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viernes, 25 de abril de 2014

Cuentos de sermón IV: dios para discernir el bien y el mal

Este es un argumento bien conocido en defensa de la religión: dios es un medio para discernir el bien del mal. Fue pronunciado en un sermón que presencié, pero en una versión educativa: ¿cómo sería posible educar bien a un niño sin mostrarle a dios, cómo podría distinguir lo bueno de lo malo?

El sermón además formó parte de un ritual de bautismo. La criatura, como es de la usanza católica, tenía escasos meses de edad, así que no recordaría nada. Por supuesto, el mensaje iba dirigido a padres y padrinos.

La ética sin dios es perfectamente posible. La bondad, la maldad, el actuar respecto de los otros, respetando sus derechos no requiere de autoridad divina alguna (autoridad que por cierto, nadie ha conocido en persona, y nadie ha sido reprendido por dicha autoridad). Sólo el uso de la lógica, y de la empatía, son suficientes para el buen actuar. Estar consciente del otro, de su espacio, y de su rango como ser humano igual a mí, es suficiente para el buen actuar. Un niño podría aprender a ser ético, aprendiendo a ponerse en el lugar del otro.

No sólo eso, la ética religiosa puede ser vista como una inmadurez. La necesidad de sentir que hay un ser superior que observa nuestros actos, y que algún día nos reprenderá por aquellos que no le agradaron, es una actitud ciega, irracional e infantil. No hay cuestionamiento, y siempre se tiene la actitud del niño dependiente de que le digan qué hacer y qué no, sin reparar mucho en el por qué, y actuando por la posible recompensa o castigo luego de esta vida.

Ya muchos han hablado de dios como una proyección del padre. Ese padre tanto amenazador, como protector.

La ética religiosa es además, en líneas generales, anticuada. La religión institucionalizada ha sobrevivido y sigue  buscando sobrevivir gracias a la  perpetuación de dogmas, que no resisten la evolución de los tiempos, pero que siguen convenciendo a muchos de ser correctos e incuestionables. Por lo tanto, la ética religiosa puede constituir fácilmente un atraso, inducir al pensamiento retrógrado.

A ello sumemos la relatividad de los valores cuando comparamos las religiones entre sí. Es necesaria la construcción de una ética laica, es decir una ética real que no distinga credos, y que no actúe en base a supuestos no comprobados por nadie.

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Más cuentos de sermón.

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sábado, 29 de marzo de 2014

El niño en la parada

Venía de ensayar con un coro hacia el oeste. Me dejaron en Galerías Mall para tomar ruta. Galerías, uno de nuestros nodos urbanos, y tal vez el más improvisado y desorganizado de todos. Varias rutas de carros por puesto confluyen, y se ha convertido en punto de articulación entre el norte, el este y el oeste de Maracaibo, llenándose de comercio informal por doquier.

La cola de pasajeros era como de 50 personas. Tendría que esperar que llegaran unos 10 carritos para que llegara mi turno. Serían las 12 y algo, el sol inclemente. El pasajero que iba delante mío rondaría los 7 años de edad. Iba bien vestidito, con una pinta sport, quien sabe a qué, y sus dos padres delante en la fila.

Él se divertía, mirando los carros ir y venir. "¡Ahí viene uno!". "Ay, ese es de la otra parada". "¿Y ese por qué no paró?". "¡Allá viene otro!" Exclamaba todo esto, mientras yo le señalaba que caminara cuando la cola avanzaba, y se reía.

Atrás de nosotros un señor moreno bastante mayor miraba pacientemente a todos lados, y a veces escuchaba a un muchacho que estaba más atrás quejándose de que cómo era posible, que seguro llegaría a su casa casi a las dos. Creo que llegó antes, pero igual le doy la razón y a mis adentros decía "sí, mijo, este transporte no sirve para nada".

