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domingo, 31 de enero de 2016

"El problema es de valores"

La crisis que atraviesa Venezuela, la atraviesa en prácticamente todos los órdenes, incluyendo el orden moral. Creo que nadie puede negar esto. El problema es que muchos argumentan que somos un pueblo "sin valores", y eso es lo que nos ha llevado a esta crisis.

Creo que se comete con esta afirmación una típica confusión de causalidad con correlación. Una crisis económica y una crisis del derecho (en esas dos sí que me pierdo, no sé cuál es el huevo y cuál es la gallina), inevitablemente llevarán a una crisis moral.

En un post que publiqué hace poco hablaba del islam, de los militantes de la religión de Alá que hacen estragos sea en su país, o en el que los recibe. Y comentaba ahí que muchos se equivocan al pensar que esta manera de ser sea del todo de origen genético. El ambiente en que se desarrolla un ser humano es muy importante también, y esas adaptaciones en un largo plazo (bastante largo), podrían terminar afectando el acervo genético de un grupo.

Muchos pretenden condenarnos. El venezolano, ampliémoslo al caribeño, o al latinoamericano, somos tildados de seres inevitablemente inútiles en general para decidir nuestra política. A lo mejor somos torpes, pero las cosas que se ven hoy día en Venezuela, ni de lejos se vieron en otros tiempos. No hay que ser muy viejo para saberlo.

La razón es la situación de precariedad que atravesamos, que puede sacar lo peor de nosotros. Son muchos los que al emigrar se dan cuenta de lo terrible que tenían el humor y la actitud cuando vivían en Venezuela. Y no es que esa sea su naturaleza, es que vivir en un lugar en el que no tienes lo básico asegurado: seguridad personal, comida, servicios, dinero que valga, medicamentos, y un largo etcétera, le cambia completamente la actitud a un ser humano.

El solo hecho de la escasez nos cambia la mente. Ya no es que iremos el fin de semana o la quincena a hacer la compra para la casa y listo. Es que vamos a hacer compra, y no sabemos qué encontraremos y qué no, y para las cosas que no encontramos nos encontramos en constante cacería: mirando las bolsas de los demás, preguntando en cada cola qué es lo que hay, cazando puestos de bachaqueros a ver qué tienen, viendo si algún mayorista nos consigue el saco a buen precio.

Así mismo, estamos en un país sumamente violento. 7 ciudades de Venezuela aparecieron entre las 50 más violentas en un famoso ranking que se publicó en estos días. La impunidad es causa fundamental de esa violencia, y nadie me quita esa idea. No es que la moral, que la educación, que la necesidad (aunque ésta es muy importante también en este sentido); pero que alguien cometa un crimen, y tenga prácticamente la certeza de que no habrán consecuencias para su persona, solo ganancia, hace que el crimen esté a la orden del día, y también la venganza.

Esto hace que todos andemos con ojos delante y detrás en la calle, escondiendo como podemos nuestras pertenencias, disimulando como podemos algún indicio de estatus, y desconfiando de todo el mundo en la calle. Yo particularmente voy caminando siempre pensando qué haré si alguien llegase a pretender robarme. A la hora de la verdad no sé si haré algo, pero el desgaste psicológico es constante.

En pocas palabras, estamos en modo supervivencia. Los valores importan poco en este modo. La civilización es inviable en este modo, puede salir lo peor de nosotros, esa bestia que está latente en todos. Así que sí, hay una crisis moral, pero ella no es la causa de las demás, es más, estoy convencida de que es una consecuencia.

¿Será difícil arreglarla? Como es difícil arreglar el país entero en este momento. Son tantas las variables que lo complicado y lo delicado es precisamente saber por dónde empezar.

¿Y tú? ¿En medio de esta crisis te has dado cuenta de lo que eres capaz?


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sábado, 28 de febrero de 2015

Odiseas en el supermercado (II)

Foto: La Patilla

Sábado por la mañana (o no tan mañana). Estaba sentada en la mesa comiendo unas galletas con café con leche, esa cosa que cada día se nos hace más difícil poder disfrutar. De pronto recibo una llamada de mi padre. Estaban haciendo el mercado, y ¡oh sorpresa!, había harina de maíz, jabón de baño, arroz, desodorante y azúcar. Todos ellos productos regulados en precio por el actual gobierno, y todos ellos consecuentemente muy escasos.

