miércoles, 1 de agosto de 2012

Buscando a dios con Carl Sagan

Bien, decidí empezar estas vacaciones con una lectura que sabía de antemano iba a ser agradable, pues conozco al autor, y de hecho he escrito varias entradas respecto a él. Se trata de La diversidad de la ciencia. Este libro es en realidad una transcripción de un ciclo de conferencias que dio Sagan en Escocia, en el ciclo Conferencias Gifford, que buscan la difusión de la teología natural.

No es la primera vez que leo algo donde Sagan relacionase la ciencia con la religión. Pero no sabía que existía una disciplina como la teología natural, que busca evidenciar la existencia de dios sin recurrir a lo sobrenatural, solo basándose en las pruebas tangibles o visibles. Personalmente, y sin ánimos de ofender, creo que es una disciplina un poco difícil, pues el concepto de dios en principio es meramente especulativo. Y fíjense que utilicé la palabra "difícil". No conozco autores de ella, o a lo mejor los conozco y nunca supe que andaba por esos terrenos específicamente.

Como es de esperarse en Sagan, su introducción al tema, la realiza desde la ciencia, específicamente desde la astronomía, familiarizando al público con las escalas del Universo, y llevándonos así a reflexionar sobre nuestro lugar y papel en el mismo como especie, y estudiando nuestras posibilidades de trascendencia. Así mismo nos lleva a descubrir los lugares donde se forman los componentes básicos de la vida, y nos lleva a pensar si somos en realidad especiales. Esta parte sin duda nos lleva a una experiencia conectiva, por no decir "espiritual" o "religiosa". Él mismo indaga luego en la naturaleza del concepto de "dios", y también de las experiencias religiosas. Nos habla de la importancia de definir a dios en el momento en que queremos estar en contra de él o defenderlo, puesto que han habido casi tantas definiciones de él (o de ellos) casi como culturas han existido en la historia de la humanidad, o mejor dicho, desde la prehistoria. Estos conceptos muchas veces tienen similitudes o diferencias marcadas.

Así mismo, se nos aproxima a ciertos aspectos del ser humano. En primer lugar a la tendencia que tenemos a autoengañarnos. Para ello recurre a historias como las de los ovnis, en el caso de la búsqueda de vida extraterrestre, así como de la vieja resistencia cultural a la Teoría heliocéntrica, y la nueva resistencia cultural a la Teoría de la Evolución; y demuestra la facilidad con la que la gente se engaña a sí misma, por lo cual, la filosofía y la ciencia tienen que ser altamente precavidas ante sus planteamientos, hipótesis y demostraciones. También toca el tema de la naturaleza molecular de las percepciones y las emociones, y de cómo éstas pueden influir en la experiencia religiosa, y de cuál puede ser una equiparación emocional de ésta. Incluso habla de las hipótesis freudianas de dios como sustitución del padre.

En este libro toca temas que personalmente he tocado en varias ocasiones en este blog, y dada la antigüedad de las conferencias (1985), me doy cuenta de que ciertas teorías y falacias andan haciendo de las suyas por allí, y aunque se han refutado desde entonces, la gente sigue cayendo en ellas y se siguen difundiendo. Un ejemplo que me sorprendió, y que por cierto, no sabía que tuviera nombre, es el del principio antrópico, así como las teorías del diseño inteligente, y hace refutaciones brillantemente. Hace poco escribí una entrada dedicada a estos puntos. Y es obvia la influencia del autor. Al final, todos tienen derecho de palabra en esta gran red, pero como nos decía, no nos dejemos engañar con tanta facilidad.

En los capítulos finales, habla nuevamente (como en otros textos) de si la humanidad será capaz de sobrevivir a lo que llama su "adolescencia tecnológica". Si no nos mataremos a nosotros mismos, y de hacerlo, cómo sería el acto de mayor irresponsabilidad que jamás hallamos perpetrado, haciendo caso omiso de toda nuestra historia, toda nuestra lucha evolutiva y la del planeta Tierra. En fin, una buena lectura para reflexionar.