Pero el niño delante quizás hasta se divertía con toda la situación, a pesar de que pasaba un calor infernal, respiraba el aire contaminado por los por puesto y la basura de Galerías, del bullicio y las infracciones en vivo en La Limpia, y el peor sistema de transporte que he conocido.

Al rato llegó una señora a la parada con una niña más pequeña a su lado y un bebé en brazos, y se colocó al inicio de la fila por derecho. No pasarían cinco minutos cuando llegó nuestro por puesto al fin.

Un Malibú no tan destartalado. Íbamos en total 9 personas en él. Atrás se montó el niño con sus dos padres, y la señora que iba con el bebé y la niña. Adelante, el chofer, el señor mayor que me seguía en la fila y yo. Todavía pensé en lo inseguro que sería aquello en caso de algún accidente. Ni hablemos de la temperatura, que aire acondicionado en el transporte, ni soñarlo. Tres niños en esa inseguridad y ese infierno.

Todos íbamos "largo". El chofer era un señor que se veía apacible o al menos lo estuvo todo el viaje. Un viaje de casi media hora del que cuando mucho sacaría 50 bolívares. Eso, según el nuevo cambio de Sicad II es menos de 1 dólar. En el parabrisas estaba apoyado un periodiquillo cuyo titular más grande decía algo así como "Arias quiere la paz", haciendo referencia a nuestro gobernador y a la situación de protestas que atraviesa el país.

Pensé que yo, el chofer, los niños, cualquiera... merecemos algo mejor.

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jueves, 6 de febrero de 2014

La fe en el aprendizaje

Si para algo hay que tener fe es para aprender. No digo que sólo teniéndola se vaya a aprender mucho. Pero el proceso de aprendizaje requiere de una inmensa confianza en nuestros procesos inconscientes, que a veces no es fácil de  mantener.

Cuando estamos aprendiendo algo nuevo, sobre todo algo que construirá un gran salto de nivel para nosotros, las cosas parecen ponerse feas, son más los ratos en los que parece que aquello es imposible, está fuera de nuestro alcance como individuos, y por supuesto no somos capaces de ver hacia donde aquello nos llevará.

No digo esto con intenciones de caer en autoayuda rancia. Lo digo porque lo he vivido muchas veces en mis ámbitos de acción/práctica, como la música (sobre todo en cuanto al instrumento se refiere) o el kungfu.

A veces uno practica algo, una y otra vez y parece que no es capaz de avanzar o continuar aprendiendo. Hay que trabajar lo más y mejor posible. Pero una parte la hacemos solos, digamos  involuntariamente, y hay que confiar en ello. Muchos avances parecen darse  repentinamente, una mañana, de pronto. Pero no es así. Nuestro trabajo es progresivo y gran parte de él se da sin que nos percatemos. Eso sí, mientras mejor se lleve la siembra, mejores sorpresas obtendremos al momento de la cosecha.

Este proceso no lo vemos solamente en nosotros mismos. Cuando enseñamos, a veces nos parece que el alumno o aprendiz no responderá a las exigencias, puestas por nosotros mismos y basándonos en lo que vemos en ellos y en sus capacidades. A veces pareciera que nos equivocamos, que debimos exigir menos o pasar primero por algún punto intermedio. No es que los errores no ocurran, pero en muchos casos debemos confiar en lo que ese aprendiz será capaz de hacer. Que un proceso se está dando dentro de él, y que el mismo requiere tiempo y maduración.

viernes, 10 de enero de 2014

Compartir con el barrio

Soy una "niña de clase media". Guárdese adjetivos denigrantes, que si hay algo que ha sido depreciado y devaluado en estos últimos 15 años, es la clase media venezolana. Muchos de los trabajos asociados a las artes tienen un enfoque social. En ese meollo he andado desde hace años. Y he trabajado con gente de todos los estratos sociales.

En primer lugar, mientras estuve activa en la movida coral, se hacían numerosos conciertos comunitarios. Muchos de ellos en escuelas y en iglesias (nuestros segundos teatros). Era agradable compartir con la gente y llevar un repertorio que difícilmente podían conocer de otro modo.