Como de costumbre, una unidad por persona, y por eso solicitaban mi presencia. Para facturar tres veces, y pasar tres unidades de los productos que hacía tiempo no veíamos, y que en el caso del jabón de baño y el desodorante ya habíamos tenido que recurrir al mercado negro. Sí, como lee, mercado negro de productos de higiene personal.

Al llegar, había un gentío por supuesto. Las colas en cada caja daban hasta más de la mitad de los pasillos del inmenso local. Adentro, la gente que iba a hacer una compra de más de 500 bolívares, afuera otra cola de quienes solo iban a comprar regulados, o debo decirles escasos, más bien. Adentro del supermercado había guardias armados, vigilando que nadie robara nada, y claro, que nadie llevara más escasos que lo que le correspondía.

Mientras mi mamá y yo terminábamos de agarrar los enseres, mi padre hacía la interminable cola de la caja, que caminaba a paso de vencedores, que digo, de tortuga. Terminamos de explorar y recontra explorar el supermercado, pillando lo que llevaban los otros en los carritos, no fuera a ser que se nos quedara alguno de esos regulados desaparecidos.

Todavía así, ya llenado el respectivo carrito, estuvimos más o menos una hora en cola antes de llegar a la caja. Resultaba que cada cola se dividía entre dos cajas, y aún así se tardaba uno esa eternidad. Al llegar nuestro turno, todo se volvía más claro con respecto a la tardanza.

En primer lugar, y como yo ya habría acotado, por cada familia iban en promedio tres personas a comprar, para aplicar lo del "truco" de los escasos. Por lo tanto, por cada carrito se hacían dos o tres facturas, y se pagaba dos o tres veces, muchas de ellas por punto de venta, con las mentadas tarjetas de alimentación, lo cual hacía aún más lento el proceso.

Mientras estaban los de adelante de nosotros, entre las facturas de uno y otro de la pareja, la cajera se puso a hacer corte de caja. Sí, en ese momento. Ellos estuvieron al menos 20 minutos pagando. Cuando nos tocó a nosotros, pasa la primera factura. Luego, ¡oh!, tocaba el cambio de turno de la cajera. Sí, sin haber terminado de pasar todo lo de nuestro carrito, pero claro, dejó una factura pagada y cerrada. Mientras ella recogía sus cosas y apagaba el sistema y que sé yo, pasarían como 10 minutos. La otra cajera aún tardó en llegar.

Cuando al fin llega, toca pasar la segunda factura. Mi turno. Voy a pagar con mi tarjeta de alimentación, y ¡oh!, esa tarjeta, precisamente esa, había que pasarla por un punto de venta que estaba en la parte de atrás del local, después de todas las cajas. Me fui, llegué, había dos personas con la misma tarjeta delante de mi que iban a pagar entre ambos una misma factura. En aquel proceso de repartir montos se irían 10 minutos más. Mi turno. Una señora que estaba atrás intento colarse, y yo aún forzando la sonrisa le dije que mi tarjeta también aguardaba allí desde antes. Pasé y pagué.

Finalmente terminamos de chequear toda la compra, que durará como mucho dos semanas (sin incluir la mayor parte de carnes y embutidos), y superó en el total al salario mínimo. Al salir, te revisan las facturas, lo que llevas en las bolsas, y hasta te hacen abrir la cartera "por si acaso".

El sol estridente de la tarde fue toda una bendición.
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Enumeremos las humillaciones de este relato:

