países, a los que han migrado unos cuantos ya.

Juzgar a alguien como "otro" siempre trae esas extrañezas. No hay forma de que exista un trato natural. Mientras tanto, personas cubanas hacen una obra increíble en mi ciudad, más que muchos venezolanos, y sin la ayuda de ninguna de esas revoluciones de mentira. A ellos debemos mucho. A ellos les debo mucho. Y espero reciban la suficiente gratitud.

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jueves, 21 de febrero de 2013

En Venezuela estamos jugando con nuestra comida

La economía venezolana es una cosa de locos. Y eso desde hace varias décadas ya. Pero el gobierno de Hugo Chávez no ha marcado la diferencia, aunque así pretendan hacernos ver. Aunque frenó la inflación exorbitante que hubo en los gobiernos de CAP y Caldera, seguimos teniendo una cifra inflacionaria (entre 20 y 30% anual) que sorprendería a cualquier país medianamente estable del mundo.

Con lo poco que puedo saber de economía, puedo decir que el control cambiario, que en un principio parece habernos salvado de la quiebra, es hoy uno de los factores que más afectan a nuestra moneda. A pesar del supuesto control, y a pesar de tener el barril de petróleo más caro de la historia, el Bolívar se ha devaluado 869% desde que Hugo asumió el poder por primera vez en 1999 (fuente).

Somos una economía dependiente del petróleo, y no producimos casi nada de lo que necesitamos consumir, por lo que importamos demasiado, es decir, somos demasiado dependientes del comercio en divisas, y gracias al control de cambio, las divisas son sumamente difíciles de conseguir. Esto ha generado un mercado negro de las mismas, además altamente especulativo. No digan que no, ya va por Bs. 25 por dólar, lo que equivale casi el 400% del precio oficial.

Los comerciantes han tomado como referencia para sus precios el dólar negro en lugar del dólar oficial, aunque muchas veces consigan dólares al segundo precio, obteniendo ganancias altísimas por producto. Muchas veces se excusan en el costo de la operatividad, el costo de que sea tan difícil y lento el proceso de conseguir divisas legalmente, y hasta cierto punto, tienen razón. Pero el gran negocio sucio que reina en la economía venezolana, es el comercio directo con las divisas en efectivo. Quienes tienen dólares, muchas veces conseguidos a precio oficial, o ganados directamente en el exterior, los venden al precio del mercado negro, generando un círculo inflacionario, que no hace más que seguir matando nuestra moneda.

Aparte de este juego de las monedas, del irrespeto total de este gobierno hacia la empresa privada, y del hecho de que no producimos lo suficiente para alimentarnos, está la regulación de precios de los productos de cesta básica, con la cual se ha producido exactamente el mismo efecto, sólo que ahora, jugamos con nuestra comida.

Con la historia de la especulación en los precios de los alimentos (que no dudo que existiera, pero dónde rayos quedaron los organismos de defensa del consumidor, el P.V.P, etc.), el gobierno es quien decide los precios de ciertos productos de la cesta básica. Por un lado, las empresas están ahogadas, pues entre la inflación y la falta de divisas, no obtienen ganacias suficientes para mantenerse, lo cual genera escasez; y por otro lado, mucha gente de nuestro querido pueblo aprovecha los precios irrisorios y la misma escasez para comprar productos "al mayor" en el supermercado, y revenderlos a precios altísimos (unas cinco veces el precio regulado) en el mercado informal, o en Colombia, donde pueden obtener dólares. Todo esto, genera más escasez.

Consecuencia: los productos de la cesta básica no se consiguen en los anaqueles, mientras en el centro los venden a precios elevadísimos, y cuando se da una alarma de que en algún lugar hay tal producto (leche, harina, arroz, pollo...) se corre la voz rápidamente, y se hacen colas insufribles para entrar al supermercado, en las cuales, la mitad de la gente va a comprar con que comer, y la otra mitad va a comprar para revender. Esto ocasionó que se regulara la cantidad de productos que se pueden comprar por persona, pero eso no detiene a los buhoneros y contrabandistas, quienes se llevan a la familia entera, y de 2 en 2, sacan 50 unidades del producto.

Cola en supermercado en la avenida La Limpia. Foto: Panorama.
No contentos con que estemos siendo víctimas de un racionamiento alimentario indirecto e ilegal, nos calamos las colas en los supermercados bien callados, y muchas veces, hay que hacer una cola para un producto, otra cola para otro, y otra cola para pagar. Igualmente, tenemos que andar de supermercado en supermercado buscando completar nuestra compra de la semana.