Cuando aún estudiaba mi primera licenciatura, me ofrecieron un trabajo, parte de un proyecto de la difunta Orquesta Sinfónica del Zulia, en el que se hacían coros infantiles en las comunidades de menos recursos.

Me asignaron un coro en la zona oeste. Iba dos veces a la semana, en bus, con mi cuatro en la mano. Por esos días los índices de criminalidad no andaban como hoy. Tenía un coro pequeño y ensayábamos en la parte de atrás de una iglesia que me parecía estaba abandonada. 

Yo no tenía mayor cuidado. No me metía con nadie, socializaba con algunos de los representantes que vivían por allí cerca, y trataba bien a los niños. Montamos algunas canciones venezolanas al unísono, pero como yo vivía muy lejos no duré mucho en eso. Era más el tiempo que tardaba trasladándome que el que ensayaba. Planteé que me dieran un coro en algún barrio cercano, pero nada. Cada vez que iba, mi madre me decía que la dejaba muy preocupada por lo que pudiera pasarme.

Un poco después trabajé en una escuela en San Rafael del Moján. Daba clases de piano, en un instrumento bastante destartalado una vez por semana. Había un chico que vivía por esas zonas rurales y tenía una familia un poco disfuncional. Vestía ropa vieja y tenía unas manos muy usadas para su edad. Recuerdo que no sabía nada de música, pero se sentaba al piano e improvisaba cualquier cosa. Disparates, pero fluidos, qué no podría hacer con un conocimiento de la armonía. Lamentablemente él no era muy constante.

También hubo una muchacha, la más constante, muy talentosa. Montó un par de estudios y un vals venezolano. Más tarde me la encontré en la universidad ¡estudiando música! Entonces se siente que el trabajo de uno sí tiene trascendencia. La escuela se disolvió por problemas políticos y no fui más hasta allá.

Luego vino el trabajo con el Sistema, que todavía ejerzo. Son muchas las zonas populares que he visitado. Los niños son increíbles, e igual de inteligentes y activos sin importar su estrato social. Y lo quieren a uno como maestro, incluso los que veo con menos frecuencia.

Es satisfactorio poder enseñar algo valioso a estos niños, algo que les servirá, recordarán y probablemente atesorarán por el resto de sus vidas. Muchos de ellos se mueven en medio de peligros, de malas influencias y delincuentes, pero ahí están, haciendo música. Y lo mejor es que entre ellos no hay resentimientos de clase, ese "tú eres rico y yo pobre" o viceversa.

Hace unos días me invitó un amigo a tocar con su coro, en una barriada por Milagro Norte. Barriada de paredes de lata y caminos de arena. Cuando le conté a mis padres, prácticamente me regañaron. Pero, si las condiciones están dadas, ¿por qué no hacerlo? ¿Por qué negarles un pedacito de esa calidad de vida que da el arte?

Negarse a visitar los barrios es un retroceso en nuestra cultura. La inseguridad ha aumentado considerablemente, y es la gente que vive en esos lugares la que más sufre. Y sufren porque hay muchísima gente honesta que sólo le alcanza para vivir allí.

Creo que el gobierno de los últimos quince años ha contribuido a aumentar los resentimientos entre las clases. La envidia del pobre, la paranoia de la clase media y del rico. La agresión se manifiesta físicamente en muros, cercos eléctricos, y no estoy pretendiendo decir que dicha agresión sea unilateral, esas cosas se colocan porque efectivamente hay robos, atracos a mano armada, etc.

Cuando hago música, las barreras desaparecen y a lo mejor, aquel que pudiera generarme la mayor desconfianza en la calle, resulta que está ahí, y estamos compartiendo. Dejar de compartir con el barrio, sería dar razón de que las clases no pueden convivir y perpetuar la relación agresiva que predomina hoy en nuestro país. El arte también es un arma de integración.