  • Que el Estado regula los precios de productos de primera necesidad, muy por debajo de los precios de producción, llevando a la quiebra a innumerables empresas, expropiando a otras y produciendo a subsidio (es decir, igual disponiendo de nuestros recursos para vendernoslos a un "menor precio"), llevando a una escasez de los mismos y privando a la población de ellos.
  • Que, por tanto, con cierta regularidad uno debe recurrir al mercado negro de productos básicos, como si de sustancias ilegales se tratara, y pagar un precio mayor a un buhonero que no cumple las condiciones de almacenamiento mínimas de los productos y que se lucra a costa de la escasez. Sin mencionar que este mercado opera a plena luz del día en total impunidad.
  • Que debes comprar un mínimo en monto, porque si quieres solo regulados, te toca hacer cola bajo el sol. Brecha de clases, ¿dónde?
  • Que el Estado tiene autoridades armadas en un contexto completamente cotidiano y "normal", dentro de establecimientos privados, para mantener a raya a la población.
  • Que debes perder 3 y 4 horas de tu tiempo, con varios miembros de tu familia, para hacer algo tan simple como un mercado (¿y el trabajo?, ¿y el producir más para el progreso?)
  • Que la misma empresa hace insoportablemente engorrosa una transacción cotidiana (cambiar de turnos en mitad de una facturación, poner colas aquí y allá, puntos de venta al otro lado del local...)
  • Que al salir te revisan las bolsas llenas de productos que ya son tuyos, y la empresa se puede tomar la libertad de revisar tu bolso con la venia de autoridades presentes. Es decir, que aparte de que se violan tus derechos de propiedad, eres culpable hasta que se demuestre lo contrario.
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Puedes leer el primer post Odiseas en el supermercado. También puedes compartir tu anécdota en los comentarios, pues me gustaría reseñar más de estos trajines humillantes.

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sábado, 31 de enero de 2015

En la parada de Los Robles

Sí, otra anécdota de paradas en Maracaibo. Es que nuestro transporte alcanza para mil crónicas. Me tocaba ir al sur, y sin la posibilidad de carro prestado que a veces tengo por fortuna. No quería gastar la ganancia del día en taxis, así que me lancé al punto de articulación entre el norte y el sur: el Centro, y sus paradas de transporte salvajes.

El sol estaba picante. Como siempre atravesar la calle mirando por los cinco flancos que no sabías que tenías, y allá se veía la cola, no muy larga, unas treinta personas en la parada de Los Robles.

Esta parada es muy particular. Nunca quiero tener que recurrir a esta ruta y menos desde el Centro. Si acaso el diez por ciento de las unidades (carros por puesto), recogen a los pasajeros de la cola. Los restantes, recogen gente antes o después de la parada, cobrando el pasaje al doble del costo.

La situación es sumamente injusta, pero irónicamente, está perfectamente justificada. Una demanda que supera por mucho la oferta de transporte, un sistema por demás ineficiente y un pasaje que a duras penas alcanza a los choferes para una ganancia decente. Por otro lado, unos pasajeros a quienes aún pagando ese pasaje barato, les pesa en el bolsillo. Sino, simplemente no hubiera gente en la cola.

Esta situación es vieja. He presenciado mototaxistas ofreciendo carreras baratas, intervenciones de la policía, pero la cosa ayer se convirtió en protesta. Los pasajeros de la cola se pararon en medio de la calle a no dejar pasar a los carritos que venían ya llenos de pasajeros "dobles". Retuvieron a dos unidades por unos quince minutos, pero los choferes alegaban que estaban trabajando, y los pasajeros llamaban a los otros "bobos" por no pagar sus veinte bolos para irse más rápido.

Una señora alegaba que estaba bien, que ellos pagaban más, que entendían la queja de los choferes, pero que se llegaran a la cola y respetasen el orden de llegada. Por supuesto los pasajeros tomados fuera de cola, agarran los carros en total anarquía, sin respetar si el señor de al lado estaba primero. Porque somos así, los vivitos.

Ayer no tardé mucho en irme porque llegó un pequeño bus ofreciendo la ruta, a precio de pasaje largo. No estaba mal. Cabían todos los pasajeros de la cola, y ellos ganaban porque metían más gente. Eficiencia, aunque "ilegal".

Esta realidad, esta desesperación, se vive día tras día en las paradas de toda la ciudad. Y no a todas llega algún compasivo bus a recoger a los pasajeros. Volvemos a lo mismo. Sistemas ineficientes, economía regulada, todo turbio, pierden los más débiles, en el sistema de transporte público: esa cosa que deberíamos tener todos bien asegurada todos los días.

Es un círculo vicioso, porque las solas molestias del transporte, hacen que a uno se le quiten las ganas de salir a trabajar. Pero como ven, el mercado gana.


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lunes, 19 de enero de 2015

"Colaboracionistas"

En Venezuela estamos inmersos en un sistema viciado, en una economía viciada. La economía lo permea todo, todas las actividades cotidianas que llevamos a cabo todos los que vivimos en este pedazo de tierra, administrado por un montón de inútiles, o eso parece.