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Vacaciones libreras


Bien, ha llegado agosto. Para envidia de muchos, tengo vacaciones. Aunque estas vacaciones no lo serán tanto, hay un gran reto que se avecina, y debo trabajar duro en él. El fin de semana pasado tuve la oportunidad de ir a la FILVEN en el Centro de Arte Lía Bermúdez. Me gustó la variedad de libros, eso sí, de libros usados. Libros nuevos, en su mayoría, había de las editoras del Estado. Y bueno, lo que no me gustó fue la ideologización chavista, bolivariana, pseudo revolucionaria, por doquier; en los libros que regalaban, en los grupos musicales y las representaciones treatrales. Pero todo se soporta entre libros buenos y baratos, pues.

Este fin de semana me recordó que tengo en mi biblioteca al menos tres decenas de libros que compré y no he leído. ¿Me hará eso una compradora compulsiva de libros? Me acuerdo de esa gente que compra ropa y ni la estrena, pero bueno, ahí están los libros esperándome. Así que, en vista de que en agosto tendré mucho tiempo libre, me he propuesto un reto. Quiero reducir ese cerro de libros sin leer que tengo, y me pondré como meta leer entre 10 y 15 libros este mes. De variados temas. Si leo menos, no habré alcanzado la meta, si leo más la habré superado, pero nada que sea mal de morir.


Pero para que este reto tenga algún sentido, y como compensación del meme que nunca terminé, decidí ir reseñando y comentando los libros que vaya leyendo acá en el blog, simplemente por el placer de compartir y de abrir temas de debate. Las entradas estarán agrupadas en el tag "vacaciones libreras", y bueno, es reusable, a lo mejor en diciembre lo retomo, ya saben. No quiere decir que no escribiré más nada, si se me ocurre alguna otra cosa, o si completo un par de borradores que tengo por allí, igual publico.

¡Nos leemos!

martes, 24 de julio de 2012

Desprendimientos

I.
Yo creo que el ser humano es esencialmente obsesivo y aferrado. A lo mejor lo creo porque yo soy así. Sin embargo es interesante cómo las filosofías orientales ven en el desprendimiento de las cosas terrenales la elevación del espíritu. Hace algún tiempo, me impresioné por un artículo que salió en alguna revista dominical sobre los mandalas de arena tibetanos, alrededor de los cuales los monjes hacen todo un ritual, en el cual dibujan una figura y la rellenan cuidadosamente y entre varios con arenas de colores, para finalmente destruir la obra, y simbolizar con ello el principio de impermanencia reinante en el universo.

Lo que más me impresiona de esto es la concepción artística alrededor del ritual, en el cual se lleva a cabo una hermosa obra, y finalmente se destruye. Un concepto del arte diametralmente opuesto al de occidente, donde la relación del artista con su obra puede llegar a ser totalmente fetichista, fetichismo encarnado al máximo en el extremo del mito de Pigmalión, enamorado de su estatua, y que por gracia de los dioses, acaba cobrando vida.

Pero el arte del día a día nada tiene que ver con esto. Decía Nachmanovitch en su libro "un artista se mide no por la cantidad de material que publica, sino por la cantidad de material que descarta". Y sin embargo, aunque mucho descartemos, pareciera que el arte solo vive en el momento que la creamos, que la elaboramos, mejor dicho. Pero una cosa es crear una obra, y otra contemplarla al día siguiente. Podemos enamorarnos de ella, obsesionarnos con ella, pero también podemos sentir una aversión tan grande hacia ella, que acabemos destruyéndola.

Los monjes tibetanos en sus mandalas hallan un punto neutral. Es quizás en la brevedad que hayan dicha neutralidad. Crean la obra, y seguidamente la destruyen. Ya no habrá oportunidad de volver a contemplarla, ni de desarrollar sentimientos extremos hacia ella. Ya vivió, ya existió, ya murió. Mientras tanto los occidentales hacen récords de las canciones más repetidas en la radio, tienen museos de obras milenarias, y hacen constantes mantenimientos de las viejas obras arquitectónicas. Obviamente los mojes tibetanos no destruyen sus templos, pero saben que al final, en algún punto del tiempo, todo es perecedero, y no conservan la mínima esperanza de que algo no lo sea, y tratan de recordárselo a sí mismos cada día.