Concierto en el Barrio La Chamarreta. Hace unos meses
con el Coro Infantil Rafael Urdaneta
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miércoles, 18 de diciembre de 2013

La ilusión del calendario

Una de las anédotas más divertidas en estos días, y que compartí en las redes sociales, fue la de una pequeña alumna de música, que curioseaba sobre mi fecha de cumpleaños. En realidad yo pregunté primero, y resultó que la niña cumple dos días después de mi, claro está, muchos años menos.

Cuando le dije, ella sorprendida preguntó: "Profe, pero ¿tú naciste el 2 de mayo del dos mil qué?". Por supuesto, tuve uno de esos momentos de "qué vieja soy", y entre risas le digo "ningún dos mil nada, yo nací en 1986". Ella quedó sorprendida, cómo si el número no le cupiera en la cabeza. Si ella nació en los 00's, nunca vivió un año mil nada, ni mil novecientos nada, no vivió el drama del Y2K ni de Hercolubus ni nada de eso.

Es que nosotros, los que vivimos y tenemos 14 años o más actualmente, no sólo tenemos la dicha de decir que nacimos "el siglo pasado", ¡somos del milenio pasado, que es peor! El cambio de milenio, todos sabíamos desde 1999, o antes, que sería algo que estadísticamente pocos seres humanos tienen la dicha de ver.

Lo extraño del asunto es que es una cosa arbitraria e irreal, eso de contar los años y marcar hitos en la cuenta, que solo se deben a la arbitrariedad de nuestro sistema decimal. Dos mil años no es lo que tiene la humanidad, muchas más vueltas ha visto nuestra especie y civilización alrededor del Sol. Solo es un hito porque tiene tres ceros, porque cambian todos los numeritos, porque en algunos puntos nos toca celebrar que hemos sobrevivido.

Dentro de esa ilusoria medición estamos los que vivimos entre dos siglos, que han sido muchos, pero entre dos milenios, no tantos. Una hermana de uno de mis abuelos nació en 1899 y murió en 2001. Aunque ella no lo recordara, vio tres siglos en vida. Vivió muchos años, porque aún 101 son muchos, pero entre tres siglos (y dos milenios, de paso).

El calendario es otro invento de nosotros, muy útil por supuesto, con el que nos gusta jugar. Así, cuando aparece un 11/12/13 como hace 6 días, nos ponemos a resaltarlo. Es la magia de los números, más nada. Pero a veces nos dejamos llevar tanto por esa ilusión, que creemos que a través de hitos numéricos podríamos predecir hitos históricos, ustedes saben, como en el 2012.

Se avecina el año nuevo. Este ha sido uno particularmente difícil para mi. Con la ilusión de que una vaina termina y otra empieza uno tiene una excusa para la esperanza. Los ciclos son reales, pero los límites entre ellos son arbitrarios. Las redes sociales hoy nos invitan a que hagamos un recuento, una revisión, de esta vuelta alrededor del Sol. Todos hacemos rituales simpáticos sobre "el año que viene y aquel otro que se va".

Luego que pase el equinoccio, que cambiemos los números del calendario, y que haya tenido unos días de descanso con pretextos pseudo-religiosos, espero recobrar un poco el entusiasmo.


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martes, 19 de marzo de 2013

Esas madres machistas

Esas mujeres que perpetran el modelo paternalista desde nuestra tierna edad. Esas madres machistas.

Esas que visten de celeste al niño y de rosado a la niña. Que le compra carritos y soldados al niño, y maquillaje, cocina y bebé a la niña.

Esas que dicen que el niño no lava platos, ni barre, ni prepara comida, ni hace nada en la casa.

Esas que meten al niño en deporte, y a la niña en modelaje. Y no admitirían que el niño quiera hacer ballet, o que la niña quiera jugar futbol.