He visto en los últimos días una tendencia en las redes, de culpar al ciudadano por ser colaborador de este sistema económico. Que si tú haces la cola, que si igual andas esperando nada más a que te activen el cupo electrónico, que si revendes los productos de la cesta básica, que si trabajas para el gobierno, etc.

Es imposible no formar parte de este círculo vicioso que es nuestra economía llena de controles. No hay libertad de mercado, no hay divisas disponibles, los productos no se consiguen, porque para empezar aquí en el país no se produce prácticamente nada, y para importar volvemos a lo de las divisas, sí, los controles y para colmo una inflación desbocada. Consecuencia de todo esto, no hay mercado laboral para los venezolanos, y el gobierno, directa o indirectamente, acapara todos los procesos.

Pero el control total es imposible. Y sin trabajo, sin disponibilidad de productos ni divisas, con unos billetes que no valen nada, la gente va a buscar la manera de sobrevivir.

Sobrevivir implica buscar la comida. No hay comida. No hay muchas cosas: productos de higiene, pañales, medicinas... Pero son urgentemente necesarios. ¿Vas a culpar a la señora que va y hace la cola por los pañales y la leche para sus hijos? ¿Vas a culpar al que hace la cola para poder conseguir pollo?

Sobrevivir implica conseguir los reales. No hay trabajo. ¿Vas a decirle a alguien que no acepte una oferta posible porque le paga el gobierno? ¿O que no se cale la cola por ti para comprar los productos y te cobre algo a cambio de eso? De más está decir que quien trabaja para el gobierno trabaja en realidad para ti, para todos, piensa que al menos ese salario se lo está ganando un ciudadano y no se lo está robando ningún funcionario. El problema es qué ponen a producir a ese empleado, ¿propaganda?, ¿calentar la silla?, ¿nada? Ahí viene la cuestión.

El problema aquí es que el capitalismo continúa, porque el mercado continúa, y no puede ser de otra manera. Ojo, el problema no es el mercado ni el capitalismo, sino que no se admite que igual éste va a seguir funcionando. Los controles no son más que una absurda ilusión, que tiene toda mierda distorsionada, y hace todos los procesos innecesariamente difíciles.

¿Y cómo se manifiesta la dificultad de esos procesos? Hambre, desidia, miseria, humillación...

Pero no le diga al ciudadano que no continúe con el ciclo económico, o ¿es que Ud, que se jacta de no calarse ni una cola no se traslada todos los días en su carro o en el trasporte con la gasolina más subsidiada del planeta? ¿O es que Ud. que se jacta de no usar ni un solo dólar de su tarjeta de crédito no ha comprado divisas al mercado paralelo jamás, o al menos subastado en los sistemas Sicad?

Nadie se salva de participar en esto. Yo particularmente no hago ni una cola, no me he inscrito en una captahuella, no me callo por ser empleada pública... pero, ¿y si algún día tengo la necesidad? Eso: la necesidad.

Es en nosotros que está la respuesta: acusar a este gobierno de lo que es, un corrupto que nos hace la vida innecesariamente difícil y precaria, y que con sus sistemas y controles no hacen más que llenarse los bolsillos, con valores paralelos, mercados negros, tráfico de mercancías, etc.

Puede acusar a la gente de pasividad, de facilismo, pero cuidado, que en este peo estamos todos bien metidos.



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domingo, 26 de octubre de 2014

Revender no es malo


Bienvenidos a Venezuela, el país de los vivos-bobos, el país donde el gobierno nos tiene ahogados en controles económicos, parece que no nos deja hacer nada, pero a la hora de la verdad, deja hacer a todo el mundo lo que le da la gana, eso sí, menos hablar mal de ellos.

Una economía viciada

En el desastre económico que vivimos, nos han hecho creer una serie de cosas, que la gente repite y repite, haciendo que nos olvidemos de las causas de los problemas. Así, es normal que todo el mundo hable de que especular, acaparar, revender, remarcar, son cosas malas; pero la realidad es, que en un país con una inflación oficial de más del 60% todo el mundo hace y se ve en la obligación de hacer.

El bolívar se nos diluye entre las manos, y todo el mundo con la presión inflacionaria aumenta los precios, no ahorra en moneda sino en bienes o en divisas (cuya tenencia es ilegal), compra para vender luego (no es que las cosas se "revaloricen", es que es el único modo de medio ganarle la carrera a la inflación).