II.
Yo con mi arte soy muy occidental. Soy predominantemente fetichista. Y con mis pensamientos y gustos soy predominantemente obsesiva. Sólo que mis obsesiones van cambiando todo el tiempo, se van moviendo, y a veces las obsesiones del pasado no sólo las considero olvidadas, sino que también desarrollo cierta aversión hacia ellas.

Me considero artista desde que nací. Nadie tiene que certificarme para ello. Considero que todos lo somos, cada vez que hemos garabateado: notas, palabras, rayas, lo que sea. Tengo buenas dotes para el dibujo, y en mi adolescencia solía dibujar mucho. Ya no lo hago. Llegué a tener una caja de ciento y tanto de creyones, y resmas de dibujos hechos por mi. Los temas solían ser obsesivos. Alrededor de los diez y once años gustaba mucho de un comic japonés archi-conocido, llamado Sailor Moon. Y de Sailor Moon hice dibujos como nunca los he hecho de nada más. Imaginaba un motivo general y lo repetía con las cinco "sailors". Así en una sentada hacía fácilmente cinco dibujos. A veces hacía dibujos colectivos y les dedicaba más. Normalmente rellenaba toda la hoja de color, y si era hecha con creyones, lo que me gustaba era afincarlos. Al final me podían doler los dedos. Cada tanto iba a la librería a sustituir los creyones ya gastados de mi caja. Perfeccioné mi técnica dibujando a las muñequitas de ojos grandes y faldas cortas de colores.

En dos años debí haber acumulado una resma o más de dibujos de Sailor Moon. Si viajaba, los llevaba conmigo, y hacía algunos nuevos. A veces los llevaba al colegio y alardeaba de ellos. Fetichismo occidental. 

Un día, sin tener alguna razón muy específica, vi el montón de dibujos, y los detesté. Sentía que me estorbaban, que eran demasiados, y los primeros me parecían de poca calidad, horribles. Así que después de haber carreteado tanto tiempo con los dibujos de Sailor Moon, de pronto los tiré a la bolsa negra, para no volver a verlos jamás. A veces me acuerdo de ellos. 

Es el acto de desprendimiento más grande que recuerde haber hecho.

III.
Más o menos a los 16 años dejé de dibujar paulatinamente y empecé a escribir letras y música. Al empezar la universidad ya nunca hice un dibujo con la dedicación de antes.

Descubrir la música poco a poco, me hizo madurar en muchos sentidos. Y uno de los aspectos más importantes de la música es la impermanencia. Hacer música es parecido a hacer un mandala tibetano. Se empieza la obra, se va haciendo, y a medida que se va sucediendo, la conducimos a su muerte. Cada vez que tocamos, destruimos una obra.

La música en sí misma es demasiado perecedera. Y los occidentales son los únicos que han pretendido inmortalizarla. Y han tenido la ilusión de lograrlo. En primer lugar, inventaron la notación musical, mediante la cual la música "se puede escribir". Se escribe un código, una maqueta, pero sin alguien que ejecute el proyecto, la música no existirá. Cada interpretación es una obra, y siempre muere. La música clama la necesidad de muerte. Todo el que ha estudiado armonía o formas y análisis, lo sabe. Todo el que ha compuesto una obra, lo sabe. Y todo el que ha ejecutado un solo improvisado, lo sabe. La música exige morir, y nosotros tenemos que llevarla a la muerte.

Luego aparecieron las grabaciones de audio. Y así finalmente hemos logrado ser fetichistas con la música. Lo irónico es que yo muero por grabar la mía. Eso me da la ilusión de más trascendencia. 

Lo cierto es que la trascendencia es algo que puede ocurrir todos los días, en los actos mínimos. La trascendencia no está en la inmortalidad. La trascendencia es una consecuencia de la existencia, y la existencia es impermanente.

Sin embargo, al parecer la única forma de que la cultura en sí misma exista es a través de la memoria y de la superposición de conocimientos.

Mandala en ejecución. Pienso que si ha sido fotografiado, ha sido despojado de su esencia.
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