Esas que desde que la niña tiene ocho años, le dicen que está panzona, que tiene que hacer una dietica para cuidar la figura, y las llevan a la peluquería a arreglarse ese pelo feo y hacerse las uñas todas las semanas.

Esas que alcahuetean al niño y sus novias, y lo dejan salir a donde quiera y cuando quiera, mientras guardan afanosamente la castidad de la niña, y ponen mucho cuidado con el novio que elijen, y si ese novio puede darles la vida "que se merecen".

Esas que dicen que las niñas son delicadas y sumisas, y no hablan feo, ni dicen groserías, y menos enfrente de los niños.

Esas que piden al niño que tenga una carrera respetable, y a la vez productiva, sin importar sus gustos, talentos y sueños.

Esas que sueñan con tener un bebé de un sexo u otro, para hacer construcciones en torno a su género, y no dejar desarrollarse libre y creativamente a esos seres humanos que traen al planeta Tierra.

lunes, 3 de octubre de 2011

Maestros, infantes y recuerdos

El día de hoy tuve un momento de inspiración, fugaz, extraño e inesperado; y quizás fue uno de los momentos que más me han hecho disfrutar de estar tocando.

La cosa es que hoy fue un día de mucho ajetreo, un día de esos en que todo coincide, que si la reunión, que si la clase, que si el concierto. Y con el atuendo del concierto tuve que hacer todas las actividades de la mitad del día. El repertorio que debía afrontar ya tenía tiempo preparándose e incluso se había presentado en una ocasión, pero no era mío solo, sino que era interpretado por un coro infantil de unos cuarenta niños y yo era su acompañante.

Trabajar con niños siempre ha sido algo fresco, que le remueve las ideas a cualquiera no más de oír tanta ocurrencia de los pequeños diablillos. Pero debo decir que sí que cantan como los ángeles, después de tanto darles duro pa'llá y pa'cá, pero como los ángeles cantan; la claridad de sus voces se compara con el primer rayo de sol en el amanecer. Ya en serio, la cosa andaba sonando bien.

Desde hacía días visitaba la ciudad una persona con la que no compartí prácticamente nada. Los directores del coro de niños son como compañeros míos, es más, algunos de ellos hasta de promociones posteriores de la universidad. La persona en cuestión vendría a ser la maestra del maestro de ellos, que estaba acá haciendo una serie de talleres. Vaya qué decir, que todos le tenemos inmenso respeto, y sólo pensar dirigir, tocar o cantar frente a la señora, ya nos daba como miedo. Lo cierto es que ella no había escuchado a los diablillos desde su arribo a Venezuela, y cuando vemos que va a estar presente en el ensayo general antes del concierto, como que nos entró un susto.

Pero cuál no fue mi sorpresa, que al empezar a tocar las canciones del paisano suyo Vitier, la mujer no hizo sino trasladarse a su infancia, y ha empezado como la misma niña a aplaudir, cantar las canciones y tararear hasta los solos del piano. Les juro que nunca en mi vida vi a alguien ser tan feliz mientras yo estaba tocando, sea que sola o que acompañada, y pensar que a la primera persona que vi tan emocionada y tan sinceramente, fue a la maestra del maestro.

Qué decir que esta noche después de ese ensayo, subí feliz al escenario, y todo salió a pedir de boca, al menos para mi, y a pesar de las deficientes circunstancias acústicas. Éramos todos una cuerda de jóvenes, más una cuerda de carajitos, que sin querer conmovimos a un viejo y experimentado corazón y quién sabe a cuántos más y ni sabemos.

Para eso quise ser músico. Y es la primera vez que lo logro palpar. Fue hermoso.


Vanesa Pérez Cárdenas
  15 de julio de 2011




Foto tomada el día del Concierto. Maracaibo, 15/07/11
Templo a San Tarcisio
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jueves, 18 de agosto de 2011

La vida, una maravilla

Bajo este título que puede sonar un tanto lleno de fantasía, un tanto impregnado de melodías infantiles, un tanto -si no demasiado- optimista, y adornando esta tríada, una séptima mayor un tanto subjetivista (yo siempre sin poder obviar mis metáforas musicales); bajo este título pretendo exponer, quizá en un intento apresurado, un "maravilloso" estilo de vida.