A esto se suma el hecho de que el gobierno todo quiere controlarlo. Entre esas cosas que pretende "controlar" artificialmente, están los precios de los productos de la canasta básica, algo como para "salvaguardarlos de la inflación" (que es culpa de ellos y nada más que de ellos y su administración), y "proteger el alimento del pueblo".

Pero no entienden, o no dicen, que crean un círculo vicioso. Para las empresas no es rentable vender a precios artificialmente baratos, mientras toda la materia prima aumenta, los sueldos aumentan, los alquileres aumentan, todo aumenta. Así, la producción baja. Cuando no, el gobierno expropia, y a fuerza de subsidio, vende los productos baratos. ¿Y qué es el subsidio? Pues que con nuestra plata están pagando ese "excedente" de precio que no pagamos nosotros, o sea, lo pagamos nosotros igual.

Pero la escasez abunda, y como dije al principio, aquí todos hacen lo que les da la gana. ¿Entonces? Quien tiene tiempo de cazar los pocos productos que hay, va y los revende a un precio muchísimo mayor, o pasan los productos por la frontera para venderlos en moneda mucho más valiosa. Por supuesto, el gobierno quiere criminalizar esta práctica. Pero no se confunda: revender no es criminal.

Revender

En cualquier economía normal, la reventa es un proceso necesario, es parte de las fases por las que atraviesa un producto antes de llegar a manos del consumidor final. Es lo que hace cualquier comerciante: comprar para luego vender, así sean productos ya acabados. La idea para que sea rentable es que compre al mayor y venda al detal, sino no tendrá una buena oferta para el comprador.

Pero, ¿qué pasa cuándo el producto no lo hay, y de paso, es un producto de primera necesidad? Muy sencillo, el vendedor no tendrá mucho que ofrecer e intentará sacar el mayor provecho posible de todo lo que tiene, más aún sabiendo que todo el mundo lo quiere comprar. Venderá al precio que a él le parezca, o al menos a uno que lo mantenga bien cómodo a costa de ello.

Lo único que he hecho es una explicación de esas vainas que llaman oferta y demanda, y que nuestro gobierno aparentemente ignora que existen.

¡Claro!, esta práctica de vender al "precio que mi me da la gana" también puede verse como estafa o usura, pero ¿qué tal si quienes lo hacen trabajan al margen de la ley, y de paso nadie hace nada?

El comercio informal

En nuestro país el comercio informal y especialmente su subcategoría, el buhonerismo, han llegado a niveles intolerables. Basta ir a un lugar como el centro de Maracaibo. En el casco central de nuestra ciudad, hay tantos "tarantines" (techo y mesa improvisados para vender), que las aceras, el canal alterno de las avenidas donde lo hay, y la acera entre el canal alterno y el canal derecho (a veces hasta el canal derecho), están tomados por los buhoneros.

Tanto es así, que a los locales comerciales (que supongo pagan un impuesto por derecho de frente, derecho de aviso, etc.), no se les ve desde la avenida. En todo este caos, nadie reclama, pues los comerciantes informales ya son mayoría, y muchas veces la misma persona maneja locales y tarantines a la vez.

Así mismo, en cualquier acera de una avenida concurrida, en el frente de su casa, o en cualquier semáforo hay comerciantes vendiendo toda clase de productos, desde chucherías hasta ofreciendo llamadas telefónicas, y por supuesto, muchos vendiendo también productos de la cesta básica.

En un caos como éste, ¿qué se puede controlar? Al principio, los buhoneros vendían a la luz del día los productos de la cesta básica. Con las primeras prohibiciones y advertencias, los guardaron, pero igual los productos en los supermercados siguen sin cubrir la demanda de la población, por lo que han optado por tenerlos escondidos, pero ¡oh!, todo el mundo sabe que ahí están, solo pregunte discretamente qué es lo que quiere.

El gobierno con sus shows de que va a luchar contra el contrabando, el acaparamiento y la especulación en productos de la cesta básica; ha aplicado toda clase de políticas fallidas. Hace un par de días decretaron que nadie podía revender productos de la cesta básica (excepto establecimientos como supermercados, farmacias, panaderías). Quieren tener cada venta controlada y esto es en la práctica imposible. Lo peor es que en realidad se frena el comercio de los productos.