En Maracaibo particularmente, la mayoría de los contrabandistas son de la etnia wayuu. No es una cuestión de racismo, es la realidad. Muchos de esos wayuu son víctimas de los contrabandistas mayores, y forman parte de todo este proceso, por apenas dos lochas y un poco de comida. Muchos no están metidos en el juego, pero igualmente se calan las colas para dar de comer a su familia. Esto ha generado un odio general de la población hacia ellos, es decir, ha intensificado el racismo, y ya en algunos supermercados explícitamente no dejan entrar goajiros cuando llegan los productos, lo cual tarde o temprano puede desencadenar una guerra civil con connotaciones étnicas, muy lamentable en pleno siglo XXI.

Ya en varios supermercados se han armado peleas y la gente ha insultado a otros, simplemente porque no hacen cola ya que van a entrar a comprar cualquier otra cosa. Todo esto aunado al hecho de que la poblacón civil anda armada y a la impunidad reinante, en cualquier momento puede terminar en tragedia.

Este conflicto ha llegado a niveles internacionales, puesto que los productores colombianos de la frontera prefieren no sembrar, sino comprar y revender los productos que entran de contrabando desde Venezuela, con cuyos precios regulados e irreales no pueden competir. Ya el gobierno colombiano ha expresado su preocupación, pues se está perdiendo mercancía producida allá y todo este contrabando está generando una evasión total del sistema fiscal. Nosotros debiéramos estar aún más preocupados, pues nuestra comida (que no hay) se está yendo a Colombia, y mucha de esa comida, subsidiada por el gobierno, representa una fuga de capital venezolano.

Esta situación ya está siendo reseñada por los medios, después de mucho tiempo de estar sucediendo, mientras el gobierno los acusa de alarmistas, y por supuesto repartiendo responsabilidades entre los compradores nerviosos y los "acaparadores" de productos, y haciendo caso omiso del contrabando que ocurre todos los días.

Cola en supermercado. Foto cortesía de @silviochacon

Todo esto ocurre, por supuesto, bajo las narices de la guardia nacional, de la policía, del Indepabis, etcétera. No hay otra explicación: ellos también están ganando en el juego del contrabando de alimentos a través de sobornos y de control de algunas mafias. Y el gobierno, que presenta una fachada de control, la verdad es que no tiene ningún control, y pronto la escasez puede alcanzar niveles alarmantes que generen un levantamiento popular. Tienen 14 años en el poder, y aún le echan la culpa al criminal, mientras ellos no hacen nada por tomar represalias.

Conclusión: estamos entre el gobierno ciego y las mafias a la hora de alimentarnos. ¿Para cuándo despertamos?

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viernes, 18 de enero de 2013

Por la ventana santiaguina

Dicen que es un buen ejercicio visitar otros países, viajar, conocer. Desde hace mucho tiempo, no he pasado un año sin agarrar aunque sea una hora de carretera. Su olor, su vivencia, son una experiencia digna de extrañar, y de revivir con frecuencia. Pero ya salir del país, solo lo he hecho un par de veces, las dos al mismo lugar. Yo me considero una persona apegada a mi tierra, que no es lo mismo que a mi "patria". La tierra es eso que uno vive todos los días, de un modo tangible: Maracaibo, el calor, el lago, cerro El Milagro, la avenida Universidad, Ruta 6, la gente de la universidad, del grupo, del Sistema, los compañeros de entrenamiento, etcétera. Soy de extrañarlos en mi propia ausencia.

Sin embargo, irse a otro lugar es darse cuenta, es entrar en consciencia de que las cosas podrían hacerse mejor. Claro, depende del lugar al que uno vaya. Santiago, particularmente, es un lugar agradable, una ciudad de gran urbanidad y urbanismo, y de paso, una ciudad latinoamericana. Allá la gente te habla en castellano, con su canta'o particular, y pueden ser tanto amables como odiosos. Si me piden una descripción del lugar, diría que es una ciudad hermosa. Con sus altos y bajos como cualquier ciudad. Es un verdadero placer mirar desde un punto alto la inmensidad santiaguina, con sus edificios, con la cordillera nevada por todos los flancos, y con el tenue manto gris que cubre perennemente la ciudad.

Caminarla es todavía más placentero, más aún, si vienes de Maracaibo, una ciudad anti-peatonal por excelencia. Las aceras son amplias, al más puro estilo del "Boulevard" 5 de julio, pero así en toda la ciudad. Está todo muy arborizado, muy limpio, no hay vehículos mal estacionados, y el transporte público es una vaina eficiente. De paso, puedes sentir el extraño placer de poner un pie en la calle, y que cualquier vehículo que venga circulando (y si estás atravesando por el lugar indicado), se detenga y te dé paso, porque tú eres el respetable peatón. Por esas calles caminan ríos de gente todo el tiempo en todos los sectores, incluso de noche.