Como dicen muchos de esos que en su tiempo de ocio hacen presentaciones en Power Point y luego las diseminan por toda la Internet como archivo adjunto en un correo electrónico; como suelen decir muchos representantes literarios (seudo, según muchos) de esos llamados libros de "autosuperación"; y como a veces solía decirme, directa o indirectamente, mi mamá, los hombres debiéramos aprender de los niños... pero... ¿qué cosa? ¿qué podría ser tan especial en ellos? ¿qué es lo que hace que ellos llenen de alegría nuestro "estresado" mundo? (vaya que la palabrita entre comillas se ha vuelto popular), ¿qué es? ¿qué es eso que los ya creciditos no somos capaces de imitar, o, más bien (porque todos alguna vez fuimos niños), hemos perdido?... sí... lo hemos perdido... o tal vez no. Algo así como decía Freud, en nuestra conciencia todos y cada uno de los estadios de la evolución de la misma siguen existiendo, sin haber la necesidad de aniquilación para que se evolucione y se asiente finalmente un estadio superior... es como si en mi rostro coexistieran a la vez rasgos de la mujer, del simio, del mamífero prehistórico, del ser unicelular que nos haya engendrado, aunque pensándolo bien en mi cuerpo hay millones de esos. Así, en nuestra psiquis está el niño, quizá olvidado, dejado en el sótano oscuro y polvoriento del inconsciente. Entonces, deberíamos ser capaces de recuperarlo... pero reitero mi inquietud: ¿qué es lo que tienen los niños?

Creí que era su ternura, pero más tarde aprendí que era un medio de manipulación; creí que era su inocencia, pero aprendí que en este mundo es sinónimo de vulnerabilidad, de fragilidad; creí que era su potencial, pero éste en realidad parece nunca perderse; creí que era su imaginación, pero ésta en realidad parece nunca apagarse, porque aunque sea con una vida mejor fantaseamos... entonces, ¿qué? ¿qué tienen esos pequeños ignorantes?, porque puedo asegurar que ellos no siempre son felices... ¿qué hay que envidiarle a esos prospectos de ser humano?

La respuesta se presentó de una manera inesperada... y puedo asegurar que no la descubrí yo... Era el día de San José (cundidos estamos de referencias católicas), recuerdo que comenzó de una manera extraña, o sea, fuera de lo normal. Salía de mi casa a ver un concierto de la Orquesta Sinfónica Venezuela, que ya hacía dos décadas, no visitaba nuestra ciudad. Al salir del conjunto residencuial en el que vivo, dos jóvenes se me acercaron, me despojaron de mi cartera, de un zarcillo (no sé por qué no de los dos) y emprendieron su fuga hacia el barrio de atrás... yo, en la soledad de la calle, bajo el sol dominical, tomé una decisión absoluta y apresurada, entré a mi casa, agarré unos "churupitos" y con eso me fuí al centro a ver mi concierto de la orquesta. Fue un ambiente maravilloso, pues estaban todos, o la mayoría de mis buenos compañeros, colegas y maestros, en fin, músicos de la ciudad, aparte de que la interpretación también fue maravillosa. Volví a mi casa con la historia del atraco bla, bla, bla..., bloqueé el celular bla, bla, bla..., comí y me vestí para uno de esos conciertos comunitarios que hago mensualmente con el coro de la universidad (hasta aquí no he mencionado niños).