¿Y por qué los productos se van por la frontera? Porque sus precios regulados son tan irrisoriamente baratos, y el bolívar es tan barato, que pasarlos al otro lado, y venderlos a un precio de mercado en pesos colombianos o dólares es tan lucrativo, que hasta se toman el riesgo, y (creo que no hace falta decirlo), por supuesto tiene que haber autoridades implicadas en un negocio que ha adquirido dimensiones monstruosas. Entonces, sumemos a la escasez normal, todo lo que se nos va por la frontera.

El origen del mal

Entonces pretenden que con "¡mano dura a la especulación!, ¡mano dura al contrabando!" esto se va a acabar. Pues no. Ya incluso las empresas privadas están pretendiendo poner restricciones al consumo.

Aquí los males son dos: el control de precios y el comercio informal (que incluye el comercio binacional o contrabando).

Si se manejaran precios de mercado, si se respetara a la empresa privada, la producción sería suficiente para cubrir las necesidades de la población. ¿No quieren que los precios aumenten todos los meses? Pues, señores del gobierno, dejen de botar las divisas, disminuyan el gasto público innecesario, dejen de imprimir dinero inorgánico, que son algunas de las principales causas de nuestra inflación.

Y lamentablemente, aunque hoy sea una medida impopular, hay que poner freno al comercio informal. Claro, esto no se hace metiendo preso a cuanto buhonero haya en la calle, ni más faltaba. Tienen que haber planes para que estos comerciantes se registren formalmente y ejerzan su actividad comercial en lugares destinados a ello, ¿pagando un alquiler? Pues sí, ¿qué pretenden, lucro y ya? Venezuela tiene que dejar de ser el lugar del "pongo una mesita en la acera y vendo lo que sea".

Claro, todo esto suena a utopía, en un país en el que las trabas al comercio formal, y a la empresa (así sea pequeña o mediana), son cada día mayores; y donde los salarios no alcanzan para nada.

Lo importante es reclamar a quien es, por lo que es. Ya estoy harta de que la población haga el juego al discurso del gobierno, culpando al "acaparamiento", a la "especulación", llegando incluso a la xenofobia; mientras encuestas demuestran que muchos siguen apoyando el origen del mal: el control de precios, y los otros dicen que les dejen su tarantín en paz.


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lunes, 6 de octubre de 2014

¿Los venezolanos andamos muy sensibles?

Photo credit: TarikB / Foter / CC BY-NC

Sí, claro que sí.

La sensibilidad es un aspecto humano complejo, del que no se puede hablar a la ligera. Este domingo ha ocurrido un incidente que me ha llevado a escribir y poner mi perspectiva sobre ello, sobre lo que considero un momento de hiper-sensibilidad del venezolano.

La caricatura de Weil

El caricaturista Roberto Weil, envió una caricatura para su publicación como es usual en un suplemento dominical, en la que se hace una sátira de un velorio. Muchos chavistas asociaron la caricatura directamente con el reciente asesinato del diputado oficialista Serra, y han manifestado en las redes sociales toda clase de insultos hacia Weil, e incluso han mencionado el hecho de que debe ser investigado. Weil alega que la caricatura fue hecha hace dos semanas, que no tuvo nada que ver con el lamentable suceso, y que además, la misma no circuló en la revista, por la asociación que podría haber acarreado.

Hablando en específico de este caso, diré que las cargas contra Weil son exageradas (como es costumbre desde el actual gobierno). Para mi la caricatura es genial, pues es una sátira de cómo suelen ser los funerales, en los cuales se rinden honores y casi siempre se habla bien de esa persona fallecida, cuando no necesariamente fuera así de buena. La representación de las personas como animales no es nada nuevo, y menos si se quiere hacer sátiras de políticos. Puede ser que haya herido sensibilidades sin haberlo querido, pero Weil hizo lo propio al disculparse, y estar de acuerdo con la retirada de la página en el suplemento del día de hoy.

Por otro lado, el oficialismo ha tenido una esta reacción, y se ha tomado la caricatura como algo "personal", cuando ya se afirmó que no sería así. La misma se coló en las redes sociales (no sé desde qué fuente en primer lugar), pero ha supuesto pronunciaciones de ministros y personajes importantes de la política nacional, amenazando, utilizando lenguaje soez contra un ciudadano, y atentando contra la libertad de expresión.