Tanto la primera vez que fui, en 2009, como esta vez, hace tres meses, estuvimos hospedados en apartamentos, destinados a alquilarlos a los turistas, estilo hotel. Las dos veces, teníamos un espacio público enorme destinado a la recreación muy cerca. La primera vez estábamos frente a un parque inmenso, al que salíamos con frecuencia a entrenar. Ahora estuvimos a unas tres cuadras de otro parque, que bordeaba un río y era atravesado por numerosas avenidas. Corrimos unos dos kilómetros bordeándolo, y aún no se veía el final. La importancia que se da en aquella ciudad al espacio público me impresionó. Acá solo hay Vereda del Lago, y ya se nos quedó pequeñita. La cantidad de gente que hay en ella un día cualquiera a las siete de la noche, demuestra que el marabino está ávido de espacio público. Tiene que haber como cinco veredas más. 

El primer día, llegamos al apartamento aproximadamente a las seis de la mañana, hora local de allá. Habíamos estado unas 24 horas, entre madrugar, vuelo nacional, espera en el aeropuerto, vuelo, escala, vuelo, espera en el aeropuerto de Santiago por el transporte, búsqueda de la dirección del edificio. Estábamos agotados, y esa mañana hizo bastante frío. Entre echarnos un baño, comer y dormir se nos fue ese día. Lo más surrealista fue ver el sol, ya pasadas demasiadas horas, y preguntarme por qué aquel día había sido tan extremadamente largo. Miré el reloj: eran las siete y media de la noche. ¡Válgame! Y eso que apenas acababa de pasar el equinoccio de primavera, no me imagino en estos días. El color de atardecer apenas lo veíamos como a las ocho y media de la noche, y la oscuridad más o menos a las nueve. Y no amanecía tarde, a las seis de la mañana había claridad.

Un día que íbamos a las afueras a conocer un centro comercial, vi un letrero que decía "Observatorio Nacional de Santiago". Y se  veía por un lado un cerro no muy alto, y las cúpulas características de cualquier observatorio. Apenas llegué al apartamento, busqué el lugar en la web, y me percaté de que había horario de visita al día siguiente. Enseguida bajé a buscar un teléfono, cuando me atienden y me dicen que ya todas las visitas estaban reservadas hasta diciembre. No pude evitar pensar en el pobre y abandonado Planetario Simón Bolívar, donde nadie hace trabajos científicos, y muy pocos lo visitan alguna vez.

Allá conocimos a unos marabinos, que conocían gente que yo conozco, porque Maracaibo "es un trapo", incluso en Chile. Fue interesante escuchar su historia, de decepción y valentía en primer lugar, y cómo en relativamente poco tiempo levantaron cabeza en aquel lugar, y llevaban una vida digna, aún siendo muy jóvenes.

No todo es color de rosa, claro está. Mientras estuvimos allá, sentimos uno de esos temblores que con frecuencia azotan a esa zona geográfica. También tuvimos problemas para trasladarnos una tarde, debido a una manifestación estudiantil, y padecimos alergias debido a la cercanía del gas lacrimógeno. Y también fuimos estafados por un taxista con un taxímetro "pulla'o", que nos quitó mucho dinero, una tarde agotadora y lluviosa. Los dos días de la competencia a la que fuimos, fueron de lluvia incesante, no paraba de llover.

Sentada frente a la ventana del apartamento, una extraña ventana sin rejas, tuve sentimientos encontrados. Tan hermosa aquella ciudad, tanto extraño a la mía. Mientras estuvimos allá fueron las elecciones presidenciales. Tanta decepción, a pesar de estar tan lejos.

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miércoles, 12 de octubre de 2011

Hablando del 12 de octubre...

Como bien saben todos, como bien a todos nos enseñaron, hoy conmemoramos ese evento que cambió el rumbo histórico de este continente que llamaron América, la llegada de la expedición de Cristóbal Colón a esta inmensa tierra. Es natural que este acontecimiento despierte opiniones muy diversas, sobre todo a la luz del pensamiento de este siglo XXI, lleno de Derechos Humanos y apoyo a la diversidad cultural.