Fuí hasta la universidad en un taxi, y de ahí saldríamos en un bus hasta la iglesia San Isidro, donde sería el concierto, en las afueras de la ciudad. Llegué contando a todo el mundo lo del atraco bla, bla, bla..., lo maravilloso que estuvo el concierto y luego de una media hora de espera, nos montamos en el bus. A mi lado se sentó una compañera que en realidad casi nunca me dirige la palabra. Me contó algunas historias a medio camino sobre lo último en su vida personal, y luego, en un tono un tanto disonante para mis oídos, empezó a dibujar con palabras lo que a mí me pareció una caricatura hiperrealista -aunque ella lo ignoraba casi todo al respecto- de una historia mía de amor frustrado. Sus opiniones afectaron tanto mi sensibilidad que creí que ese día nada más podría ser maravilloso, es más, no ese día, sino, a lo mínimo, los que restaban del año... Cuando llegamos empecé a hacer quejas, a manera de desahogo, con una amiga, mientras nos  burlábamos de que su novio no podía hacerse la corbata y mientras yo me maravillaba de una trinitaria que ahí estaba; en mi pensamiento se alimentaba mi determinación de decirle a él lo mucho que yo sentía... (hasta ahora, nada de niños).

Así, entre ideas y emociones de maravilla, desesperación y frustración, entoné mis notas y sentí que a través de ellas despilfarraba energía que quizá hubiera podido despilfarrar en otro fin más caótico y autodestructivo, porque cantar es más hermoso que gritar, pero ambas cosas producen la misma satisfacción. Al volver, tomé un taxi, cuyo conductor no sabía nada de la ciudad, y al que tuve que orientar en varias oportunidades... él decía frases como: «La Circunvalación 1 es ¿para allá o para acá?»; «¿5 de Julio? sí... creo que una vez comí por allá»; «si cruzo aquí ¿desembocamos directo a la Plaza Bolívar?»... él decía ser de Valencia, y que era su primer día... en fin, nos dirigíamos al Teatro Baralt (hasta ahora, nada de niños). Allí me esperaban mis padres con la entrada para ver el espectáculo. Esa noche veríamos al músico - comediante, de nacionalidad cubana, Virulo.






Entramos, nos acomodamos, y luego de una breve espera, se abría el telón y se apagaban las luces. Podría jurar que me estaba muriendo de la risa, al igual que todo el teatro. Eso también logró apaciguar los rastros de quel día tan tenso. Luego de un espectáculo entero de imitaciones y sátiras de nuestra absurda y a la vez maravillosa realidad, comenzó un preludio palabrístico a una canción completamente contrastante con todo lo anterior: una canción que hablaba de toda la alegría que le había traído su hijo, acaso nacido hacía poco más de un año... Cuando entonó la canción, de armonía sencilla, melodía pegajosa y un ritmo "atravesaíto" pero lento que la hacía especial, todo el público quedó muy enternecido, y su interpretación concluyó con el estruendo de una ovación... Fue la penúltima de esa noche... Como dije, todos estaban enternecidos, pero no sé si los demás habrían captado en ella el mismo mensaje que yo... La frase central de la canción (que no logro recordar si era el título) decía: "El mundo está nuevecito en los ojitos de mi bebé". Luego de esa frase, contaba innumerables maravillas que había descubierto o, mejor dicho, re-descubierto acompañado de su bebé; cosas tan cotidianas como las flores, las olas del mar y las estrellas del cielo nocturno nuevamente le dejaban atónito con la ayuda de los "ojitos de su bebé".

He ahí un detalle... dicen que el ser genio no es más que lograr ver lo obvio... no cualquiera al que le cae una manzana inesperadamente en la cabeza se preguntaría «¿por qué será que las manzanas caen para abajo?»; y cualquiera que se cree dominador de lo obvio respondería «pues claro, ¡no van a caer para arriba!», cosa que no responde la pregunta, OBVIAMENTE... es como si la pasión más febril y trascendental del hombre, el razonar, el conocer, el indagar, naciera de una "simple" fascinación, de la capacidad de maravillarse... de maravillarse de lo que le rodea y hasta de maravillarse de sí mismo, hasta parece ser que mientras más conocemos algo, más es capaz de maravillarnos.