El fanatismo

No es la primera vez que el oficialismo exige "respeto" por la sátira realizada hacia sus símbolos y personajes. Incluso cuando la muerte del ex presidente Chávez, todo el tiempo se pedía que se dejara de hablar mal de lo que él había hecho en vida, "por respeto" a los sentimientos de sus seguidores.
En mi opinión, nada más fuera de lugar que pedir respeto hacia los sentimientos de un fanático. Todos merecemos respeto en cuanto seres humanos, pero pedir que "no se hable mal de alguien" por respeto hacia tu adoración hacia esa persona, es por lo menos ridículo. Más aún, cuando Hugo Chávez tuvo tantos detractores y no sin razones reales.

Todos tenemos nuestros seres que admiramos, pero esto no quiere decir que otros no puedan hablar mal de ellos u opinar en contra, más aún si estas opiniones se emiten con argumentos. La libertad de no estar de acuerdo con algo también existe. Digamos de paso, que el fanatismo es de los más bajos sentimientos humanos y lleva una fuerte carga de irracionalidad. No es lo mismo admirar a alguien que adorarle, y por lo general, cuando se defiende a alguien a quien se adora, se lo hace con pasiones exageradas.

El disentimiento, y más aún en la política es sano, y necesario para la existencia de la democracia y la pluralidad. Si se saca el argumento de que se "hieren sensibilidades" se está asumiendo el problema como algo personal y emocional, perspectiva totalmente errada y que ofusca contra una visión equilibrada de la realidad.

El discurso oficial

No es secreto para nadie que Hugo Chávez utilizaba un lenguaje bastante violento para referirse a la otredad política de Venezuela. Ni siquiera cuando se trataba de muertos, él "respetaba" (recuérdese el caso de la muerte de CAP: "yo no pateo perro muerto"). El ex presidente utilizó así mismo toda clase de insultos para referirse a su oposición política (incluyendo a los ciudadanos): escuálido, majunche, etc.

Los seguidores de Chávez y su gabinete político, han imitado este discurso. Y así, en sus redes sociales, responden a los ciudadanos diciendo "hijo de puta" sin siquiera tener en cuenta que ellos son funcionarios públicos. El actual Presidente, Nicolás Maduro, mostró una total indolencia ante los asesinatos en las protestas del primer trimestre de 2014, y bien se recuerda un video en el que bailó con su esposa, dando a entender que no había nada que lamentar.

En resumidas cuentas, el discurso oficial es provocador y violento. Esto no justifica que desde la oposición se responda de la misma manera, y menos aún de parte de los dirigentes de la misma. Pero la gente normalmente tiene reacciones verbales acordes a las que se están lanzando desde su propio gobierno.

Más aún, no se justifica que desde la boca de funcionarios públicos se insulte a la ciudadanía por su posición política, puesto que quien está allí, sea del partido que sea, detenta un cargo en el cual se supone que trabaja para todos los sectores del país por igual.

La realidad, la negación y la ira

Si bien existen oficialistas que andan muy sensibles por su fanatismo, y un discurso oficial que pone sensibles a muchos, también existe en Venezuela una realidad agobiante, que de paso, pretende ser negada todos los días.

El ciudadano común debe soportar largas colas para conseguir alimentos de la cesta básica, para surtir combustible, debe calarse apagones de alcance local y nacional, mala administración de los recursos hídricos, devaluación constante de la moneda y pérdida del poder adquisitivo en plazos cotidianos, falta de oferta inmobiliaria, falta de medicamentos e insumos médicos aún habiendo la existencia de epidemias, y una inseguridad que se lleva a más de 20.000 venezolanos anualmente, con una impunidad de más del 90%.

Todos estos problemas, además de tener que soportarlos, son negados constantemente por aquellos oficialistas que nos gobiernan. "El contrabando y la especulación son los que acaban con la comida y el combustible" sin admitir que los controles de precios y subsidios han influido grandemente en ello; "estamos ante una guerra bacteriológica", o el argumento más ridículo para describir las razones de la proliferación de ciertas enfermedades; "la inseguridad es una construcción mediática", o el alegato también de que las víctimas son los culpables cuando son robados o asesinados, negándose a aportar soluciones, e irrespetando cada una de las víctimas humanas que dejan este mundo todos los días por decenas.