Que si Día de la Raza, que si de la Resistencia Indígena o qué sé yo, todos sabemos que la conquista de América estuvo plagada de "razas" y de "resistencias", pero de cualquiera de los bandos, que no eran solo blancos e indios, también fueron negros traídos a la fuerza. Se cometieron barbaridades y en verdad se puede hablar de que se cometió un genocidio en algunos lugares. La conquista fue violenta, desde el punto de vista físico y desde el punto de vista cultural: los españoles impusieron sus códigos culturales por la fuerza en la mayoría de los casos. Hubo grupos indígenas que realmente ofrecieron una resistencia armada. Ya sabemos que los españoles empezaron, sí, sí. Pero los que vivían aquí no eran ningunos pendejos ni ningunos mansitos. De hecho los tres grandes imperios precolombinos que existían en el continente eran eso: imperios, y se comportaban como tales, dominando tierras y etnias a sus alrededores por extensiones inmensas, y su historia estaba también llena de sangre. Como la historia de cualquier pueblo civilizado en la Tierra. Y dieron la pelea en la conquista. Era lo mínimo que podían hacer.

Ahora bien, últimamente ha surgido un movimiento en Latinoamérica empeñado en eso de que los españoles eran unos malos/bárbaros/salvajes, y que debemos recordar que "nuestros antepasados" los indígenas fueron las víctimas del proceso, y que a ellos debemos hacer honor, como cambiando los héroes de un lado para el otro.

Una cosa es que los indígenas fueron víctimas. Sí lo fueron. Pero en este encuentro violento hubo víctimas por todas partes. Y la España que llega aquí era una España en quiebra, desesperada, que recién acababa de terminar la guerra contra los moros, y que al ver que había encontrado tierra "nueva", se apresuró a quedarse con la tajada mayor, antes de que vinieran los otros imperios europeos a querer meterse también, cosa que como ya sabemos, hicieron.

Otra vaina que no me cuadra es eso de que "nuestros antepasados" son los indígenas. A ustedes les hablaron del mestizaje, ¿verdad? Entonces queridos, los españoles también son nuestros antepasados, no hay de otra. Ponerse a jugar ahora a desentenderse del elemento español en nuestra cultura, es por lo mínimo, insensato. Ya sé que los tipos eran violentos y que asesinaron y que bla bla bla, pero igual son nuestros antepasados. Que un indígena hable de que los pueblos precolombinos son sus antepasados, bueno, lo acepto. ¿Pero el común de la gente aquí? ¿Caucásicos, café con leche, trigueños, pelúos? No, qué va.

Y no hablo solamente de fenotipos, hablo de cultura. Si quieren negar que ustedes descienden de los bárbaros españoles, por lo menos, dejen de hablar castellano, por favor. Yo soy mestiza. Y en el mestizaje es que debe estar fundamentada nuestra identidad, no en la negación de alguna de las tres razas. Negar al blanco es tan ridículo como negar al indio o al negro que llevamos dentro. Yo uso hamaca y me gusta el casabe. Pero también me gustan el joropo y el valse, me gusta el cuatro y me tripeo las fiestas patronales. También me gustan los chimbangueles y la gaita de tambora. Pero es que aquí todo está mezclado. Hasta la religión es criolla. Los latinos son una cuerda de santeros, y no me refiero a la "santería" como religión, sino a que el católico normal de este continente adora a sus santos más que al propio Cristo y les pone velas y las estampitas y etcétera. Bien sabemos que muchos de ellos son mezclas de santos europeos con deidades africanas. Y así somos en todo: criollos. En el habla, en las artes, en la gastronomía... ¿Y vamos a tener los santos cojones de negar al español que tenemos dentro?

De hecho, me atrevo a decir de una forma apresurada que el indio fue el elemento que menos se mezcló. Aún prevalecen muchas comunidades étnicas que, ojo, no viven y no tienen por qué vivir aisladas. Saben perfectamente cómo amoldarse a la Latinoamérica del siglo XXI, conservando sus tradiciones. Eso está bien. Lo que sí apoyo es que hay que respetarlos, y procurar la inclusión. Bueno, y cuando se habla de inclusión ¿no es querer que estas etnias pertenezcan también a nuestro modelo de sociedad predominantemente occidental? También apoyo que estas comunidades no tienen por qué vivir al margen de la ley. Se respeta la diversidad, pero desgraciadamente para asegurar la "sana" convivencia, hemos inventado eso que se llama Ley, y a la que todos debemos atenernos por igual. 

Lo importante es echar el cuento como es. Obviamente, los intrusos siempre son los que llegan después. Pero nosotros somos el resultado de esa intrusión, y cinco siglos después, considero ridículo que se quiera tildar de "malos" a los intrusos y negar que de ellos venimos también.

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