La fascinación, la maravilla, es el hechizo que embriaga a nuestras mentes en el momento de la inquietud, es la excitación del pensamiento, la iniciación de la búsqueda del éxtasis quasi orgásmico del «¡Eureka!», lo que alimenta la energía de nuestras desarrolladas neuronas, lo que nos lleva fatal y dramáticamente a la inspiración, a la creación y a la comprensión, es el aire que respira nuestro preciado legado.

Pero el final (triste, desde mi perspectiva particular), es decir, lo que refleja nuestra vida, parece ser una especie de plan malévolo en detrimento del maravillarse; le enseñamos a los niños (y como niños aprendimos), más a través de nuestro ejemplo que como una doctrina inculcada conscientemente, a formar parte de la sarna materialista, hiperrealista y pesimista de los desmaravillados. Todo es un pragmatismo, todo es pesimismo, debemos formar parte de la cadena de infinitos eslabones infinitamente conectados de nuestra sociedad, pero de una manera casi autómata, y reprimimos su derecho a fascinarse de ella con nuestras alegorías diarias sobre los defectos de la misma. No sabemos que acaso todos cuando nacemos somos curiosos genios principiantes, novatos, maravillándonos de todo cuanto perciben nuestros sentidos, que llegados al mundo contienen en sí una infinita expectativa. No sabemos que al suprimir nuestra fascinación, al convertirnos en marionetas de la indiferencia, estamos frustrando el inconmensurable placer de la indagación, frustramos nuestra pasión por el conocimiento, por la comprensión... a veces recurrimos al juego de la fascinación semipermeable: a mí me maravilla esto pero no esto otro, por citar un ejemplo, «me gustan las ciencias, pero no las artes» ¡Por favor! ¡Qué sería de la ciencia sin el arte! ¡Qué sería del arte sin la ciencia! ¿Dónde ha quedado nuestra conciencia "universal"? ¿Acaso no eran los grandes genios conocedores de todo, de todo cuanto sus limitaciones fisiológicas les permitieron conocer? ¿Acaso no se supone que en nuestra formación básica están presentes las matemáticas, la lingüística, la geografía, la historia, las ciencias naturales, las artes plásticas, la música, los deportes y hasta el trabajo? ¿Por qué sin embargo asistimos a las instituciones educativas así como por obligación? ¿Por qué son tan comunes las frases «y a mí qué me import esto», «y eso a mí de qué me va a servir»? ¡Hemos perdido tanto la pasión por aprender!... hemos perdido la capacidad de maravillarnos de todo... es más, la mayoría de las veces, ni nos maravilla el estilo de vida, la cotidianidad que hayamos elegido...

Los niños, curiosos y juguetones, se detienen en un instante eterno sólo para mirar algo y con un gusto del que muchas veces solamente ellos disfrutan, señalan el objeto como queriendo compartirlo con nosotros, esperando que cada cosa nos produzca la misma maravilla, esperan que les hablemos de aquello y que nos detengamos como ellos a contemplarlo, acaso emitiendo de nuestros ojos el mismo brillo que hay en los suyos... Sí, y es que ante esa contemplación, ante la profunda admiración, nuestras pupilas se dilatan y nuestro corazón se acelera... es nuestro eterno idilio para con lo enigmático e insinuante del cosmos, que con su funcionamiento magistral y caótico, nos incita a comprenderlo o, al menos, a intentarlo.

Y sí, así me gusta vivir... siento que casi estoy hecha para admirar, para fascinarme, para contemplar, para maravillarme... y es que es ahí donde nace nuestro concepto de belleza, y hasta las más calculadas obras del ser humano son absolutamente bellas. Parece que la vida no me alcanza para contemplar tantas cosas susceptibles de ello, y es que cada detalle sutil del panorama de la realidad tiene un millón de historias que contarnos... ¿Qué esperas? ¡Maravíllate!






Texto escrito originalmente en mayo de 2006

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