Es normal que en esta situación se genere ira, irritabilidad y resentimiento en cualquier persona, y es fácil sentirse totalmente impotente y además burlado con el discurso oficial. Esta dimensión de la "hiper-sensibilidad" del venezolano es quizás la que más se justifica. Por ejemplo, ¿qué se le va a hablar a una madre que perdió a un hijo joven a manos del hampa, y que todos los días ve cómo desde el gobierno se niega su realidad, de "respeto" ante el asesinato de un político? ¿Qué se le dirá a padres de familia que no pueden costear la comida sobre "no herir" a quienes adoran al difunto? ¿Cómo decirle a un joven que ve mermado su futuro que "respete" y no insulte o al menos satirice al gobierno? Es absurdo.

Justificada o no, nuestra sensibilidad es un problema

Ya que estamos muy sensibles, y aunque haya razones, debo decir que esta actitud es un serio problema. Andamos muy volátiles, y con ello, el sano debate no existe.

Unos por un lado, andan dolidos todo el tiempo por las críticas a su líder, a sus gobernantes o a sus partidos. Esa no es la actitud. ¿Cómo esperamos que se construya democracia si no hay opiniones? Defender lo que piensas no puede hacerse desde la apelación constante a las emociones, porque las mismas no justifican nada.

Por otro lado, hay quienes andamos sensibles por una realidad aplastante, a la que no se le ve voluntad alguna de solución por parte de nuestros administradores. Cualquier tema relacionado con la realidad o con la política en sí, muchas veces genera reacciones de ira, y es común, ya sea en la internet o en las calles, que la gente discuta fuertemente por estos temas, algunos por el fanatismo del que ya hablé (que existe en ambos bandos), y otros por sentirse muy indignados constantemente.

Pero en todo esto hay puntos de encuentro, o mejor dicho, existe otro tipo de sensibilidad que hemos perdido y que nos convendrá desarrollar de nuevo para salir de esta crisis. Esa sensibilidad está relacionada con la empatía y la capacidad de ponernos en el lugar del otro, y me refiero a los ciudadanos, no a los políticos.

Los problemas que nos aquejan nos afectan a todos, en primer lugar, solo que se difiere en las causas de los mismos. Hay que comprender que hay causas múltiples, y que muchas veces se ve solo algunos aspectos o dimensiones (cosa que pasa preocupantemente desde el gobierno, por lo que no hay soluciones efectivas); pero entre los ciudadanos, para la discusión, para la crítica y para la construcción de una alternativa a esta crisis, hay que ver las cosas desde todos los ángulos posibles.

Otra cosa es que el fanatismo se ha construido muchas veces en base a la desesperanza, y se halla en el líder, esa promesa de un mañana mejor. Hay que bajarle dos al fanatismo por un lado, pero entender un poco en las causas del fanatismo del otro, que casi siempre se origina desde las mismas carencias, en pro de que haya una reconciliación y un posible diálogo. 

Y si hay algo que nunca dejaré de decir que necesitamos mucho es racionalidad, cosa que este gobierno se ha empeñado en dejar a un lado, siempre invocando las pasiones de la gente.


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jueves, 12 de junio de 2014

Escasez hasta en el piano

Esta tarde le daba una clase de piano a una pequeña alumna, de diez años de edad. En un momento, le hablaba del paso de una posición a otra en el teclado, y le decía que hay que hallar la via más corta para llegar a la próxima posición, y no mover tanto la mano, para así no perder tiempo.

En eso, ella busca una metáfora para entenderlo mejor, y me dice: "entonces, estos son los dedos, y aquí está... ¡la Harina PAN! Sí, deben encontrar el camino más corto a la Harina PAN".

Una niña de apenas diez años intenta imaginar un tesoro, un premio al final de un laberinto, y lo primero que se le viene a la mente es Harina PAN (la marca más vendida de harina precocida de maíz en Venezuela). Quizás ella verá cómo en nuestro mundo adulto socialista, luchamos tanto por una harina, y lo que nos alegramos de conseguirla, pensará ella que es un tesoro. Un alimento de la cesta básica es un tesoro.

Ya no son los juguetes, alguna joya preciosa, algún conocimiento sublime... la comida es eso que nos dedicamos a encontrar los venezolanos todos los días en un tortuoso laberinto, si es que la encontramos. Y ya es lo que nuestros niños imaginan.


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